Santi Vila descubre la sopa de ajo

Guillem Bota
14.02.2022
5 min

Va Santi Vila y suelta en televisión que el procés fue una forma que muchos tenían de ganarse la vida --ganársela más que bien, debió añadir-- y hacer negocio con él, fuera como periodista, como proveedor de servicios o --eso no lo dijo-- como simple miembro de la corte de Waterloo. Menudo observador de la realidad es Santi Vila, cualquier día nos revela que los reyes son los padres. Para noticias como esta no nos hace falta ningún Santi Vila, basta con haber seguido por la prensa la lista de cargos nombrados durante los últimos años. Más recientemente, ahora mismo, quizás mientras usted está leyendo esto, basta con observar la prisa que se dan en enchufar a los amiguetes que todavía no han pillado cargo. Los últimos estertores del procés están sirviendo para colocar a presidir el CAC al amigo de Puigdemont, para que TV3 contrate habitualmente a una productora de la cual es socio el propio director de TV3, y para todo lo que vendrá, como por ejemplo conceder las ultimas subvenciones a determinada prensa afín que, sin ellas, va a desaparecer como lágrimas en la lluvia, con sus propietarios y directores llenándose los bolsillos hasta el momento de disolver la empresa. Antes de que suene la campana, todos han de haberse servido su parte de pastel.

No es mal negocio dejar una autonomía desprestigiada, socialmente fracturada y arruinada, si ha sido a cambio de asegurarse un buen sueldo durante años. Si tomamos de nuevo el ejemplo de Xirgu, pasará a cobrar 118.000 euros anuales --dietas y desplazamientos aparte, que aquí no se regala nada-- por estar unos años sin pegar sello en su despacho del CAC. Cuando expire su mandato, ya le tocará jubilarse, y a vivir, que son dos días. De todas formas, hay que reconocer que en este caso el premio es merecido, no solo porque desde la dirección de El Punt Avui no dejó de mentir a favor del procés --eso cuesta bien poco, como han comprobado con éxito tantos otros periodistas--, sino porque se tiró horas y horas de conversación con Puigdemont en Waterloo, extrayendo de ellas dos libros sobre los recuerdos y opiniones de éste. Si aguantar la tabarra de un megalómano como Puigdemont sin dormirse ya tiene mérito, hacerlo mientras se toman notas sin que se le escape a uno la risa, y luego ponerlo todo negro sobre blanco para que salgan de ello dos libros que a nadie interesan, bien merece el premio de 118.000 euros anuales. Incluso más, probablemente, si se valora en su justa medida la hazaña de conseguir que en el título de uno de ellos, La lluita a l’exili, el artículo y la preposición sean lo único verdadero, puesto que ni lucha ni exilio han sido conocidos jamás por el protagonista. No era fácil conseguir tal cosa. Sólo se me ocurren “trabajo”, “valor” o “dignidad”, como palabras aún más extrañas en un libro que trate de Puigdemont.

Santi Vila ha tardado unos añitos en darse cuenta de que el procés fue un negocio, no hay que echárselo en cara, habrá aguardado a estar seguro de que él no iba a pillar cacho. Una vez ha visto que todos viven bien y a él ni siquiera quiso ayudarlo la caja de resistencia en sus pleitos consecuencia del procés, ha sido el momento de soltar la verdad de Perogrullo: que todo fue por dinero. Más exactamente, para que unos cuantos ganaran dinero. Eso lo sabíamos desde el principio, Santi, para otra vez cuéntanos alguna novedad, no sé, por ejemplo, los nombres de los periodistas, empresarios, familiares, amigos, funcionarios y deportistas que han sacado tajada de todo este embrollo. Aunque más o menos sepamos también sus nombres, por lo menos eso tendría más morbo. Entonces quizás te paguen mejor tus intervenciones televisivas, que también tienes derecho a hacer dinero a costa de haber hundido Cataluña.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.