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El fútbol es mucho más que un negocio y un espectáculo

Gonzalo Bernardos
9 min

En la historia del fútbol, la Superliga solo ocupará unas pocas líneas y difícilmente alguna de ellas será elogiosa. Ni un solo partido se ha llegado a disputar y a las 48 horas de la presentación de la competición, el plan previsto se ha derrumbado. Un gran número de aficionados considera a sus creadores unos villanos avariciosos y los clubs implicados han sufrido una considerable pérdida de reputación.

La Superliga constituía, esencialmente, un proyecto económico, siendo su vertiente deportiva un tema subsidiario. El nuevo torneo pretendía incrementar los ingresos de los equipos participantes, respecto a los proporcionados por la Champions, mediante el aumento del número de encuentros jugados, el incremento de los enfrentamientos entre los clubes más importantes y la sustitución de la UEFA en la organización de la competición continental.

Los dos primeros cambios llevarían a las plataformas de streaming a pagar mucho más por los derechos de emisión del torneo. Permitirían ver sus partidos en directo y en diferido en cualquier país del planeta y harían de la nueva competición la liga más famosa y rentable del mundo. Su éxito perjudicaría principalmente a los dos campeonatos con más audiencia internacional en la actualidad: el inglés (Premier League) y el español (La Liga).

El mayor seguimiento por parte de los aficionados aumentaría considerablemente los ingresos por patrocinio, publicidad y merchandising (camisetas, bufandas y objetos diversos con los emblemas de los clubes). El incremento del número de partidos y de la competencia entre los equipos elevaría la recaudación en taquilla y las ganancias por la venta de abonos.

Los creadores pretendían que no se les escapara ni un solo euro. Por eso, estaba previsto que los gestores de la competición dependieran directamente de ellos. Ni la UEFA ni ninguna federación ni asociación actual tendría función ni competencia alguna. Indudablemente, la Superliga constituiría un gran problema para la UEFA, pues en la temporada 2019-2020 la Champions (el campeonato que sustituir) fue su principal sustento económico.

El sistema de competición adoptado convertía en subsidiario el tema deportivo. En cada temporada estaba prevista la participación de 20 equipos. No obstante, no todos tendrían los mismos privilegios. Los 15 fundadores la jugarían todos los años, fuera cual fuera su clasificación en el nuevo torneo o en la liga nacional durante el período anterior. Los restantes cinco equipos variarían y solo podrían competir en ella si sus resultados previos hubieran sido sobresalientes.

Entre los creadores del proyecto había brillantes ejecutivos. Destacaban especialmente el presidente (Florentino Pérez-Real Madrid) y vicepresidente (Andrea Agnelli-Juventus) de la Superliga. El primero es el máximo responsable de la constructora (ACS) con mayor volumen de negocio internacional del mundo y el segundo está muy vinculado a una de las principales empresas automovilísticas europeas (FIAT).

Dada su gran experiencia, me parece insólito que pensaran que unos planes desarrollados en un Excel, que perjudicaban a muchos clubes, asociaciones y países, podrían fácilmente ser trasladados a la realidad. También me sorprende que creyeran que la llegada de la pandemia les permitiría avanzarlos, pues la UEFA, las federaciones nacionales, los demás equipos y los distintos gobiernos serían comprensivos con sus dificultades económicas. A cambio, de forma altruista y con gran generosidad, ellos les compensarían con calderilla.

La Superliga ha fracasado porque sus creadores han menospreciado claramente sus repercusiones económicas, deportivas y políticas. No han valorado suficientemente el trasvase de dinero de muchos clubes hacia unos pocos y la disminución de ingresos sufrida por la UEFA y las federaciones nacionales. Según La Liga, los equipos asociados a ella perderían anualmente 1.720 millones de euros y la Federación Española de Fútbol y el Consejo Superior de Deportes dejarían de ingresar en conjunto 62,5 millones de euros cada año.

A la mayoría de los aficionados europeos les importa escasamente si su club preferido obtiene beneficios o pérdidas. Aunque unos pocos priorizan el buen juego, al resto casi solo les interesa que su equipo gane partidos. La finalidad es lograr un título, acceder a un torneo europeo o simplemente evitar el descenso.

Para ellos, la competición es lo principal y el espectáculo tiene un carácter secundario. Exactamente lo contrario de lo que priorizan los norteamericanos. Por tanto, una liga en que la mayoría de los clubes no pueda descender y el único premio deportivo sea ganarla, siendo el resto de tipo económico, posee poco interés para muchos aficionados. También les supone una gran frustración que su equipo preferido, aunque lo haga muy bien, le sea muy difícil acceder al gran campeonato continental.

En sus empresas, los dirigentes de los clubes fundadores siempre han valorado las repercusiones políticas de sus decisiones. Es verdaderamente inverosímil que no lo hayan hecho con las que afectan a los equipos que dirigen. En el caso de España, La Liga es un elemento vertebrador del país y una de las principales pasiones de los clientes de los partidos (los electores). Lo es tanto que el F.C. Barcelona pretendía continuar en la competición española, si Cataluña lograba la independencia.

En el Reino Unido, la Premier es un motivo de orgullo para numerosos ingleses. Debido a ello, la posibilidad de convertirla en una competición secundaria recibió críticas casi unánimes, protestas en las sedes de algunos de los seis clubs del país fundadores de la Superliga y una contundente respuesta de Boris Johnson.

El primer ministro amenazó a los equipos implicados con dificultar mucho la obtención de permisos de residencia por parte de los jugadores extranjeros, establecer un impuesto que mermaría considerablemente los beneficios obtenidos en la nueva competición y obligar a sus propietarios a vender una gran parte de sus acciones a agrupaciones de socios. Ante tal coacción, todos decidieron abandonar el nuevo proyecto y éste se convirtió en un gran fracaso.

En definitiva, tal y como acaban de comprobar sus creadores, el fútbol en Europa es mucho más que negocio y espectáculo. Ofrece a los aficionados muchos sentimientos a la vez, entre ellos pasión, tristeza y alegría. También es fidelidad, pues uno se hace seguidor de un equipo y difícilmente lo abandona durante el resto de su vida.

Unas emociones que los ejecutivos creadores de la Superliga han demostrado que no son capaces de comprender. Por eso, el rechazo a su proyecto por parte de los ciudadanos, los profesionales del fútbol y los políticos les ha sorprendido. Ellos no entienden de sentimientos, pero sí de dinero. En el fútbol, sin lo primero, es muy difícil de conseguir lo segundo.

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¿Quién es... Gonzalo Bernardos?
Gonzalo Bernardos

Profesor titular de Economía de la Universidad de Barcelona, y vicerrector de Economía entre enero de 2010 y octubre de 2012, he escrito 32 libros o grandes informes, entre los que destacan La gran mentira de la economía (Ed. Destino), ¿Cómo invertir con éxito en el mercado inmobiliario? (Ed. Netbiblo) y Economía (libro de 1º de bachillerato de la Ed. Barcanova). Tengo un gran problema y una gran virtud. Es la misma. Soy muy sincero, pienso lo que digo y digo lo que pienso, tanto delante como detrás. No necesito quedar bien con nadie, excepto con mi mujer, con mis hijos y conmigo mismo. Lo notarás en mis artículos.