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Una sociedad herida

14.07.2018
Gregorio Morán
6 min

Conviene no decir la verdad y hacer como si no nos diéramos cuenta del lío en que estamos metidos. Demasiados años admitiendo las mentiras que nos decían y sin apenas posibilidad de denunciarlas, porque eso hubiera significado atentar contra “el oasis”, y ahora resulta que hemos de cargar con el fardo. La Generalitat está dirigida --es un decir-- por un fascista. ¡Nosotros que nos escandalizábamos, y con razón, porque en Madrid el presidente era un reaccionario! La paz social se había convertido en una sabia fórmula que lo impregnaba todo y te cerraba la boca, porque si bien nos habíamos disfrazado de países nórdicos, la realidad tenía visos de mafia siciliana. ¿Pero qué dice este tío?, salió gritando un plumilla, un tonto solemne como Enric Juliana después de desgranar el filibusterismo ideológico de menor cuantía sobre “el catalán enfadado”, o emprenyat para la parroquia. Eso, tras una pausa para redactar el editorial colectivo de los periódicos de Cataluña, doce, todos subvencionados por la Generalitat según sus méritos. La dignidad de Cataluña, se titulaba el exordio, y apareció un día de noviembre de 2009, amenazando la tormenta y sin despeinarse luego por todo lo que trajo consigo.

¿Cuántos hicieron caja con el procés? ¡Ay, la generación de Bandera Roja y sus herederos! Consiguieron asesorar a Convergència, a Esquerra, a Podemos y hasta a la CUP. Y no me digan que no tiene mérito, porque eran los mismos, y hasta lo son ahora agazapados tras ese divertimento para cerebrinos patrimoniales que es la CUP y sus felices cofradías que emulan a sus papás. ¿Quién no fue rojo mientras era joven? Ya llegará el tiempo del seny y poner a los currantes en el lugar que les corresponde para que sirvan al imperio de la ratafía y los Países Catalanes. Ni una palabra sobre el supremacista y meapilas en la presidencia de la Generalitat. Es uno de los nuestros, que edita libros subvencionados y promueve homenajes a sus antecesores parafascistas que tenían ocultos detrás de la cortina.

No vivimos buenos tiempos para la lírica aunque excelentes para los trepas, ejerzan o no de poetas. El oficio periodístico se ha cubierto de mierda pero con la particularidad de ser inodora, incolora e insípida porque, te guste o no, has de tragarla durante un tiempo tan largo que estamos todos estragados, incluso los que no han dicho nada y miran para otro lado, o los que desdeñan esa vulgaridad que emerge de la calle y que se llama linchamiento.

Había un país y ahora hay dos; uno que constituye la mayoría de la población catalana y otro que asume la representación política del conjunto, y éste es el meollo de la cuestión. Mientras no tengamos claro que la ciudadanía está formada por esa sociedad desequilibrada, cualquier intento de abordar las heridas, de airearlas para que se cautericen, está condenado al ejercicio de los filósofos de ocasión, ágrafos pero tertulianos, abundantes de palabras y cortos de coherencia intelectual.

No conozco otro lugar donde se hable tanto de hacer política y donde no se sepa qué carajo quieren decir, como si volviéramos a las charlas inanes de hace muchas décadas. La política es tratar de millones de ciudadanos pero parece que se refieren a negociar entre media docena de indocumentados sobre cómo seguir hablando de lo mismo. La charlatanería tertuliana parece haberse convertido en el referente de lo que es hacer política, de ahí que los políticos profesionales se hayan asilvestrado para hacerse aprobar por la caja idiota o la alcachofa de madera, y que los periodistas se coloquen en los medios como plataforma de lanzamiento para una eventual carrera hacia el poder.

Vivimos otra transmutación de valores, esta sí que de muy baja estofa. La coherencia intelectual, que es el único patrimonio que debe cuidar un político, ha devenido en lo contrario. El president Torra, representante genuino de esta deriva hacia la sublime estupidez, ha amenazado a Pedro Sánchez con un argumento al que no me hubiera atrevido a dar crédito si no estuviera explicado por él. “Tengo a los hijos colocados, una edad madura y el patrimonio asegurado, no hay nada que me dé miedo”. Es decir que, de no ser así, lo mejor es que no se hubiera metido en política. ¿Hay prueba más contundente de que estamos ante la gran oportunidad de un simple de espíritu?

La gente así debería seguir haciendo las mismas simplezas que le llevaron a hacerse mayor, tener hijos asentados y un patrimonio asegurado. Quizá sea la sociedad la que menos haya cambiado y habremos de acostumbrarnos a soportar la trivialidad de los cambios de unos políticos con envoltorio desechable.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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