Rajoy a fuego lento

09.06.2018
Gregorio Morán
6 min

Decía mi madre “Dios nos libre del día de las alabanzas”, refrán popular que se ha confirmado tras el abandono de Rajoy, como una letanía no exenta de cinismo y adscrita a ese virus de los tiempos que corren, definido como “lo políticamente correcto”. Ante la retirada de Mariano Rajoy se han escuchado frases encomiásticas de los suyos, lógicas viniendo de quienes vienen y dirigidas a quien ha orientado sus vidas y haberes en la última década. También algunos sañudos adversarios han bajado las armas de la dialéctica política para calificar al ya expresidente del Gobierno como elegante en su despedida.

No lo entiendo, porque si de algo se puede acusar al Rajoy político es de jugador taimado, lento, exasperante en su modo y manera de hacer que los problemas se enquisten por si se produce la buena ventura de que se resuelvan solos, como los azucarillos. Fue, pues, todo lo contrario de la previsión, y su comportamiento tenía más que ver con el carretero que lleva el carro de bueyes siempre por la misma rodada sin preocuparse de encontrar caminos, salidas, vericuetos que ayuden a escapar de lo trillado, inservible por obsoleto. Nada le define mejor que su opción profesional, registrador de la propiedad.

Eso fue. Un registrador de la propiedad devenido en político hasta alcanzar, gracias al dedazo de Aznar, la presidencia del Gobierno. No es de extrañar en estos tiempos en los que la propiedad se ha incorporado a los lemas de la Revolución francesa y la victoria de la burguesía y el capitalismo --libertad, igualdad, fraternidad y propiedad-- no es de extrañar, digo, que fuera un registrador de la propiedad el que diera al Partido Popular su mayor victoria electoral en 2011. Lo que aquellos voraces líderes nacidos para mandar --Fraga y Aznar-- no consiguieron nunca lo logró un apocado personaje nacido para asentar los registros de la propiedad.

Metido hasta las cejas por acción u omisión en ese barco pirata en el que se había convertido el Partido Popular con su corrupción endémica, se mantuvo fiel al silencio, ese silencio que sirve tanto para el secreto de confesión como para la complicidad mafiosa. Pero, ¿elegante? Con tal de quitárselo de encima le hubieran reconocido como un demóstenes de la oratoria, él que se expresa en un castellano vulgar, de jugador de tute cabrón, variedad del naipe adecuado para gentes taimadas. Esos finales de palabra o verbo en "ao", comiéndose la d, o el retrato crepuscular del almuerzo en comunión con sus más fieles vasallos del PP, esa despedida donde irritado porque de una parte se estaba emocionando o quizá recordara la ovación que le dieron los mismos a la cleptómana Cifuentes unas horas antes de que la pusieran de patitas en la calle. Un aplauso que para un hombre como él podía tener varios significados, desde la improbable adhesión incondicional a la inquietud porque les había llevado a la ruina y a tener que buscarse oficio sin sinecuras. Como aplaudían tanto y tan seguido, se le ocurrió exclamar ante el micrófono abierto "Joder, que alguien pare, coño". Frase pixelada hasta borrarla de nuestros medios y que podría parangonarse con aquel "¡Mierda!" que el general francés Cambronne soltó cuando le pidieron que se rindiera.

¿Elegante? ¿El hombre que se encierra en un restaurante de lujo --podía haber sido una taberna gallega, da igual-- a la vera de la Puerta de Alcalá y pasa allí tan largas horas de sobremesa con un puñado de fieles, mientras en el Parlamento están tratando de lo suyo? Ese "suyo" que ya le importa una higa. Una vez más cabe decir que no se ha ido, que le han echado y con rara unanimidad aunque cada cual tuviera sus razones para hacerlo. No es la muerte de Julio César, no exageremos, es tan sólo un asiento imprescindible en el libro del registrador de la propiedad. Mediocre y resistente, como esos ciclistas gregarios a los que admira tanto.

¿Elegante? Falaz hasta el final, porque decir que deja un país mejor que el que cogió resulta una patochada de niño sin juguete. En su inanidad de hombre sin atributos se niega a reconocer que su papel ha sido el del bombero torero; aquellos enanitos que hacían cabriolas en las plazas de toros y que no dejaban de ser un resto de la España valleinclanesca que él conoció de cerca.

No es verdad que fuera Rajoy un hacedor de independentistas como inventaron los cerebrinos del procés para no asumir sus responsabilidades. Fue lo contrario. El independentismo hizo muchos rajoys en Cataluña y fuera de ella. Los vamos a sufrir.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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