La sonrisa de incontinente de Laura Borràs

Guillem Bota
06.06.2022
5 min

Resulta que la sempiterna sonrisa de Laura Borràs, por la que muchos la tomaban por tonta del bote, no era tal sonrisa, lo cual no invalida la deducción de esos muchos. Resulta que no era más que un apretar de dientes. Cada vez que los interventores del Departamento de Cultura le advertían de que fraccionar contratos para adjudicarlos a su antojo no solo está feo, sino que te pueden imputar por ello, ella apretaba los dientes y fraccionaba otro. Es así, a fuerza de fraccionar contratos para adjudicarlos a quien le daba la gana, sin requisito alguno de publicidad, que se le ha quedado por siempre en la cara este gesto que tantos confunden con una sonrisa.

Apretar los dientes cuando se ponen muchas ganas en llevar algo a cabo a pesar de las dificultades, es gesto que casi todo el mundo hace cuando va de cuerpo. Según parece --eso cree el juez-- la ahora presidenta del Parlament fraccionaba contratos con la misma frecuencia con que se va de cuerpo, era algo que necesitaba, algo que tenía en su interior y debía expulsar al exterior.

Sólo la casualidad quiso que el beneficiario de esas deposiciones en forma de contrato fuera siempre el mismo sujeto, y sólo un capricho del azar --ese sí que juega a los dados con nosotros, y no Dios-- hizo que dicho beneficiario contumaz, fuese un amigo de Laura Borràs, quien dirigía la Institució de les Lletres Catalanes mostrando los dientes por el esfuerzo. Cómo iba ella a saber, la pobre, concentrada como estaba en convertir un gran contrato en varios de pequeñitos, que un amiguito del alma era quien recogía el fruto de su vientre, Jesús, qué disgusto cuando lo supo.

Vaya en favor de Laura Borràs que ella no tenía intención de beneficiar a nadie, y mucho menos a un amigo, de ahí ese rechinar de dientes. Ella se oponía con todas sus fuerzas a cometer ilegalidad alguna, por eso ha quedado su mueca ahí, pero en ocasiones la mente no consigue dominar al cuerpo, se llama incontinencia y es lo que padecía la pobre Borràs con el fraccionamiento de contratos, eso no hay pañal que lo disimule. Probablemente aún la padezca, si hemos de hacer caso al gesto que sigue adornando su rostro.

Su ascenso a la presidencia del Parlament fue probablemente una recomendación médica. Ya que no funcionaba ningún método de los ensayados para, si no eliminar, por lo menos mitigar esa intemperancia a la hora de adjudicar contratos, tal vez alejándola de los mismos, pudiéramos recuperarla. Tal vez podría llevar una vida más o menos normal. No hasta el punto de borrar de su cara aquello que un día pareció una sonrisa --eso se descartó, fueron muchos años de apretar dientes--, pero sí, quizás, podría un día acercarse a un contrato sin tener la imperiosa necesidad de fraccionarlo y regalarlo a un amigo.

Naturalmente, esos tratamientos no pueden llevarse a cabo de golpe, eso podría ser fatal para la paciente. Se le debe permitir acercarse a un contrato de vez en cuando, hacer con él lo que quiera y, poco a poco, ir disminuyéndole la dosis. No va a ser fácil y va a requerir mucha voluntad de la paciente, así como de sus allegados si los tuviese, pero se han dado casos de recuperación casi absoluta, de políticos afectados de la misma patología que hoy en día apenas fragmentan contratos.

La mueca parecida a una sonrisa se le va a quedar para siempre, la medicina no ha avanzado tanto como para borrarla de su rostro. Pero donde no llega la ciencia, puede hacerlo la justicia, y es probable que, una vez sentada en el banquillo, escuchando la sentencia por malversación, prevaricación, fraude y falsedad, se desvanezca por fin de su semblante.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.