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Torra no se baja de sí mismo

Ramón de España
5 min

No es que antes de ser inhabilitado Quim Torra fuese un estajanovista de la acción política, pero desde que es un muerto que camina (aunque no sabemos hacia donde), no da un palo al agua y se dedica únicamente a incordiar. A falta de algo mejor que hacer (o que no hacer, pues en eso destaca el muchacho) y azuzado por el orate de Waterloo, solo piensa en cómo cargarse la mesa de (supuesto) diálogo con el Gobierno central, iniciativa que a su dueño y señor no le hace la más mínima gracia. Estamos ante un inútil muy obediente que se va a esmerar en que la anunciada mesa, ya de por sí complicada, no llegue a ninguna parte. Para ello, nada mejor que empecinarse en la figura del mediador internacional, absolutamente innecesaria a la hora de solucionar un conflicto entre españoles.

El hombre lleva días preparando el terreno, como se pudo comprobar durante la visita de Pedro Sánchez a Barcelona. Lo recibió con mucha pompa y circunstancia o, por lo menos, con todo el boato protocolario que pueden aportar unos policías cuyo ridículo uniforme de gala permite juntar dos prendas tan dispares como la chistera y las alpargatas. Se trataba de darle a Sánchez el rango de gobernante de un país extranjero; y al encuentro, el tono habitual entre mandatarios de distintas potencias. Torra está obcecado con las relaciones bilaterales de tú a tú entre un país y una región con pretensiones de nación. No sirve de nada recordárselo, pero, por si acaso, lo vuelvo a hacer: Cataluña no es una república independiente para cualquiera cuyo IQ sea mínimamente superior al de Toni Albà y Santiago Espot --no se pierdan el último vómito racista del Soplón Oficial de Cataluña contra la ignominia de que a las viejas locales se les impida morirse en catalán, que debe dar mucho más gusto que hacerlo en castellano, por culpa de esas cuidadoras sudamericanas que no aprenden catalán ni que las maten y para las que solo le ha faltado al fascista nostrat exigir su inmediata deportación--, por mucho que Torra se empeñe en creer que sí lo es.

Cataluña no es una nación, sino una región de un Estado miembro de la Unión Europea, por lo que las pretensiones de bilateralidad están completamente fuera de lugar. Por consiguiente, reclamar un mediador internacional para el encuentro es como exigirlo para la reunión de una comunidad de vecinos. Tal insistencia, que no pasaría de ser una excentricidad inofensiva en el residente de un inmueble, es grave cuando la práctica el (digamos) presidente de una comunidad autónoma: que Donald Trump, siendo el mandamás de la mayor potencia mundial, ignore que Kansas City está en el gran estado de Misuri y no el de Kansas es grave; pero creerse que Cataluña es una nación independiente, cuando todo apunta a que no lo es, requiere tratamiento psiquiátrico y unas clases de geografía a las que podría acudir con el Donald, dado que entre líderes mundiales anda el juego.

Quim Torra no se baja del burro porque ha decidido que, total, para lo que le queda en el convento, se caga dentro. Idéntica actitud a la de su padre espiritual, que mantiene con él una actitud muy similar a la del ventrílocuo con su muñeco (con este personal, no puedo recurrir a Putin y Medvedev como elementos de comparación). Si para ello hay que amargarle la vida a Pere Aragonès y demás posibilistas a la fuerza, cuyas exigencias de amnistía para los presidiarios del prusés y de autodeterminación para Cataluña son pamemas de cara a la galería que ellos son los primeros en no creerse, endavant les atxes. Como se dice en estos casos, si no puede ayudar, moleste: lo importante es participar.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.