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El Rey emérito

21.07.2018
Gregorio Morán
7 min

Desde que se inventaron la efímera y sardanística república de Cataluña, muy regada de ratafía, se ha puesto complicado escribir sobre monarquía o república. El fantasma de una república de extrema derecha, xenófoba y agresiva era un fenómeno inexistente en España hasta el advenimiento del procés separatista. República y derecha política fueron antitéticos. Una experiencia como la de Mussolini en sus últimos días de Salò no apareció nunca en nuestra historia. La derecha extrema o moderada que hegemonizó Cataluña desde 1980 se echó en la piscina sin agua y se declaró republicana. Ellos, cuyos ancestros echaron a correr ¡hasta Burgos!, para librarse de una república de trabajadores de todas las clases, según denominación constitucional de la II República española.

Reconozcámoslo. Fuera de la literatura, la memoria no sirve para nada. Ni es maestra, ni instruye, ni evita la repetición en mascarada. Marx le daba una segunda oportunidad en forma de farsa, pero se quedaba corto. La izquierda española que sobrevivió al franquismo era republicana hasta que se hizo monárquica en la Transición. El nacionalismo fue siempre “accidentalista”, es decir, mantengamos los patrimonios y adaptémonos a las circunstancias. Lo expresó Cambó: “¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!” Y así ejerció de monárquico medular, de republicano miedoso y de franquista reticente. Pero el patrimonio no se toca y el mejor modo para conseguirlo es no arriesgarlo.

Recuerdo al nacionalista vasco Joseba Elósegui, empresario de la madera, encarcelado por haber atentado contra Franco en el Frontón Anoeta de San Sebastián, al que los militantes de ETA en la prisión de Carabanchel consultaron un día sobre el término marxista “dictadura del proletariado”. Era uno de esos debates carcelarios en los que se creía que hablar de teología política era tanto como hacer política. “A ti, Joseba, ¿qué te parece la dictadura del proletariado?”. Y para pasmo de todos, Elósegui resumió un puñado de tratados de escolástica radical con una frase: “Me parece muy bien, porque al proletariado hay que tenerlo agarrado”.

Donde algunos seguimos contemplando la república como un régimen acorde con la libertad de la ciudadanía, otros lo ven como la última oportunidad de conservar sus privilegios. Tras la República fascista de Salò hubo en Italia un debate arriesgado, una consulta más ajustada de lo que algunos creen, y se instauró la República italiana que fue modelo admirado de consenso entre la Democracia Cristiana de De Gasperi y el Partido Comunista de Togliatti.

Durante muchos años nuestro hoy Rey emérito fue una figura intocable. Citarle sin alabanzas estaba poco menos que prohibido. Cuando pidió ¡por carta! al Sha de Persia dinero para que la UCD de Adolfo Suárez tuviera fondos suficientes en la campaña electoral, él se quedó con los 10 millones de dólares en 1977, y por más que en nuestros libros de entonces algunos lo escribimos, la censura empresarial lo borró y fue necesario que pasaran unos años para intentarlo de nuevo. Apareció gracias a que el secretario político del Sha, Asadollad Alam, exiliado en EEUU, incluyó la alucinante misiva de Don Juan Carlos en sus memorias (1992); pero nadie la citó ni hizo mención de ella.

Ahí estaba ya esa querencia juancarlista de matriz borbónica –a su padre, Don Juan, se le podía considerar un sablista profesional, y a su abuelo Alfonso XIII, un sacamantecas pornógrafo y arrogante—. La obsesión económica del hoy Rey emérito casi rozaba el vicio. Bastaría que alguno de sus “mecenas” catalanes contara cómo se proveía de ese barco siempre renovado, por buen nombre Bribón.

Lo suyo no era afán de dinero sino una inclinación que detectaba cualquiera de los suyos y que tenía en el casi nunca citado Prado y Colón de Carvajal, más conocido en sociedad como El Manco, su sicario económico, el que recogía la bolsa que Su Majestad iba acaparando… con gran beneficio suyo, todo hay que decirlo. Deslumbraba tanta magnificencia a los periodistas paletos. El actual director de La Vanguardia, Màrius Carol, contaba extasiado el paseo en coche de caballos de El Manco enseñándole su latifundio andaluz en la época que ejercía de corresponsal en la corte milagrera de la Zarzuela.

Cristóbal Montoro nos enseñó a trabajar para él y la Hacienda Pública tan laxa para algunos como implacable para la mayoría. Ahora hemos pasado de Montoro a Montero, María Jesús, y el presidente Sánchez con la fatuidad de los que se creen sus propios enredos se ha metido en un berenjenal. No habrá listas de acogidos a la amnistía fiscal de Mariano Rajoy, por las mismas razones que la ocultó Rajoy. Intereses institucionales.

A mí las razones conspiratorias de Corinna o del comisario Villarejo respecto al Rey emérito y sus turbios negocios me importan un bledo. Lo que nadie me quiere contar es si son verdad o no.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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