Nada es inocente

06.01.2018
Gregorio Morán
7 min

Las iniciativas sobre la cabalgata de los Reyes Magos son una prueba más de que hemos perdido los papeles, y que puestos a proponer paridas, genialidades y estrambotes estamos alcanzando un nivel digno de los Hermanos Marx. Por cierto, que eran tres. ¿Para cuándo se le ocurrirá a algún cerebro de alcaldía cambiar los Reyes Magos por Groucho y familia? Es cierto que la idea de tres nos aboca a tiempos anteriores al llamado Descubrimiento de América, porque de no ser así podrían haber sido cuatro. Hay incluso un libro académico sobre los Reyes Magos de una hispanista belga, si la memoria no me falla y si mi biblioteca no estuviera más desordenada que yo. Recuerdo que en Holanda se generó hace años una polémica social sobre el Negro Piet, un criado cabrón que acompañaba a San Nicolás y que chinchaba a los niños y que hubo de cambiarse por sucedáneos más acordes con lo políticamente correcto.

Los Reyes Magos de mi infancia eran aún los de la autarquía franquista​ y tan pobres como hidalgos, engalanados con disfraces tan poco creíbles que se necesitaba la moral del Alcoyano para creerse aquella pantomima. Con el aditamento de un ayudante, mayordomo o príncipe, creo que en un rasgo local asturiano porque luego nunca he vuelto a saber de él, que se dedicaba a hacer de intermediario entre los Reyes y la chusma, que éramos nosotros. Tenía por nombre el de Aliatar y su principal misión consistía en trasladar nuestras cándidas cartas a Sus Majestades. Se ve que entonces lo de llevar y traer cartas que no se leían debía ser oficio de altura, muy a tono con los tiempos que corrían. Hubo quien definió el régimen de Franco como una dictadura atenuada por la incompetencia, y quizá por eso Aliatar desempeñaba tan alto papel entre nosotros.

Dentro de los interrogantes de menor cuantía de aquella época siempre me picó la curiosidad por saber dónde carajo se debían quemar tantas miles de cartas como escribíamos a los Reyes. Y aprovecho para preguntar algo que aún hoy no logro desentrañar: los niños de entonces recogíamos el aluminio --papel de plata, lo llamábamos-- que recubría dulces y chocolatinas. Aunque no se puede decir que comiéramos muchas, sí al menos las suficientes para hacer gruesas bolas que según curas y monjas estaban destinadas a las misiones. No me cabe en la cabeza qué podían hacer "los negritos" de África​ con aquellas arrugados restos de nuestros escasos festejos infantiles. Pero como todo aquello se ha ido difuminando en la memoria y los recuerdos, ahora que hasta los hijos de notario o meapilas diversos ya eran antifranquistas desde la primera comunión, resulta una especie de provocación preguntar por ello.

 

Somos hijos de la candidez, herederos de la frustración y alimentadores de la estupidez

 

Lo cierto es que ninguno de los supervivientes de aquella lejana época puede olvidar las cabalgatas de los Reyes Magos de Oriente, así se decía, y de ahí que la frustración de muchos niños consistía en que año tras año no aparecía ningún camello --los únicos camellos y hasta dromedarios que conocimos en vivo y en directo fue a una edad en la que lo de menos era que llevaran oro, incienso y mirra, sino farlopa y jeringuillas--. Nunca había dromedarios. ¿De dónde los iban a sacar con aquel clima y en aquellas tierras más hechas para el buey que para el paisano? Eso sí, cerraba la nada majestuosa cabalgata una charanga en forma de orquesta, todo metal, procedente del cuartel más cercano o del ayuntamiento; sonaban igual y eran casi indistinguibles.

El otro efecto llamativo de los Reyes Magos de Oriente consistía en que nunca nos traían lo que habíamos pedido, pero como los designios de las monarquías nos eran desconocidos, hacíamos de vasallos y aceptábamos con júbilo lo que viniera. ¡Siempre odiaré la caja de juegos Geyper!

La Transición democrática impuso la aparición de concejales e incluso alcaldes entre los Reyes Magos, quizá por eso de darse a conocer electoralmente, por más que fueran disfrazados por Cortezo --nadie desconocía el nombre de este caballero dedicado a los trajes de época, ya fueran para el teatro o el cine--. Reconocer a aquellos fantoches era motivo de chanza y no hacía ascos al transformismo ni la derecha ni la izquierda.

Yo creo que dejaron de tomarse la molestia cuando les explicaron que electoralmente aquel gesto no valía nada, amén de que una señora, ya en plena transición, llevó al Ayuntamiento, creo que de Madrid, a los tribunales porque uno de sus churumbeles “había sufrido una agresión por un caramelo lanzado desde una de las Carrozas Reales”, que ya no eran de Oriente, sino un servicio externalizado. Somos pues hijos de la candidez, herederos de la frustración y alimentadores de la estupidez. Resumen biográfico.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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