La rebelión de los esclavos

23.06.2018
Gregorio Morán
6 min

Hemos construido un mundo que ha convertido a millones de personas en esclavos. Son el resultado de las guerras, la mayoría provocadas por nosotros, y no tienen otra opción que buscarse la vida, huir de la miseria o lanzarse a la desesperación, porque lo demás es aceptar la muerte. Son un producto de todas las guerras que hemos ido diseminando a lo largo del planeta. En unos casos la explotación económica en nuestro beneficio, como antaño las colonizaciones. En otros, las guerras que han destrozado comunidades enteras pasando de la opresión política en que vivían al azaroso destino de los parias. ¿Quién destrozó Irak? ¿Quién Libia? ¿Quiénes se sirvieron de las maras y de las mafias varias para obligarte a acarrear con lo puesto, familia incluida, y buscar lo más parecido a un horizonte, lejano y tenebroso?

Son los esclavos de nuestro tiempo. Después de hacer lo imposible para convertir su vida en un infierno ahora tienen que pechar con las sociedades establecidas que se niegan a reconocer lo que ellas sembraron. Y nadie está dispuesto a reconocer los dos elementos que han llevado hasta aquí. El primero la explotación, el segundo la inseguridad.

Casi nadie quiere admitir que detrás de esa explotación está nuestra frágil estabilidad. Tampoco que la seguridad, cada día más débil, es el producto de la introducción de represión bajo la forma de fronteras impermeables, xenofobia de pobres que se sienten amenazados por otros más pobres que ellos. Es como si soñáramos con un mundo tan cerrado como un club donde primara el derecho de admisión.

La nueva invención de los Estados es tan vieja como la propia esclavitud: crear territorios a modo de inmensos campos de concentración donde se recojan los esclavos indocumentados de todo el mundo. Nadie se opone frontalmente a las migraciones pero cuanto más lejos de nuestra casa estén mejor para todos. Entendiendo por ese “todos” aquellos que han conseguido un estatus que deben proteger como la única propiedad de su futuro y del de los suyos.

La nueva esclavitud es una patada en el ojo de la civilización. Tan fuerte que las sociedades se están quedando ciegas. Sin sacar las conclusiones de esta situación de emergencia, piden a los nuevos esclavos lo mismo que las sociedades esclavistas de antaño exigían a los suyos: que sean respetuosos con los usos y costumbres de los amos, que sean tan decentes y apocados como los huéspedes en la casa recién habitada. Como si se tratara de una concesión y no de un derecho, porque creíamos vivir en una sociedad limpia, educada, culta e integradora. Pero eso se acabó y todo esclavo tiene la exigencia de ser libre; o le dejan o se lo toma.

Se acabó hace ya muchos años aquel emigrante con la maleta de madera y la esperanza de volver un día a casa con los suyos. Entre otras cosas, porque ya no tiene casa y los suyos están tan dispersos como su destino. Donald Trump ha lanzado el gran reto racista; separar a las familias poniendo en cuarentena a los niños para que sirvan de rehenes. Sólo el poder armado de un imperio en decadencia podría atreverse a introducir el crimen como norma de conducta. El hecho de que no sea la primera vez que lo ejerce no disminuye el volumen de la provocación.

Porque esta guerra contra los nuevos esclavos que ha ido dejando la economía depredadora no tiene un ejército enfrente al que vencer, ni un territorio que conquistar, sino al contrario es el resultado de años de impunidad. De ahí que el florecimiento de una nueva derecha miedosa y agresiva se tiña de xenofobia, porque el enemigo no es un país ni una raza sino la defensa de unos privilegios arrebatados por los mismos que ahora azuzan a los perros contra los esclavos.

Todos los referentes del pasado sirven de muy poco ante esta derecha que se disfraza de ciudadanos buenos, sonrientes y amables con los suyos. Hay quien llama a esto populismo​, lo que viene a ser algo parecido a denominar folklore a la música en general.

A la esclavitud de nuestro tiempo no es extraño que le haya salido su enemiga en la xenofobia y el nacionalismo. Es el método para elevar los más bajos instintos y recubrirlos de derechos arcaicos e imaginarios. Por eso se puede decir que en España no hay aún una derecha extrema porque para eso nacieron los nacionalismos. Un independentista no es otra cosa que un derechista reaccionario. Se entiende entonces que el lema ante los atentados islámicos de Barcelona el pasado verano fuera "No tengo miedo" (No tinc por). ¿De quién? Nos preparaban para la independencia, no para la civilización.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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