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El gran retórico hispano Quintiliano (35-96 d.C.)  / Wiquipedia

El sexo del buen ciudadano

En la Roma antigua el hombre debía moderar su actividad sexual para mantener el calor que mantenía el ímpetu del hombre viril

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El ciudadano romano perteneciente a la elite de cualquier ciudad del Imperio ocupaba su tiempo en el ejercicio de la política y en el cuidado de sus redes clientelares que le otorgaban no solo poder económico sino influencia en la vida municipal. A estos varones y su descendencia, el gran retórico hispano Quintiliano (35-96 d.C.) recomendaba, entre otras estrategias para triunfar en el estrado o en la tribuna, entrenar la voz para que fuera firme, flexible y fuerte, y con este mismo propósito el orador debía, además, practicar la continencia sexual.

En efecto, los beneficios de reducir las relaciones sexuales podían comprobarse en cualquier ámbito de la vida del hombre y, un siglo después, Artemidoro escribía sobre un atleta que logró grandes triunfos mientras preservó su virginidad, pero cuya exitosa carrera se vio truncada tras abandonarse a los placeres del sexo. Tanto Quintiliano como Artemidoro vinculaban la abstinencia sexual con una virilidad en estado puro, puesta de manifiesto en los más variados aspectos de la vida del ciudadano.

La correlación entre virilidad masculina y la abstinencia /continencia sexual se amparaba en una causa fisiológica: la eyaculación provocaba una disminución del calor que mantenía el ímpetu del hombre viril. Cuanto menos semen hubiera liberado el hombre, más espíritu vital conservaba y mayor virilidad exhibía y, por otro lado, más fértil era su esperma. Galeno creía que si se castraba a los atletas olímpicos sus reservas de calor quedarían intactas y ganarían en fortaleza física --una opinión compartida por otro médico, Sorano: “los hombres que se mantienen castos son más fuertes y mejores que los demás y tienen mejor salud durante su vida”.

Espíritu vital

Por tanto, una actividad sexual constante y sobre todo incontrolada, más aún si era resultado de los requerimientos continuos de la mujer, ya fuera una amante o una esposa excesivamente libidinosa, no solo menoscababan la reputación del varón, al mostrar su falta de autocontrol y colocarlo en una posición subordinada y dependiente de los deseos de la mujer, sino que además suponía una pérdida del espíritu vital y de su virilidad y, en última instancia, un riesgo real de volverse afeminado.

Se concebía entonces el sexo como una práctica que debía ser controlada mediante la disciplina con el fin de conseguir también en este ámbito de la vida lograr el autodominio que definía el carácter del ciudadano ideal. Y al igual que la educación servía para ir modelando el temperamento, la apariencia, los gestos y el comportamiento político y social del ciudadano desde su juventud, también el sexo era una faceta más, sujeta a las formas social y culturalmente admitidas, que debía ser encauzada siguiendo el código sexual de contención y decoro público que en época imperial no era muy diferente al de la Roma de los primeros tiempos.

Que los jóvenes adolescentes mostraran un comportamiento sexual desbocado era admisible, pues era una conducta propia de la edad y era entonces cuando debían desfogarse y calmar sus deseos para quedar así liberados de esa zozobra antes de asumir las responsabilidades políticas que les aguardaban en la vida ciudadana. Decía Cicerón que el deseo era una pulsión natural en la juventud y “si estos deseos brotan de tal modo que no entorpecen la vida de nadie ni socavan la familia (cometiendo adulterio), por regla general, no se consideran problemáticos: los toleramos. Y una vez atendidos los placeres puede velar por las ocupaciones de la familia, el foro y el servicio del estado”.

Ya en la edad adulta y gracias a la educación recibida, la vida sexual del individuo se desarrollaba, al menos públicamente, de manera contenida como una forma más de mostrar el autocontrol e indirectamente sus aptitudes de buen gobernante. Ahora bien, la medicina recomendaba un número, reducido desde luego, de relaciones sexuales, al margen de las destinadas a garantizar la descendencia, a modo de herramienta para asegurar la correcta salud del varón. De este modo y a través de la eyaculación, el hombre podía librarse de las perniciosas consecuencias que la acumulación de esperma podía provocar en el cuerpo como cefaleas o una conducta apática.

