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La fatal arrogancia

Josep Burgaya
6 min

Los rebrotes contundentes del coronavirus de este verano, explicados de manera confusa cuando no caótica por las autoridades, tienen y tendrán muchos efectos. Se empezaron a producir mucho antes de un anunciado regreso otoñal que casi se dio por hecho y están afectando contingentes poblacionales un poco distintos a los de la primavera y nos asustan un poco menos porque su letalidad resulta bastante menor. Su repentino retorno y la recuperación de una rápida espiral de contagio más que poner en evidencia la incapacidad de las autoridades sanitarias para conocer y dominar este elemento patógeno y su comportamiento, lo que ha manifestado es la excesiva prisa que tuvieron las autoridades políticas, casi en todas partes, en recuperar una normalidad que debía haber vuelto de manera más pausada.

La razón política parece que se impuso a la prudencia sanitaria y sabedores los gobernantes del malestar que nos provocaba a todos los confinamientos y el aislamiento social, se quemaron etapas demasiado rápido para volver a unos hábitos que lo que ha facilitado es el contagio. Ni que decir tiene que todos, aunque unos más que otros, nos hemos comportado de manera imprudente cuando no decididamente temeraria. Resumiendo: no dice mucho a nuestro favor haber abierto antes restaurantes y discotecas que los centros escolares. La dicotomía en elegir preferencia entre economía y salud resulta una falacia. Preservar la salud colectiva es condición indispensable para que se pueda dar cualquier actividad productiva. No se puede poner el carro delante de los bueyes. Lo cierto, sin embargo, es que volver atrás y revivir la pesadilla sufrida en primavera está provocando un profundo desánimo. Buena parte de la sociedad salió mal parada y tensionada de la experiencia y ahora una segunda entrega resulta del todo angustiosa.

Asimismo, una economía tan afectada por el fundido en negro que duró tres meses y que ya tenía mal pronóstico para los próximos tiempos, difícilmente aguantará con un poco de dignidad una nueva parálisis. Es mucha la gente con pocos ingresos y que tiene serias dificultades para salir adelante, como muchas son las empresas y negocios que además de no tener presente ya no vislumbran un mañana. Sectores enteros de la economía notablemente desguazados pueden con el rebrote recibir casi la sentencia de muerte. Habrá efectos duraderos. Y no hablo de las cifras del PIB, sino de actividades básicas e ingresos imprescindibles para poder desarrollar un proyecto de vida digna.

En Cataluña el tema se está llevando de manera especialmente incoherente y enmarañada. Aquí nos puede la ideología y una tendencia al exceso de soberbia. A fin de fortalecer el conflicto que el independentismo tiene planteado con el Estado, no se dudó durante los meses álgidos de la pandemia de sugerirlo como un intento de aniquilamiento del país, como si fuera un invento español. La centralización de la toma de decisiones que se derivó del estado de alarma se identificó como un "155 sanitario". Literalmente se acusó al presidente Sánchez de "asesino de catalanes" así como a todo el gobierno español como un conjunto de ineptos que habían propiciado una cantidad ingente de infectados y muertos que en una Cataluña independiente nos habríamos ahorrado.

Recuperar las competencias sanitarias se planteaba como crucial. Todo esto en un país donde el desorden y la crueldad de la gestión de las residencias de ancianos, de competencias exclusivas del Gobierno catalán, podían hacer sospechar que tan entregados a una sola causa tendíamos a ser unos gestores batante torpes. Es justamente esta exhibición de inmoderación y arrogancia lo que hace imperdonable el desorden actual. El destino, a veces, te juega malas pasadas. Esta segunda ola de fuerte impacto de la pandemia coge al gobierno catalán con las competencias plenas y, desde el primer momento, evidencia tanto falta de toda previsión como de capacidad de acción coherente en un gobierno de coalición dividido y más pendiente de las trifulcas particulares que de hacer frente a una problemática tan grave y urgente. Para no entrar en detalles: el cargo de director general de salud pública estaba vacante y se ha tardado dos meses en hacer su nombramiento. Como dice el adagio, "vigila con lo que deseas, ya que te puede ser concedido".

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¿Quién es... Josep Burgaya?
Josep Burgaya

Profesor universitario y ensayista. Doctor en Historia Contemporánea ejerzo como profesor en Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Uvic-UCC. He publicado El Estado de bienestar y sus detractores (Octaedro, 2013), La Economía del Absurdo (Deusto, 2015), galardonado este con el Premio Joan Fuster de Ensayo, y Adiós a la soberanía política (Ediciones Invisibles, 2017). Soy un izquierdista perplejo al que le rompen el corazón y la razón tanto la vieja como la nueva izquierda. Estoy en este blog: https://jburgaya.es/