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Toni Comín en el parque

Guillem Bota
14.10.2019
6 min

Lo peor de Toni Comín no es que, desde la distancia, mande a los demás a morir por sus ideas (las suyas propias), aunque sea a una muerte económica que, en demasiados casos, es la antesala de la biológica. Al fin y al cabo, vive al lado de Puigdemont y algo se le tenía que pegar de la proverbial cobardía de éste.

Tampoco es lo peor el ridículo en que ha quedado cuando su idea de un millón de catalanes perdiendo el trabajo ha sido criticada por unos y otros, a derecha e izquierda, llamándole de todo excepto lo que realmente pensaban de él: gili******. Ni siquiera es lo peor el hecho de que se haya convertido en cínico mayor del reino, instando a sacrificios a los catalanes, él, que no tuvo ni el cuajo de cruzar la frontera francobelga y que desde el lado belga aullaba "no tenim por", guardándose mucho de dar un paso de más, no vaya a ser.

No, todo eso --cobardía, cinismo e idiotez-- es consustancial a los líderes del procés en general. Lo peor de todo es la pinta que calza. Uno veía la entrevista que le hicieron mientras paseaba por un parque, vestido con unos pantalones a cuadros excesivamente ajustados y pegando brincos cual gnomo aquejado de gigantismo, y acababa sintiendo pena por el pobre hombre. Lo sé, sé perfectamente que uno no debería sentir el menor apego por gente de esa calaña, pero todos tenemos nuestro corazoncito y hay cosas en esta vida que no deseamos a ni a nuestro peor amigo. Sobre todo, una: parecerse a Comín.

Capítulo aparte merece esta peculiar costumbre que tienen todos los fugados del procés que viven en Bélgica de hacerse entrevistar mientras pasean entre árboles, manía que inauguró Puigdemont en su día y que parece haberse asentado. Quizás buscan espacios bucólicos, verdes y abiertos, para recordar que aquellos a quienes dejaron atrás están en un espacio vulgar, gris y cerrado --verbigracia la cárcel--. Un contraste así siempre alegra el espíritu.

Si la imagen de Puigdemont entre árboles y con abrigo negro hasta los tobillos fue, en su día, elogiada por los clubes de exhibicionistas más prestigiosos del orbe, la de Comín con pantalón gris a cuadros, dos tallas menor de lo aconsejable, manos en los bolsillos y brincando como un niño de primaria será de las más buscadas por la asociación de amigos de enanos de jardín. No en vano, acompañaba su personal estilo de vestir con una mueca que, por lo que parece, intentaba ser una perenne cara de felicidad --se supone que para remarcar lo bien que le trata la vida en comparación con Junqueras y compañía-- pero no pasaba de ser la mueca bobalicona que lucen las esculturas de yeso en un jardín.

Añádase a todo ello que el fotógrafo, con toda su mala idea, convenció al bueno de Comín --supongo que una vez vistos los pantalones que lucía, el reportero dedujo con acierto que al tipo se le engaña para todo lo que sea-- para que posara recostando el hombro en un árbol, inclinado y mirando al infinito, al mismo infinito hacia donde miran los enanos de jardín, y a nadie debe extrañar que toda Europa se tome a chacota el procés catalán. Al Che Guevara se le fotografía mirando al infinito y de ahí sale una imagen icónica. Se fotografía a Comín mirando al infinito y de ahí sale como mucho la imagen promocional de un laxante, tal parece que el hombre tenga problemas intestinales.

Cuenta Josep Pla que en una de las casas de huéspedes de Barcelona en las que vivió cuando era estudiante murió un cliente suizo. Al poco llegó el representante de la funeraria con el catálogo, con las primeras páginas dedicadas a presentar coches mortuorios de gran lujo, con columnatas salomónicas, baldaquín, caballos negros, lacayos, mozos de a pie, etc. Los amigos del difunto, que eran quienes debían correr con los gastos, invitaron con un gesto al empleado a seguir girando páginas a la busca de entierros más modestos, añadiendo:

-Para nosotros, esto resultaría tan caro que la tristeza nos duraría toda la vida.

A los catalanes, con el procés nos ocurre casi lo mismo: nos está resultando tan caro, que esa diversión que nos procura nos va a durar también toda la vida.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.