La única semejanza entre Ucrania y Cataluña

Guillem Bota
28.02.2022
5 min

Tiene suerte Oriol Junqueras de que la comparación Rusia-España y Ucrania-Cataluña no cabe más que en su cabecita, puesto que, si fuera cierta, hace tiempo que se habría acompañado los siete cruasanes de su desayuno con una infusión de polonio, así las gasta Putin con quienes considera desafectos a la causa. Junqueras –y algunos otros independentistas que estos días se suman a la comparación— harían bien en abrir los ojos y comprobar cómo el mundo, esta vez sí, mira a Ucrania, e incluso se pone de su parte. No como sucedió con el llamado conflicto catalán, que pasó sin pena ni gloria porque absolutamente ningún gobierno dedicó un minuto a la locura de unos cuantos políticos regionales –y de categoría regional— de esta parte del sur de Europa. Claro que tampoco hemos visto a ningún dirigente ucraniano tomar las de Villadiego escondido en un coche, dejando en el país a sus conciudadanos y al resto de su Gobierno, ahí se las compongan.

Quizás lo que sucede es que no hemos entendido bien a Junqueras, y el orondo republicano quiso dar a entender que a él en particular y a los líderes del procés en general les da igual la independencia de Ucrania, igual que en su momento se la dio la de Cataluña. En este sentido, cabe reconocer que la comparación es exacta y precisa, que las dos situaciones se parecen, ya que ellos tanto lucharon por la independencia de Ucrania como por la de Cataluña, en las dos causas demostraron el mismo valor y empuje: nada en absoluto.

—La principal semejanza entre Ucrania y Cataluña es que el futuro de ambas me importa un bledo y que lo único que quiero es otro cruasán en el desayuno, que, si no, a las once de la mañana ya estoy canino.

Ahí si podríamos estar de acuerdo con Oriol, no en lo de que merece otro cruasán, sino en que ha quedado más que demostrado que todo fue una farsa, y si no les importó hacia dónde conducían ellos mismos Cataluña, menos les va a importar hacia dónde se dirige Ucrania. Al fin y al cabo, por lo menos del conflicto catalán se podían obtener –como así ha sido— beneficios, negocios y cargos a mansalva para los compañeros de partido, mientras que de Ucrania no van a conseguir ni una mísera subsecretaría.

Más allá de ese desprecio por el futuro –y el presente— tanto de Ucrania como de Cataluña que demuestran día a día Junqueras, Puigdemont y todos sus fieles, no atino a ver más similitudes entre ambas situaciones. Si yo fuera ucraniano, no sé si me tomaría muy bien que unos tipos que llevaron a Cataluña a la ruina social y económica digan ahora que ambas situaciones se parecen, bastante tendría con correr al refugio antiaéreo como para encima soportar las idioteces que llegan del sur. Que yo sepa, lo que sucede en Ucrania es culpa de un enemigo exterior, mientras que los catalanes tenemos al enemigo entre nosotros y se identifica por su lazo amarillo.

Otra cosa son los deseos. No voy a negar que los que iniciaron el procés tenían sueños húmedos en los cuales el ejército español enviaba los tanques a Barcelona y bombardeaba la ciudad, causando cientos de víctimas, a poder ser niños y ancianos, que son los que más venden y salen por televisión. En cambio, unas pocas cargas policiales como las que hubo en Cataluña no sirven de nada, no es que nadie aplicara por ellas sanciones contra España, es que ni siquiera a nadie se le ocurrió proponer que TVE fuera expulsada de Eurovisión, cosa que Putin ha conseguido con Rusia casi sin despeinarse.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.