No hemos tocado fondo

16.12.2017
Gregorio Morán
7 min

Son demasiados años de estupidez para que ahora pensemos que en unas semanas se vaya normalizando la situación y empecemos a comportarnos como ciudadanos normales. En el mejor de los casos se irá racionalizando la situación pero, por muy bien que vayan las cosas, siempre quedarán enquistados núcleos de barbarie. Esta es una sociedad muy poco dada a hacerse preguntas. Menos aún a mirarse en el espejo, como no sea para compararse y salir favorecido. Narcisos con enorme capacidad para engañarse a sí mismos.

Desconozco por lo menudo cuál es el fondo y finalidad de la nanociencia y aún menos la nanotecnología, palabros que en sí mismos intimidan con tan sólo pronunciarlos, pero que el director de tamaño reto científico esté dirigido en Cataluña por un descerebrado me sume en la perplejidad. No solo por aquello que hoy es conocido del común, tal que ofender a un candidato electoral reprochándole no sé qué macana sobre los esfínteres, de inequívoco sentido homofóbico. Cabría preguntarse desde cuándo y desde qué galaxia de la ignorancia un científico tiene que odiar a un profesional de la política. Por lo que sé, lo normal sería al revés; que un político detestara a un hombre de ciencia. Pero como vivimos en el país de los papeles cambiados, dejémoslo como está.

Sin embargo la ola de lo políticamente correcto nos ha hecho olvidar un rasgo más que significativo para todo ciudadano y más aún para un científico. El descerebrado director del Instituto de Nanociencia y Nanotecnología no se llama Jordi Borrell. En un alarde de rigor ha cambiado su nombre que no es otro que Jorge Hernández Borrell y de ahí ha salido el Jordi Borrell con el que ha alcanzado los méritos, que me permito cuestionar como no sean de ablación política y tengamos entre nosotros a otro más de la parroquia conversa desde el registro municipal hasta que la Generalitat y sus instituciones no le recompensen.

La primera condición para tocar fondo consiste en algo tan sencillo como detectarlo e ir haciéndonos una idea de la trama y de los tramoyistas. Son muy importantes los tramoyistas, porque al estar ocultos tras las bambalinas se nos pasan desapercibidos. Son como el ínclito director del Instituto de Nanociencia, que de no ser por su impunidad, unida a su desvergüenza y carencia absoluta de sensatez, se delate al mandar un mensaje ofensivo y homófobo. Pero no para ahí la cosa, porque hay algo que parece una constante en esta colección de payasos con circo patrimonial y tramoyistas emboscados. Y es la facilidad con la que rectifican y se vuelven encantadores incomprendidos, castigados por su humor dentro de toda sospecha. A estos agresivos denunciadores les basta con un juez para arrepentirse y como de seguro conocen muy bien las costumbres del catolicismo atávico, una vez obtenida la absolución, ya pueden volver a pecar.

Empiezan a verse síntomas de agotamiento, de congénita congoja, conforme se van desvelando las conjuras de los payasos para hacerse con el país, el paisaje y el paisanaje

Bastaría con la chirriante Forcadell, o a Toni Albà, ese tonto de balcón --en otros tiempos sin televisión, a los niños bobos se les sacaba al balcón para que se distrajeran-- que al parecer gusta a los que son capaces de reírse de programas hechos para desequilibrados estilo Polònia. ¿Si en la televisión polaca alguien osara titular Cataluña a un engendro semejante, habría una protesta cósmica en el macizo de la raza catalana? Pero como somos los reyes del mambo y algún día recorreremos el mundo gratis total, como decía el inefable Francesc Pujols, nuestro Heidegger de la barretina, podemos hacer con los demás lo que jamás admitiríamos que nos hicieran a nosotros mismos.

Un ignorante deslenguado puede en la radio y en la tele, subvencionadas, llamar "mala puta" a una adversaria política. A muchos, formados en la cultureta del caganer, les parecerá de perlas como nabos. La tradición popular escatológica --caca, pis y añadidos-- forma parte de las señas de identidad más allá de la butifarra amb seques, el fricandó de pobre robado a la gran cocina burguesa de Francia y el postre de músic

Sin embargo, empiezan a verse síntomas de agotamiento, de congénita congoja, conforme se van desvelando las conjuras de los payasos para hacerse con el país, el paisaje y el paisanaje. Habrá tiempo para desmenuzar la moleskine de Josep Maria Jové, el plumilla del viaje a Ítaca, que no llegó a salir del muelle pero que desde su sapiencia de tramoyista del abad Junqueras, y en puesto tan destacado como la jefatura del gabinete, fue tomando nota, cual fiel escribiente, de todos los movimientos de estos "piojos a caballo", expresión asturiana que designa a quien se sube a algo muy por encima de sus posibilidades. La Gran Estafa.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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