Las titulaciones de los fantasmas

Gregorio Morán
28.04.2018
7 min

La fiebre de titulaciones falsas es una prueba más del deterioro ético del personal político, unido a la candidez de una ciudadanía ignorante. Un estafador con currículo universitario no necesitaría que un tribunal le sacase las vergüenzas, bastaría con demostrarlo apelando a unas simples actas académicas para invalidarle como ciudadano, no digamos ya como servidor público.

Lo de Cifuentes con su máster de pacotilla causa pasmo y ha echado el foco sobre el mundo universitario, tan opaco como dado a la trampa. ¿A quién en su sano juicio le importa que alguien tenga titulaciones que no le sirven para nada de lo que en verdad ejerce? ¿A alguien le sobreviene un pasmo cuando sabe que Jordi Pujol, el capo, es médico? ¿Ha ayudado eso a la quiebra de Banca Catalana o a la extorsión familiar de las arcas públicas? Podría perfectamente haber hecho geológicas o paleontografía porque eso no hubiera ni ayudado ni dificultado su papel como líder corrupto. No recuerdo si Adolfo Suárez era licenciado en derecho o doctor, pero ya escribí sobre el asunto hace suficiente tiempo para que carezca de importancia y su trayectoria posterior ha arrumbado al desván de lo inútil tamaña nadería.

¿Por qué ese interés reciente por autogalardonarse con papiros que como en los casos de los médicos mediocres sólo sirven para decorar las paredes de la sala de visitas? Nadie cita al ínclito Puigdemont por haber hecho el bachillerato y galardonarse con una titulación falsa de filología catalana. No  digamos ese basurero lenguaraz de Pilar Rahola doble y falsamente doctorada en filología hispánica y catalana. O la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que saca a relucir cuando a la ocasión la pintan calva que es abogada, cosa a todas luces falsa y que en cualquier país civilizado provocaría como mínimo una queja del Colegio de Letrados. Aquí la única titulación precisa es la de mentiroso profesional, y a esos no hay asociación gremial que los cobije como no sea la de sus partidarios, adscritos a comulgar con ruedas de molino.

La historia de los títulos fraudulentos no es otra cosa que una muestra más de la estafa que constituye nuestra vida pública

Por razones familiares y de amistad me ha tocado sufrir el letárgico mundo académico hasta el hartazgo. Nunca he logrado entender por ejemplo el interés del estamento universitario por ser “jefe de departamento”, el consuelo de los incompetentes. Conozco algunos que serían capaces de matar por conseguirlo, y si no lo hacen es por miedo, no por falta de intención. ¡Jefe de departamento, vaya ambición profesional!

Sólo la inanidad intelectual de la universidad, salvadas sean las escasas excepciones, consiente que nadie se haya tomado la molestia, casi diría el engorro, de relatar la mala vida del mundo académico. Leopoldo Alas Clarín figuraba como catedrático de derecho romano, si mal no recuerdo, en la Universidad de Oviedo y es sabido que no sólo era una nulidad en la materia, que no le interesaba salvo a la hora de cobrar, sino que manifestaba un desdén absoluto por las clases y su media docena de alumnos. Lo que no quita para que algunos le hayan recordado como una lumbrera que por cierto sólo se exhibía en la literatura y en algunos de sus artículos de prensa. ¿Y qué decir de Unamuno y sus clases magistrales de griego en Salamanca, él, que quiso enseñar euskera y perdió ante el venerable siervo de la oligarquía vasca, reverendo Resurrección María de Azcue? Nuestra vida académica desde hace siglos ha sido un sumidero de empleados públicos, tan benévolos con el Estado que les pagaba como hirsutos edecanes del saber, orgullosos de su impunidad.

Aquí la única titulación precisa es la de mentiroso profesional, y a esos no hay asociación gremial que los cobije como no sea la de sus partidarios, adscritos a comulgar con ruedas de molino

Ortega y Gasset fue catedrático de metafísica en Madrid porque era la única cátedra vacante, lo que le valió la aguda apostilla del torero, "¡Hay gente pa'to!". La desazonadora historia de Manolo Sacristán y la Universidad de Barcelona no cabe olvidarla ahora que triunfan otros aires.

Ocurre como con los premios literarios. La gente desconoce que las editoriales que los conceden lo único que hacen es una operación de marketing en base a los adelantos de los autores. Recuerdo que en una entrevista en Televisión Española yo aparecía como premiado en no sé qué chalaneo. Cuando negué haber recibido un premio en mi vida, la respuesta del presentador fue retirar la charla de la emisión. ¿Qué hace un autor en televisión que no ha sido galardonado nunca y por voluntad propia? Y en verdad reconozco que los premios no editoriales son importantes. ¡Qué cantidad de escritores no conoceríamos nunca de no ser porque recibieron el Nobel!

En el fondo, la historia de los títulos fraudulentos no es otra cosa que una muestra más de la estafa que constituye nuestra vida pública.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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