La rebelión de los ancianos

03.03.2018
Gregorio Morán
6 min

No hay nada que retrate mejor a la actual sociedad española que la revuelta de los jubilados. Refleja la separación de los partidos políticos​ de sus bases naturales, porque es poco probable que a ciertas edades uno se convierta en Vargas Llosa y no sólo reniegue de sus posiciones pasadas, cosa que está en su derecho, pero de ahí a convertir a Margaret Thatcher en adelantada de la libertad va un trecho. Ir tan lejos para volver a la casilla de salida. Hay que ser muy cínico para pasar de "todo el poder para los soviets" a "todo el poder para la City". De los obreros a los banqueros es un viaje tan visto que no causa pasmo. Con los trabajadores sueles equivocarte. No es fácil que tengan razón, pero con los banqueros aciertas siempre. Y, si no, que se lo pregunten a esa generación recién salida del armario de los fondos del Estado y las fundaciones.

El destrozo social de Thatcher no fue para eliminar el corporativismo sindical sino para liquidar los sindicatos y privatizar las joyas de la corona que no eran monárquicas: la enseñanza, los sistemas de salud, los transportes. Crear lo que bien podría llamarse una sociedad del beneficio. Pero lo nuestro es otra cosa.

Los jubilados han sido hasta anteayer el colchón social que evitó el hambre. Sin ellos no se hubiera sobrevivido al paro y la precariedad laboral, porque hay que decirlo, fueron ellos y no la banca rapaz y corrupta quienes hicieron de guarderías familiares, de comedores sociales. La emergencia de este país no está ni en las ONG ni en los bomberos sino en el recordatorio de años muy duros donde el fantasma de la miseria real, no la de los castillos en Ítaca para riñones bien cubiertos, entraba en las casas según el criterio de los estafadores.

Aún recuerdo cuando en los ochenta se decía en voz muy baja: "Este país no soportaría un millón de parados". Estamos en cuatro y abundantes. Este país, perdonen la evidencia, lo soporta todo. Desde unos partidos corruptos​ a las entelequias de repúblicas de chichinabo, líderes escondidos sin combate y unas clases dominantes, que no dirigentes, que viven su mejor época desde hace un siglo. Nada que las inquiete en el horizonte, todo lo más algún conflicto territorial que ni siquiera hace amago de cuestionar su poder; al fin y a la postre, han sido socios de la trampa y reparten beneficios.

Una rebelión de jubilados es la plasmación de que estamos poniendo ante un espejo el futuro que nos aguarda. Es como explicar al personal que lo de mañana será aún peor a lo de hoy

Una rebelión de jubilados es la plasmación de que estamos poniendo ante un espejo el futuro que nos aguarda. Es como explicar al personal que lo de mañana será aún peor a lo de hoy. Se ha roto la cadena social. Tiraron el agua de la palangana con el niño dentro y lo más llamativo es que parece un tema más en el viacrucis en el que se ha convertido el simple hecho de sobrevivir. Ya tiene que ser agobiante el sinvivir de los jubilados para que salgan en masa a la calle, y con reiteración y orgullo. Cabe recordar que en los viejos manuales se les denominaba como "clases pasivas".

Y ahora son los más activos de una sociedad fascinada por los adelantos tecnológicos, que por cierto no se podrán comer y que servirán para distraernos la atención de lo fundamental. La cadena social se ha roto y lo más que puede uno es admirarse del descaro de una ministra, Fátima Báñez, que no conoció otra cosa en su vida que el chanchullo y las lengüetadas a quienes han sido capaces de hacer el milagro de convertirla en miembro de un gobierno desbaratado por su incompetencia, que empieza a sentir en sus oídos los clarines de su final. Del miedo a perder la sinecura y el favor del amo.

¡Qué similar es el gesto lacayuno de quienes admiten a un presidente huido por miedo a las consecuencias de sus actos y quienes siguen avalando a otro presidente en ejercicio convertido en Don Tancredo, aquel que no respiraba en el centro de la plaza para que el toro no le embistiera! El jefe de los empresarios, Rosell, y el del Gobierno comparten la idea de que los jubilados mejoren sus pensiones, pero ambos como una sola voz se preguntan si no resultará demasiado caro.

Lo único que entienden es subirles la factura social. ¿Se preguntaron acaso cuánto nos costó el rescate bancario? Lo pagamos nosotros, no ellos, que siguieron con los mismos salarios, bonos, pluses y planes de pensiones. Incluso los multiplicaron. Por eso cuando veo al patético Narcís Serra explicar por qué cobró cantidades exorbitantes en un banco que llevó a la quiebra, me da el vómito.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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