Y si Sánchez fuera el relator

Manuel Peña Díaz
5 min

Causa sonrojo o vergüenza ajena escuchar a Quim Torra cuando manosea conceptos como democracia o libertad, con un uso maniqueo que puede generar muchas dudas entre los ciudadanos. Aquellos nacionalistas españoles que consideran que el principio de la unidad de España está por encima de cualquier otro derecho, no tienen problema alguno en rechazar las reivindicaciones “democráticas” de los independentistas. No le sucede lo mismo a muchos españoles que se consideran progresistas; la certeza o duda de estos surge al anteponer a la unidad de España la libertad de los ciudadanos para decidir sobre su futuro político como pueblo.

El debate sobre si las exigencias nacionalistas para convocar un referéndum de autodeterminación son legítimas y democráticas puede resolverse recurriendo a la Constitución, pero no es suficiente. Es necesaria la elaboración y difusión de un relato sin contaminación nacionalista, que explique qué es la democracia y qué es la legalidad democrática.

Que un individuo o un grupo organizado de individuos utilice una y otra vez el término democracia no significa que sea correcto su uso del concepto. Hay que distinguir entre aparentar y ser, aunque ambas acciones formen parte de la realidad. Decía George Santayana que los seres vivientes, en contacto con el aire, deben cubrirse de una máscara, y no se puede reprochar a las máscaras que no sean corazones. Dicho de otro modo, fingir ser demócrata es un acto real y puede formar parte de los discursos políticos. Otro asunto es cuando ese fingimiento se convierte en la única acepción del concepto democracia.

Jorge Wagensberg dejó escrito un pensamiento concentrado que resuelve muy bien esta contradicción entre aparentar y ser demócrata: “La máscara democrática más socorrida es la que se prepara por y para los que ya piensan lo mismo”. Es decir, el movimiento separatista utiliza la democracia como medio para un fin preconcebido que es antidemócrata, ya que pretende reducir el todo a una parte, la suya. Con apenas un tercio del electorado (la mitad de los votantes) el nacionalismo ha impuesto la máscara a toda la realidad catalana, plural y compleja. Pero no todo se reduce al procés. Durante cuarenta años y con apenas una tercera parte del electorado este movimiento construyó poco a poco una máscara identitaria, preparada por los que se consideraban como los catalanes elegidos y que ha conseguido que buena parte de los españoles –muchos progresistas dubitativos– se hayan creído que esa es la única realidad catalana.

No hay duda de que el llamado conflicto catalán debe tener una solución política dialogada, pero esa ha de comenzar con el fin del carnaval identitario. Este desenmascaramiento se ha de producir en primer lugar en Cataluña. Y es en ese escenario donde es posible que sea necesaria la figura del relator, un intermediario que facilite el diálogo entre los representantes políticos de las varias Cataluñas. Ahí es donde Pedro Sánchez puede tener su minuto de gloria antes de las próximas elecciones generales. Haría bien Iván Redondo y su equipo en reflexionar y asesorar al presidente del Gobierno para que insista que sólo por la vía del diálogo entre catalanes es posible resolver ese conflicto.

Si llegado el caso no hubiere acuerdo, será entonces cuando el Estado español tendrá que tutelar el entendimiento entre catalanes interviniendo la autonomía, desmantelando toda la máscara identitaria y democrática. Una vez que queden al aire las vergüenzas totalitarias del independentismo se podrá consultar al pueblo catalán sobre el futuro de su relación con el resto de España. Pero para eso tendrán que transcurrir otros cuarenta años, el tiempo suficiente para desintoxicarnos de tanta inmersión y tanto plurinacionalismo guerracivilista. Y para eso, quizás el primer paso sea recordar cuál es el origen de la democracia que, en palabras de Wagensberg, fue aquel momento en que dos personas que pensaban distinto se enfrentaron a una decisión que les afectaba a ambos.

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¿Quién es... Manuel Peña Díaz?
Manuel Peña Díaz

Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y director de Andalucía en la Historia. Es autor de varios libros, entre los que destacan Cataluña en el Renacimiento: libros y lenguasEl laberinto de los libros, y Escribir y prohibir.

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