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Si Alba Vergés recomienda, miren su foto

Guillem Bota
20.07.2020
5 min

Dos hermanos, protagonistas de la irónica y mordaz Un paraíso inalcanzable, de John Mortimer, hacen balance de sus vidas, ya en la madurez. El uno es médico, el otro es sacerdote. Éste le pregunta a su hermano por qué razón se hizo médico.

-¿Y tú por qué decidiste hacerte cura? Sólo por una razón. Ninguno de los dos podríamos conservar un trabajo decente.

Por desgracia, la acción transcurre en la Inglaterra de los años sesenta, y ambos deben dedicarse a curar cuerpos o almas, lo cual requiere tener alguna capacidad y significa tener responsabilidades. En la Cataluña del siglo XXI lo tendrían más fácil, aquí el que no se ve capaz de conservar un trabajo decente, se puede colocar en el Govern, donde la incapacidad manifiesta se considera un plus y donde la responsabilidad no existe.

A Alba Vergés la colocaron de consellera de Salut gracias a esas dos cualidades, la irresponsabilidad y la incapacidad, y a fe que no está defraudando las esperanzas que en ellas se depositaron. Supongo que Quim Torra es seguidor de la doctrina de Johan Cruyff, quien sostenía que no podía sustituir a un jugador que estaba realizando un mal partido, porque eso le hundiría. Claro que mantener a Julio Salinas en el campo el día que no daba pie con bola, no significaba mandar al cementerio a nadie, como mucho mandaba a la cama sin cenar a los socios más sensibles. Empecinarse en no sustituir a la consellera de Salut es un peligro para millones de catalanes, aunque no es menos cierto que los que logremos sobrevivir a su gestión, podremos contar a nuestros nietos lo que nos llegamos a divertir con ella.

Al pobre Pepe Zaragoza lo crucificaron porque publicó una foto de la responsable de nuestra salud, disfrazada como una friki y con cara de orate. Yo soy de la opinión de que la publicación de la foto no sólo era totalmente ética, sino obligatoria: los catalanes tenemos el derecho de saber cómo es en realidad la persona que se supone debe velar por nosotros. Aquella foto explicaba muchas cosas, y ninguna buena. De hecho, las explicaba todas. Después de ver aquella foto --que en mi opinión debería estar enmarcada en todos los centros de salud catalanes, para que nos lo pensemos dos veces antes de entrar allí-- se comprende que la buena señora no haga otra cosa que repartir escobazos en el departamento, destituyendo a todo el que se pone a su alcance, en la creencia de que si no queda nadie a su alrededor, el virus se marchará por aburrimiento. No se sorprendan, esta gente piensa así, y si no me creen, echen un vistazo a la foto y lo verán como lo más normal del mundo.

Ahora, Vergés, junto a Buch y a su jefe Torra (habría que ver asimismo las fotos de estos dos en sus casas, también nos ayudarían a comprenderlos y a no ser tan duros con ellos, pobrecitos), incapaces de legislar al respecto pero también de reclamar ayuda a quien puede hacerlo, “recomiendan” a los barceloneses que no salgan de su ciudad. Lo recomiendan, dicen. A quienes, cuando el confinamiento era realmente obligatorio y no una simple “recomendación”, se lanzaron a sus segundas residencias como si no hubiera un mañana.

Los únicos gobiernos que albergan alguna esperanza de que los ciudadanos sigan sus recomendaciones y no sus normas, son los que han dado muestras de seriedad, de solvencia y de eficacia. Entonces sí, quizás los ciudadanos van a confiar en ellos. Pero jamás van a seguir las “recomendaciones” de quien ha demostrado ser populista, partidista, ignorante e ineficaz. Ningún ciudadano que aprecie su propia vida, va a ponerla en manos de las “recomendaciones” de quien está en el Gobierno únicamente porque no podría conservar un trabajo decente. Y si alguno tiene la tentación de hacerlo, basta con que vuelva a mirar la foto de la Vergés en su casa.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.