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Sofía Loren, la tercera por la izquierda, en una imagen de 1950 /Wikipedia

Origen y demonización de las nalgas

Se llegó a creer, durante la Edad Media, que las verdaderas nalgas del demonio eran el espejo, por estimular este utensilio la sensualidad y el orgullo

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El culo, mientras la civilización griega construía templos en su honra, los seguidores de la ley mosaica aconsejaban desnudarse de cara al norte o al sur para no mostrárselo a Dios. Para aquellos otros semitas que optaron por la vía del Nuevo Testamento, el culo era la prueba del pecado original, fuente de deseo que había que apaciguar mediante azotes. San Pablo ya lo advertía: «es la parte menos honorable del cuerpo», quizás, por tratarse del rasgo fisionómico más identificativo del hombre, aquel que desobedeció en el Edén el mandato de su hacedor. Es así que no existe especie mejor equipada de glúteos que la humana. Ni tan siquiera el diablo con sus malas praxis era capaz de transmutarse en culo.

Caesarius de Eisterbach (1180-1240), en su libro III del Dialogus Miraculorum, explicaba cómo esas criaturas del averno carecían de asentaderas cuando adoptaban formas humanas. Incluso se llegó a creer, durante la Edad Media, que las verdaderas nalgas del demonio eran el espejo, por estimular este utensilio la sensualidad y el orgullo. La debilidad del pobre diablo fue aprovechada por las tribus germánicas, quienes conseguían espantarlo colgando reproducciones de posaderas en sus hogares.

Desmond Morris, etólogo y autor de El mono desnudo (2017), discurre sobre la posibilidad de que tales supersticiones inspirasen el acto de enseñar el trasero como gesto de burla. Durante la cuarta cruzada en 1204, los defensores de Constantinopla solían mostrarlo cada vez que los cruzados presentaban batalla, pues no existía peor gesto para un musulmán. Su libro sagrado, el Corán, podía tocarse con las manos --no así la Torá de los judíos--, estrujarlo contra el pecho o ponérselo bajo el brazo, pero nunca podía rozarse con las nalgas.

Sofía Loren en Japón

Pese a todo, el culo no siempre ha sido muestra desprecio, también contempla ciertas cargas de jocosidad, fortuna y sensualidad según el ambiente y las condiciones de uso. Se cuenta, entre círculos cinéfilos, que las primeras películas de Sofía Loren proyectadas en Japón, arrancaban risas hilarantes cada vez que la italiana movía el trasero. No obstante, en el país natal de la actriz las nalgas adquieren tal grado de veneración y respeto que, tocarlas antes de lanzar alguna apuesta, podía poner la suerte de tu lado, pese a ser objeto de tabú y censura desde la más remota antigüedad.

Rompiendo con esos esquemas se presenta hoy día la denostada –por ciertos abanderados de la moralidad-- cultura del hip hop, el trap o el reggaetón, que parece reivindicar la pigofilia o el gusto por los grandes traseros ingrávidos en sus videos musicales. Cierto es que las nalgas ya se mostraban de manera artística en iglesias, templos y lugares públicos, pero el argumento mitológico o bíblico siempre hacía olvidar la impudicia. Y es que ya lo decía Quevedo en sus Gracias y desgracias del ojo del culo, «las cosas aventajadas en nobleza y virtud, corren esta fortuna […] por tener más imperio y veneración que los demás miembros del cuerpo».

La existencia del trasero se remonta al momento en el que los australopitecos decidieron bajarse de los árboles para erguirse sobre sus extremidades inferiores. Es así como se llegó a hipertrofiar la musculatura del glúteo hasta alcanzar el tamaño y la protuberancia que hasta hoy contempla el género homo. Nuestro culo es por tanto, consecuencia de la marcha bípeda, la misma que nos proporciona las malformaciones óseas y los dolores de espaldas. Aquellos monos que decidieron seguir yéndose por las ramas, se vieron privados de tal turgencia porque no le era válido para trepar.

La forma bípeda

De hecho, a los chimpancés, de los que sólo nos diferenciamos en un 1% del ADN, se les llega a denominar «monos de glúteos planos». Algo que parece no importarles demasiado, pues para ellos su menudo trasero sigue siendo objeto de atracción. Cuando un mono hembra quiere mostrar receptividad, envía una señal sexual mostrando ostensiblemente el culo. Incluso a algunas especies como los zambos, durante el periodo de ovulación, se les infla como una esponja y adoptan el tono de una guindilla.

Nuestro modo de locomoción vertical hace que la parte más visible del cuerpo sea la delantera, por lo que es natural que descubramos mimetismos de los genitales en unos labios pintados o unas redondeadas nalgas en los pechos.

Censuras aparte, nos guste o no, el trasero forma parte de nuestra sexualidad. Una sexualidad que no sólo se vive partiendo de construcciones sociales, también contempla una base biológica. Esto último parece molestar tanto a la religión como a sectores radicales del denominado feminismo de la cuarta ola, porque como decía Camila Paglia "'naturaleza' es una palabra malsonante para el postestructuralismo, que solo ve las opresiones de la sociedad". Por lo que vetar su contemplación --además de negar un venero de sensaciones placenteras-- es obviar el rasgo más representativo de nuestra evolución.