Si yo fuera presidente

Ricardo Fernández Deu
6 min

La ola de calor de esta temprana canícula con la que hemos iniciado el estío causa estragos. Se han reportado ya varios muertos. Con estas temperaturas, lo prudente es buscar una sombra e hidratarse. Y eso es lo que hice la otra tarde: tumbarme bajo un árbol y poner la mente en blanco, dejando que la imaginación se desatase. Mi cabeza trotaba de un argumento a otro, porque es la sensación de desahogo que procura el hecho de conocer lo inútil de un quehacer la que invita a elucubrar sin riesgo ni tasa.

Y así, en decúbito supino y frente al mar, surgió espontáneamente la evocación de compañeros desaparecidos: Matías Prats, Tino Romero, Jorge Estadella, Joaquín Prat, Fernando García Tola… Y evoqué aquel programa suyo de los 80 titulado Si yo fuera presidente, en el que proponía al Gobierno insólitas soluciones a los problemas que preocupaban por aquellos días a los españoles. El formato recibió sonadas críticas de los sectores más conservadores y, como era de esperar, resultó de una eficacia perfectamente descriptible para su teórico propósito, es decir, ninguna. Se trataba de un brindis al sol, de una diversión, de un juego... al que me arrojé sin pretenderlo yo también, con 38 grados a la sombra, considerando lo que yo haría si fuera presidente.

Si lo fuera, me dije, lo primero que sabría es que el epicentro del seísmo que agita a España es Cataluña, porque sin la quimera independentista no habría triunfado la moción de censura, ni Vox existiría, ni las naves del Partido Popular y Ciudadanos habrían escorado a estribor, ni Podemos habría sufrido tamaño descalabro. Sin el procés acaso yo no habría llegado a la Moncloa, y si lo hubiese hecho no viviría instalado en la zozobra de una investidura impredecible y, por supuesto, no contemplaría la expectativa de una legislatura llena de sobresaltos.

Por lo tanto, lo primero que haría es aplicarme a resolver el conflicto, la causa de todos mis males, o sea, el virus del secesionismo. Para ello fabricaría una vacuna generada por el propio organismo en cuestión, estimulándolo para que produjese anticuerpos que lo protegiesen de ulteriores infecciones, es decir, combatiría el virus con el virus mismo, solo que atenuado. Me dispondría, pues, a identificarlo. Debería ser algo cuya patente independentista no ofreciese dudas, a pesar de que ello soliviantase a quienes, en cualquier caso, tampoco iban a apoyarme; algo… o alguien que controlase un grupo parlamentario sin fisuras ni complejos, dispuesto a ofrecerme el salvoconducto a la Moncloa, quién sabe si cuatro años de gobierno estable, y, en última instancia, la sanación del organismo díscolo. La operación exigiría, claro está, la habilitación de ese alguien. Pero ¿cómo lograrlo, si sus movimientos estuviesen limitados por una situación procesal que le impidiera cualquier movimiento?

La judicatura es un poder independiente y ni se me ocurriría interferir en sus decisiones; la Fiscalía seguro que no se mostraría receptiva al enjuague, pero ¿y una consulta prejudicial a la justicia europea consentida por la abogacía del Estado? ¡Ese podría ser el camino!, facilitar el acceso del elegido a la condición de diputado europeo, previa respuesta de los tribunales comunitarios. Ahí podría residir el principio de la solución, y quién sabe si, por extensión, el desenlace oportuno de un juicio cuya sentencia no me iba a traer más que problemas. Supuse que me frotaría las manos imaginando la carambola que pondría en fuga por siempre a quienes jamás propiciarían el apaciguamiento del terremoto, por la sencilla razón de que viven de él. Después compondría un diálogo bien publicitado, con relator incluido si fuese preciso, que abriría de par en par las puertas de la Generalitat a un Govern razonable, dispuesto a promover la elaboración de un Estatuto de Autonomía lo suficientemente generoso como para dejar satisfecho al personal, fruto de unas elecciones que habrían dibujado una mayoría sensata en el Parlament, capaz de enterrar por unos cuantos años el fantasma de la secesión…

Y en esas descabelladas cogitaciones me hallaba cuando la ligera brisa que empezó a levantarse me devolvió al mundo real, a la cordura, y a emprender el camino del mar, en el que sofocar mi calentura y despejar mis desvaríos. ¡Menuda desazón ser presidente!

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