Tengan corazón, dejen en paz a Alba Vergés

Guillem Bota
22.11.2021
6 min

Si hay un trabajo fácil y --supongo-- bien pagado actualmente en Cataluña, ese es el de abogado de Alba Vergés, la exconsellera de Salut, ahora acusada de no haber querido vacunar contra el Covid a policías y guardias civiles. Bueno, ese y el de expresident de la Generalitat, que sin pegar un palo al agua se levantan más 100.000 euros al año más prebendas variadas, pero aquí hemos venido a hablar del caso de Vergés.

Su abogado, como decía, lo tiene fácil. No tiene más que demostrar que esta pobre mujer no estaba capacitada, y eso es pan comido. No me refiero a que no lo estuviera para ejercer de consellera, sino en general, para cualquiera cosa que vaya más allá de hacer una o con un canuto. Salta a la vista. Ni peritos que lo confirmen van a hacer falta, con mostrarle al tribunal los vídeos de las comparecencias de la consellera en lo más crudo de la pandemia, es suficiente para que la declaren inimputable, aunque no por razón de su cargo --como pretendería ella-- sino por su psique. Si con los vídeos en los que aspiraba a tranquilizar a los catalanes consiguiendo justo lo contrario, no es suficiente para mandarla de vuelta a casa --a poder ser bajo llave--, puede añadirse al sumario aquella famosa foto que circulaba por las redes, en las que aparecía disfrazada de estelada andante junto a un bebé, Dios quiera que no fuera un hijo suyo, pobrecito. Ahí sí que todos los miembros del Tribunal a una, estallarían en lágrimas y comprenderían que si como consellera no vacunó a las fuerzas policiales, no fue por malicia, ni siquiera por ineptitud, sino porque tendría la cabeza en otras cosas, ni siquiera ella sabría en cuáles. Lo raro, en todo caso, es cómo con la Vergés de consellera no quedó sin vacunar todo el resto de la población catalana, pero eso ya no compete responderlo a los tribunales de justicia sino a los médicos, doctores tiene la mente.

Ella, por su parte, se defiende alegando que la querella que han presentado en su contra, forma parte, cómo no, de la represión contra el independentismo. Se conoce que Dios no quiso compensarle sus muchas carencias dotándola de originalidad, hoy en Cataluña hasta para presentar recurso contra una multa de aparcamiento, se aduce persecución al independentismo. Yo, de su abogado, le aconsejaría que se dejara de zarandajas políticas que ya nadie toma en serio, y se limitara a presentarse ante el tribunal, abriendo mucho los ojos como sólo ella y los orates saben hacerlo, y empezara hablar de lo que le diese la gana, aunque sea de lo que merendó ayer por la tarde. Con eso habrá más que suficiente. No tardarán más de dos minutos los magistrados en darse cuenta de que no pueden juzgarla y en mandarla acto seguido para casa, es más, no podrán evitar cierto rictus de piedad hacia la buena mujer, en cuanto la vean salir por la puerta, no somos nada, una chica tan joven, pobre familia.

Creo que los policías nacionales y guardias civiles que se consideran afectados por la --seamos indulgentes-- poca diligencia de Alba Vergés, así como no pocos ornitólogos, saben que ni se puede matar a un ruiseñor ni se puede denunciar a un pájaro bobo. Son especies inocentes por naturaleza, no se les puede culpar de nada porque nada saben, salvo que necesitan buscar algo de comida diaria. Todo lo contrario. Si Alba Vergés hubiera llevado a cabo como consellera alguna acción beneficiosa para alguien, por pequeña que fuese, ello sería tan digno de estudio como si un pájaro bobo hubiese resuelto una ecuación matemática u ordenado vacunar a todos los guardias civiles de Cataluña. Lo nunca visto. Especialistas de todo el orbe se habrían desplazado hasta aquí para someter a Alba Vergés a los más sesudos estudios.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.