Marc Tulle Ciceron Cicero, from tome 3, folio 603 recto of Les vrais pourtraits et vies des hommes illustres grecz, latins et payens (1584) by André Thevet.

Marc Tulle Ciceron Cicero, 'Les vrais pourtraits et vies des hommes illustres grecz, latins et payens' (1584) por André Thevet.

Una vez casado, la fidelidad a la esposa era una simple cuestión personal y el adulterio solo era castigado cuando era cometido por la mujer. Se consideraba socialmente aceptable que un ciudadano mantuviera relaciones sexuales fuera de la pareja indistintamente con mujeres y hombres siempre que ejerciera el papel dominante en el acto sexual y siempre que no se viera dañada la reputación del amante. Por este motivo, las relaciones con otro ciudadano adulto, o la esposa de otro ciudadano, o una mujer en edad casadera o un niño de buena familia se consideraban absolutamente inmorales todas ellas.

La ley Scantinia condenaba con severísimas multas la homosexualidad pasiva y la pederastia con niños y jóvenes que no habían llegado aún a la madurez sexual (15-17 años). Sin embargo, era lícito que el varón diera rienda suelta a sus deseos con sus propios esclavos con independencia de su sexo o edad, en la medida en que eran propiedad suya y podía emplearlos a su antojo. El amo podía mantener una relación sexual estable con uno de ellos, convertido en su concubino, una relación abierta hasta el punto de que incluso el concubino podía participar de las cenas organizadas por el dueño o acompañarlo en las campañas militares.

También era un esclavo el puer delicatus, un niño menor de 12 años elegido por el amo por su belleza como joven amante. Incluso cuando cumplía un año más llegaba a ser sometido a castración, en un intento de preservar su aspecto infantil. Se trata de una figura idealizada en la poesía latina en la que aparecen como adolescentes con cabellos largos y perfumados. Conocemos el nombre de algunos de ellos como Ganimedes, el príncipe troyano raptado por Zeus para convertirse en compañero del dios, o Esporo, puer delicatus de Nerón, que ordenó castrarlo y que terminó por contraer matrimonio con él, un niño de extremo parecido a su difunta esposa y del que se cuenta que aparecía en público con ropajes propios de las mujeres de la casa imperial.

Moral cristiana

Estas relaciones eran todas permitidas siempre que el amo ejerciera el papel activo, signo de que su virilidad se conservaba intacta. Al contrario, la inclinación por el rol pasivo se consideraba despreciable y vergonzosa, un signo de sumisión y de renuncia a su masculinidad y estos individuos eran considerados tarados, médica y moralmente y, en consecuencia, discriminados.

Los apelativos con los que eran conocidos aludían al carácter inmoral que se atribuía a sus inclinaciones sexuales y a las debilidades que ese deseo revelaba: se le llamaba pathicus (el que es penetrado)  morbosus (enfermo), pues como una enfermedad se consideraba el deseo de ser penetrado, tierno (frente a la fortaleza de ánimo típicamente masculina), débil, afeminado, discintus (con las vestiduras abiertas, como las prostitutas) mollis (blando, y contrario a la agresividad propia del hombre).

Vemos que, incluso en un ámbito tan íntimo como la vida sexual, el ciudadano se veía obligado a dar muestras de una virilidad incuestionable, reflejo de su capacidad de encauzar y controlar los impulsos pasionales, una muestra más de sus aptitudes para someter a las personas de estatus inferior y, en última instancia, de sus dotes para ejercer un buen gobierno.

Este código de autocontención se mantuvo hasta finales del Imperio y, entonces, el rigor defendido por la moral cristiana no propondrá un modelo completamente distinto, sino que beberá de los usos vigentes en la sociedad romana, aunque para alentar finalmente una vía más estricta aún: en lugar de controlar los impulsos sexuales, se recomienda al devoto, si es que aspira a convertirse en modelo de buen cristiano, la completa ausencia de deseo sexual alguno.