Los linchadores

17.03.2018
Gregorio Morán
6 min

Cuando se produce un crimen siempre aparecen una serie de personajes secundarios que tienen a gala la exhibición de sus instintos. Aún reciente el asesinato del niño Gabriel en una pedanía de Almería, se han vuelto a repetir, como si se tratara de una maldición. Igual que las moscas van a la mierda, ellos están siempre sobrevolándola hasta posarse. Nada que ver con ninguna maldición bíblica o razonamientos. Aseguran que les sale de dentro. Quizá porque lo que tienen dentro apesta, ya sea el odio o la venganza. Ni son familia, ni siquiera conocen a la víctima y menos al verdugo (Nadie se quejará por no escribir "verduga"; lo que ayuda a entender el carácter reaccionario del lenguaje políticamente correcto).

Ante crímenes de esta naturaleza, en los que se mezclan niños asesinados, zorras desalmadas, cuando no pederastas, familiares con vínculos de sangre, es cuando aparecen los cuervos. Los medios de comunicación menos comunicativos, pero más seguidos, revolotean y chapotean en la sangre. Si no la hay da igual, ellos la ponen gratis. Se emiten las imágenes con una insistencia en la que se mezcla la incompetencia profesional y la falta de recursos para dar información sin ensañarse. Se repiten hasta la saciedad y han de buscar expertos con jeta mediática, que enuncien boberías como sentencias lapidarias.

El resultado es un compendio de basuras varias, con escasas excepciones. Casquería informativa que diríamos en estos tiempos en los que ya casi nadie sabe que existían unas carnicerías muy solicitadas que se llamaban así y donde se dispensaban las partes menos nobles de los animales. Y no deja de ser una comparación macabra el que “lo menos noble” fuera el corazón, el hígado, los riñones, el cerebro, los cojones, a los que se suavizaba denominándolos “criadillas”. En resumen, un conjunto que se conocían como “las vísceras”. Una costumbre vieja de siglos en España. Las casquerías vendían para consumo humano y no del gato lo fundamental del cuerpo y aparecen con sus variantes en todas las lenguas peninsulares. Era comida festiva, incluida, ¡quién lo iba a decir!, la lengua. Como ilustración para fanáticos, la mejor lengua, la de ternera, se estofaba. Ahora está mal visto. Hoy día sólo se estofan los pobres.

Las vísceras de los seres humanos se ponen de manifiesto, casi se exhiben, ante cada crimen donde se da el ensañamiento, y en ocasiones ni hace falta

Las vísceras de los seres humanos se ponen de manifiesto, casi se exhiben, ante cada crimen donde se da el ensañamiento, y en ocasiones ni hace falta. De todos esos gremios de humanos carroñeros, e inmediatamente después del criminal, figuran los linchadores. Esa gente que se acerca al lugar donde está detenida la asesina para gritarle y amenazarla de muerte. En algunos casos, como en el del niño Gabriel, tienen la voluntad de gritar a quien quiera contemplar sus vísceras, reiteradamente exhibidas en los medios audiovisuales, porque su intención no es otra que aplicar la ley con sus propias manos, cosa que por cierto no está en las leyes.

Contemplar a esa turba con instintos asesinos cómo han de ser repelidos o al menos retenidos por la Guardia Civil es un espectáculo de casquería no comestible. ¿Qué les lleva a gritar asesina a la asesina si ella no va a oírles? Ni siquiera externalizan su odio sobre alguien; sus gritos apelando al linchamiento y la venganza son más un retrato de ellos mismos que una muestra de indignación.

En Estados Unidos es frecuente ver un grupo de personas tomando su café y su whisky de madrugada esperando que se cumpla una sentencia de muerte. Cuando les avisan que el penado ha sido ejecutado estallan en aplausos, recogen sus sillas plegables y vuelven a casa. Es una de esas escenas que uno no puede contemplar impávido, ni siquiera en el televisor. Son una muestra de la frialdad de la venganza convertida en ley. Incluso hay quien disputa los lugares de excepción en la sala donde se va a ajusticiar al reo. No basta con su calvario en el corredor de la muerte sino que hay que gozar del momento en que se le aplica la tortura definitiva. Si ha matado, que lo pague. Tiene algo de sacrificio ritual, porque jamás evita otro crimen ni otorga más seguridad a la ciudadanía.

Todo sigue igual pero se ha cumplido con el rito que para algunos es como la encarnación de la ley divina. Soy de los que entienden que no puede haber perdón ni olvido. Hay quien en ese basurero que son los mensajes en las redes ha reprochado a la desolada madre del niño asesinado que no expresara su odio cuando le daban las alcachofas de los medios para que se ensañara y mostrara sus vísceras. Terrible sociedad donde las víctimas han de enseñar decencia a los linchadores. Basta con la decencia, porque el dolor es íntimo y suyo.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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