En el oasis y con sus camellos

27.01.2018
Gregorio Morán
7 min

Se me hace cuesta arriba ver el nuevo film de Spielberg Los papeles del Pentágono, sobre la investigación periodística del Washington Post que llevó a la dimisión del presidente Nixon. Me parecería como contemplar una película de ciencia ficción, género al que no soy precisamente propenso. En 2018 evocar en España un acontecimiento como aquel tiene algo de patético. Yo me quedo con la versión de Pakula del año 76, a la que dieron vida Redford y Hoffman. Entonces salíamos de una dictadura larguísima que había aplanado, bajo una censura agobiante y ante un gremio castrado, cualquier intento liberal en los medios de comunicación. Constituye otro período oscuro de nuestra historia que los barnizadores del pasado, estilo Jordi Gracia, concienzudo trepador académico, aún no han manipulado; recuerdo a su padre, Vicente Gracia, espasmódico personaje que había pasado del rigorismo nacional católico a dirigir tetas, culos y reportajes desgarbados en el recién difunto Interviú.

Pero en 1976 aún parecía posible un periodismo digno, avalado, aunque con muchas reticencias, por unas empresas que se dedicaban a eso, fundamentalmente a eso. Y en nuestra modesta estatura provinciana, con el miedo aún en el cuerpo, se podía atender a unos lectores ávidos de informaciones sin manipular en exceso. Me desternillo de risa cuando escucho a esas clases medias bendecidas por el erario de la Generalitat, o a sus hijos, haciendo de guardianes de la contrarrevolución parental, gritar "¡prensa española, manipuladora!". Pacíficamente, por supuesto, sólo rompiéndote la cara o los cristales. ¿Saben estos guardias blancos que el presidente Pujol, el primer corruptor de mayores de la comunidad del oasis, enviaba a los diarios --catalanes, por supuesto-- sus entrevistas con las preguntas y las respuestas que él se había hecho, incluyendo el día que debían ser publicadas en primera, a ser menester después de asistir a misa dominical, para que sirviera como una prolongación del sermón mesiánico? Empezaban aquellos interminables años en los que de ética y moral sólo tenía derecho a hablar él y su infausta familia.

En 2018 evocar en España un acontecimiento como la investigación periodística del Washington Post que llevó a la dimisión del presidente Nixon tiene algo de patético

Por entonces, hacia 1977, no habían aparecido en su fulgor dos especímenes periodísticos de la corrupción más básica: los tertulianos y los jefes de prensa o gabinetes de comunicación. El tertuliano es a un periodista lo que una chica del music hall es a una actriz de teatro. Cobra tanto por lo que no dice como por lo que sugiere; sólo debe atenerse al gusto chumacero de una audiencia que desprecia lo que no sabe, es decir, todo. Son alfalfa de bajo coste; con media horita tiene el personal para rumiar durante todo el día, cual buen camello en el oasis. Son periodistas que ni informan, ni escriben, viven como aquel atorrante valenciano, García Sanchiz, charlista, de quien Valle-Inclán decía que era el único español que vivía del sudor de su lengua. Ahora son legión. "¿De qué vamos hoy?". "De lo que toque". Da lo mismo que sea una guerra oriental, o un chascarrillo político, se paga por jornada.

Los jefes de prensa, que guardan como secreto esta fórmula que ronda la ilegalidad, son aún más desvergonzados. Y hay variedad de fórmulas. Desde quien comparte bienes y prebendas en matrimonio hasta quien se exhibe defendiendo el plus del descaro. Nunca son citados como lo que son, no vaya a ser que... Cuando el actual director de La Vanguardia, Màrius Carol, dirigía el suplemento dominical de su periódico, su esposa, Teresa Lloret, hacía caja como Asesora de Comunicación de Alto Standing, y la cosa llegó a ser tan escandalosa que fue retirado y reenviado a otra misión, de la que sacaría mejor partido. Cuando hace muchos años denuncié esa colusión indecente entre quien llevaba las páginas más publicitarias de un periódico, como es el suplemento dominical, y su señora, ocurrió algo digno del gran Groucho. El máximo responsable se dio por aludido y no volvió nunca a dirigirme la palabra, ni para echarme del periódico cuando le ascendieron --fíjense bien, le subieron de categoría, no le abrieron expediente--, pero entonces me telefoneó su señora, Teresa Lloret, jefa del gabinete más eficaz de relaciones públicas de Barcelona, para ofrecerme la responsabilidad de la prensa en ¡la unión de Bancos rusos!, o algo así. Son insaciables.

Ahora ya sabemos cómo va la cosa. Es un timbre de gloria y se puede pasar de ejercer en el Banco de Sabadell, como Ramon Rovira, y luego dirigir la radio y la televisión de los Godó. Aseguró el tal Rovira, ante su despido de promotor del Banco de Sabadell y en la perspectiva de su nuevo cargo, que estamos en Cataluña bajo una dictadura nazi dirigida desde Madrid. ¿Entienden por qué no me apetece ver la versión de Spielberg del año 2018?

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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