Torra paga e incluso deja propina

Guillem Bota
02.05.2022
5 min

El mérito de Quim Torra es quedar ante los suyos como un héroe por el simple hecho de colgar lazos amarillos en la Generalitat, volver a quedar como un héroe cuando proclama a los cuatro vientos que no piensa pagar la multa que le impongan por dichos lazos, y, en un triple salto mortal, hacerse el héroe cuando va a pagar a tocateja dicha sanción. Pronto pagará otra multa -ésta por no retirar una pancarta- que tampoco pensaba pagar, con lo que dará nuevas muestras de su valentía y honorabilidad. Haga lo que haga, es un héroe. No ha llevado a cabo ni una sola acción medio valerosa, pero sigue siendo un héroe, así de necesitado está el procesismo. Quim Torra debería ser nombrado arquetipo del buen procesista, y su efigie debería adornar las plazas de todos los pueblos, para que generaciones venideras recuerden lo que fue el procés: una reunión de tipos que tenían mucha boquita pero eran incapaces de nada.

No es extraño que, entre los muchos actos de envergadura realizados por el expresident, se cuente también el de acompañar durante un ratito a los dos fulanos que llevaron a cabo hace poco una huelga de hambre en favor del catalán en la escuela. Los dos ya legendarios activistas consiguieron estar casi dos días sin ingerir alimentos sólidos, más o menos lo que hacía mi exmujer al llegar el verano en su operación biquini, con lo que pasan a formar parte, por méritos propios, de los héroes catalanes, al lado de Torra.

Quim Torra no ha hecho más que seguir a rajatabla el credo independentista. Si los líderes del procés mintieron desde el principio en temas como el referéndum, la declaración de independencia, el apoyo internacional y, en fin, en todo aquello que prometieron, deben seguir esa misma línea en todos sus actos. Torra es persona consecuente, y si desde que se dio a conocer no ha hecho otra cosa que faltar a la verdad, es lógico que siga haciéndolo hasta el fin de sus días. Cuando prometió que jamás pagaría la multa que le impusiera la justicia, en realidad estaba anunciando que pagaría encantado, lo que ocurre es que la gente lo malinterpretó. No quiero decir con ello que Torra sea un mentiroso patológico, sino que adopta el credo del procés en todos los aspectos de su vida. Su familia ya debe de estar acostumbrada, y en casa ya saben que si sale y anuncia «vuelvo dentro de un rato», no aparecerá hasta el día siguiente, si le dice a su señora «que guapa estás» quiere decir que va hecha un adefesio, y si se le ocurre pedir sopa para cenar, saben que quiere zamparse un filete. La vida es fácil al lado de Torra.

En cambio, quienes no son sus allegados padecen todavía ciertas dificultades para interpretar correctamente sus afirmaciones. Muchos catalanes tomarán por cobarde y bocazas a todo un expresident que se llena la boca hablando de «desobediencia» y de «dignidad», y le falta tiempo para acudir al juzgado a pagar la multa que al parecer no tenía que pagar jamás, quizás incluso dejando propina, que no se diga que los catalanes son tacaños. En realidad, lo que ocurre es que, aun inhabilitado, quiere seguir dando ejemplo procesista, para lo cual, además de demostrar ser un mentiroso, debe corroborar que sigue siendo tan gallina como cuando ejercía cargo público. Destacar por miedoso y por embustero entre toda la fauna del procés no es tarea fácil, pero a ello se dedica en cuerpo y alma, y a fe que lo está consiguiendo. Sólo el paso del tiempo pondrá en valor a Quim Torra, el hombre que consiguió aunar en su insignificante persona todas las ridiculeces del independentismo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.