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Y Torra se plantó

Guillem Bota
10.02.2020
5 min

Una de las imágenes más estremecedoras de la visita de Pedro Sánchez a Cataluña, se pudo ver durante su estancia en el palacio de la Generalitat. No me refiero a que fuera recibido por unos mossos d’esquadra con trabuco, vestidos a la manera de hace un par de siglos, a eso ya estamos acostumbrados los barceloneses, que tropezamos con ellos en todo acto oficial que se celebre en esta nuestra ciudad.

La imagen a la que hago referencia, espantosa para todos los que poseemos algún resto de sensibilidad, tuvo lugar cuando Sánchez y Torra recorrían los interiores de Palau, uno al lado del otro, y en esas el presidente español se encontró hablando solo. Torra había desaparecido.

Pedro Sánchez se volvió, miró a lado y lado, no entendía como el presidente catalán, que no se caracteriza precisamente por ser un lumbreras, le había dado esquinazo de esa forma tan sutil. Parecía el dominguero que pasea el perro mientras habla por el móvil, y en cuanto se quiere enterar, el chucho ha desaparecido. Al cabo de unos segundos que se le harían eternos --«a ver cómo explico yo a la prensa que he perdido al presidente catalán, van a pensar que me lo he cargado»--- se dio cuenta de que el presidente de la Generalitat se encontraba unos pasos atrás, en posición de firmes, frente a una bandera catalana.

Los dos iban andando tranquilamente y Torra, al ver que pasaban frente a una senyera, no tuvo otra ocurrencia que dejar que Sánchez continuara andando solo, mientras él se cuadraba cual brigada de la legión frente a una rojigualda. Afortunadamente, todo acabó en un susto, Torra no había desaparecido sino que haciendo gala de su patriotismo se detuvo a saludar a la bandera. Tras el incidente, continuaron su paseo como si tal cosa.

-Coño, Torra, otra vez avisa, que me he encontrado andando solo y dándole conversación al aire.

-Es que cuando veo la bandera de mi país, entro en trance, Sánchez. Es algo superior a mí.

No se le conocían a Torra estas veleidades patrioteras, cosa que tampoco debe extrañarnos porque no se conoce de él otra cosa que su afición a visitar ferias agrícolas los fines de semana. No debe ser fácil la vida del pobre hombre, en la Cataluña actual.

Quiero pensar que aquella senyera que adorna un recóndito pasillo del palacio de la Generalitat es idéntica a cualquier otra, me refiero a que no creo que sea una reliquia de vaya usted a saber qué guerra. A venerar reliquias son muy dados los catalanes, pero según observé, ésta tenía aspecto de nueva.

Por tanto, Torra debe tener que detenerse, so pena de traicionar a su inmaculado catalanismo, ante cualquier bandera catalana que se cruce en su camino. No le arriendo yo la ganancia, tal como están adornadas actualmente las calles de las poblaciones catalanas. Salir de casa para comprar el pan, tarea que en circunstancias normales le llevaría diez minutos, debe convertirse en una gymcama de no menos de un par de horas, si ha de detener el paso y ponerse en posición de firmes ante cada balcón, ventana o pared que luzca bandera catalana.

Incluso salir al balcón de su casa para ver si llueve, puede transformarse en una tortura si tiene la mala suerte de que en la fachada de enfrente alguien haya colgado una bandera catalana. Si encima tiene la mala fortuna de que efectivamente llueve, deberá aguantar el chaparrón a pie firme, guardando la preceptiva marcialidad. Para que después alguien diga que el de President es un trabajo descansado. El hombre debe morirse de ganas de viajar a alguna otra comunidad autónoma para poder pasear de una tirada, sin detenerse cada dos pasos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.