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Santi Vila, de paseo y silbando

Guillem Bota
01.04.2019
5 min

Les voy a contar algo que poca gente sabe: Santi Vila se acerca al Tribunal Supremo silbando, como quien va de merendola. Santi Vila, les recuerdo, es el exconsejero tratado por el independentismo como un traidor y un apestado, el mismo Rufián le negó ostensiblemente el saludo cuando acudió a declarar al alto tribunal. Vila es el más sensato de los acusados, y supo bajarse a tiempo del coche sin frenos que conducía Puigdemont, cosa que le ha valido una acusación más leve y la posibilidad de dormir en un hotel de Madrid y acudir diariamente al Supremo. Silbando, eso sí.

El jueves por la noche, el noticiario de TV3 concluyó con un reportaje sobre gente que sigue el juicio desde el público. Salían algún político vasco, a estudiantes de derecho y un señor que pasaba por ahí --por supuesto ninguno de ellos veía por lado alguno el delito de rebelión: no olviden que se trata de TV3-- e incluían imágenes de los acusados llegando: dos furgones para los presos, un par de coches de la Guardia Civil para las presas y, como quien no quiere la cosa, la imagen de un tipo trajeado que se dirigía al Supremo paseando y silbando. Ni siquiera se le mencionó. No hacía falta. TV3 ya había dejado en la retina de los espectadores --deben pensar sus responsables que con disimulo-- la imagen de Santi Vila silbando por la calle, justo después de la de los furgones con las sirenas a todo trapo y el resto de acusados en su interior, para que todos los catalanes vieran claramente quién es un traidor y quienes son héroes que se sacrifican por sus ciudadanos.

Fueron apenas cinco segundos, suficientes para identificarle sin atisbo de duda, con el añadido de un audio que permitía escuchar al tranquilo Vila silbando con alegría matinal de camino al Supremo, tralarí, tralará. Tan corta fue la secuencia y tanta mi sorpresa que no me apercibí de si andaba además con las manos en los bolsillos, en lo que hubiera supuesto el colmo de la pachorra; no sería extraño, en algún lugar leí que ser madrileño es el arte de saber llevar las manos en los bolsillos, y quizás a un cosmopolita como Vila se le haya pegado. La intención de TV3 sería denigrarle, pero a mí me gustó verle acudir al Supremo como quien va a darse un garbeo por el Retiro, no le faltaba más que llevar bajo el brazo una barra de pan para echar a los patos. Su silbido era como gritar un "que se jodan" así de grande, no sé si dirigido a quienes les denigran diariamente, a quienes quieren verle hundido, o hacia TV3. Seguramente a todos ellos.

Tampoco tuve tiempo de reconocer la canción. ¿Qué estaría silbando Vila de camino al banquillo de los acusados? Quizás fuera la melodía de El puente sobre el río Kwai, a veces el subconsciente juega malas pasadas, y ya se ve el exconsejero condenado a trabajos forzados. O tal vez confíe en que su suerte será benigna, y silbaba la optimista canción que el protagonista entona al final de La vida de Brian a pesar de estar ya crucificado; qué bonito sería que Vila contagiara ese optimismo al resto de acusados, y verles a todos en el banquillo del Supremo moviendo compasadamente la cabeza mientras cantan a coro que siempre hay que mirar el lado bueno de la vida.

Aunque más bien creo que lo que hacía Santi Vila era disimular, el silbido ha sido siempre un arma imbatible de disimulo. Las manos en los bolsillos, unas notas silbadas a voleo y como sin prestar atención, un yo pasaba por aquí, un hacerse el distraído, y a la que se den cuenta los otros acusados, Santi Vila ya estará en casita mientras ellos marcan con tiza en la pared de la celda los días que les quedan de condena. En casita y silbando, sobra decir.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.