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El torturador

02.06.2018
Gregorio Morán
7 min

Tenemos un pasado que es como una losa. Siempre pesa sobre nuestras cabezas. Sólo los cándidos o los sinvergüenzas se construyen leyendas benevolentes que envuelven la historia como quien vive en una nube. Los alemanes hace varias décadas se metieron en honduras sobre lo suyo y titularon una querella de historiadores y supervivientes como “el pasado que no quiere pasar”. Nosotros, más expeditos, sencillamente lo borramos.

Los españoles, supremacistas y racistas incluidos, sufrimos una dictadura​ larga e implacable, que afectó a muchos pero que benefició a otros que se aprovecharon de los tiempos turbulentos para acumular el capital humano y sentimental que consiente hoy a buena parte de sus hijos confundir al papá franquista en un sentimental reprimido en sus esencias democráticas. Más vale no citar nombres: por los apellidos los conoceréis.

Pero más vale no preguntar si ya sabemos las respuestas. Sólo de vez en cuando, inopinadamente, aparece en la rugosa superficie de nuestra losa histórica un grumo, en ocasiones una grieta que amenaza con ponerlo todo en cuestión. Un torturador apellidado González Pacheco, con apodo de sin ley, Billy el Niño, no sólo ha sobrevivido a la mayoría de sus víctimas sino que fue galardonado por sus méritos de criminal a sueldo del Estado con la Medalla de Plata al Mérito Policial. Título emérito que le permite, en estos tiempos de estrecheces y pobreza senil, cobrar un plus del 15 por ciento sobre su bien amañada jubilación.

Así, “por el morro”, que diría un castizo. Y la medalla se la dio el primer gran funcionario del Estado, Rodolfo Martín Villa, de quien alguien dijo con exactitud de relojero del lenguaje que “había subido a un coche oficial con 18 años y no se había vuelto a bajar nunca”. ¿Me van a decir a mí, a estas alturas ya del siglo XXI, que nadie ha puesto cortapisas a esta vergüenza social? Pues no, y además se enfadan cuando alguien lo saca a colación, como si el derecho a la tortura fuera patrimonio inalienable de la humanidad.

Este llamamiento a la indignación tuvo lugar cuando empezaban a desteñirse las camisas azules y los protagonistas se las pusieron blancas y con corbata a rayas. Estábamos en 1977, en el pleistoceno de la democracia. Conocí entonces a González Pacheco, o por mejor decir me conoció él a mí, porque nosotros no conocemos a los policías, son ellos los que nos conocen. No sabía de su cara de pera ni de sus ojos de besugo, sólo de sus hazañas. Se limitó a preguntas banales, porque yo estaba en la Dirección General de Seguridad detenido por haber publicado un artículo sobre los inquietantes movimientos de tropas del general Milans del Bosch y su Brigada Acorazada. Aún faltaban unos años para el 23-F pero el golpista apuntaba maneras. Su poder omnímodo le permitía hacer lo que le petaba y entre eso estaba yo. “Que me lo traigan”. Y así pasé la noche en la DGS, donde me visitó un González Pacheco aún sin medalla, antes de que me condujeran ante un presunto juez militar en la siniestra calle del Reloj que por todo motivo alegó que se atenía a la orden de “su general” (sic): “Que me lo traigan”.

Todo tirando a chafarrinón cuartelero y nada heroico. Pero Billy el Niño seguía allí, y luego siguió con el PSOE en el Gobierno. Aquel Gobierno que tenía a un personaje de zarzuela en el Ministerio del Interior, Pepe Barrionuevo, cuyo conocimiento de la Policía no iba más allá de los desfiles de Semana Santa (procedía de una familia carlista y tenía experiencia con la policía municipal). Él también concedió medallas a torturadores sin el menor rubor; era alérgico al sentido del ridículo.

No se trata aquí de la banalidad del mal, siempre discutible y muy apropiada para el análisis académico, sino de González Pacheco, un tipejo enfermizo en su pasión por el daño y el dolor ajeno, que actuaba a las órdenes del hoy olvidado depredador --apenas si quedarán víctimas vivas-- Roberto Conesa, comisario de la Brigada Político Social y torturador obsesivo incluso en democracia. Debió morir en la cama y en verdad digo que no merecía tan beatífica muerte dada su condición de verdugo con patologías sexuales que pagaron sus víctimas.

Los avaló Rodolfo Martín Villa, el ex de todo salvo “jefe de gobierno”, que lo intentó, y “Rey”, que no le daba el pedigrí, y que morirá algún día, imagino, como otros tantos muñidores de la Transición, sin una biografía real. Tendremos que metérnoslo en la cabeza: sin una historia del pasado carente de leyendas estaremos a merced de los delincuentes ideológicos y los funcionarios impunes.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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