La libertad de expresión es redonda

Gregorio Morán
31.03.2018
6 min

Desde el poder y sus aledaños, la libertad de expresión siempre es picuda. Sirve para atacar al contrario y sucede que se ve mucha paja en ojo ajeno y no las vigas en el propio. Hasta en el tan instrumentalizado franquismo que algunos conocimos de primera mano había una insistencia tortuosa por aparentar ciertas libertades que la realidad negaba de manera pertinaz. Ha muerto hace unos meses Robles Piquer, el principal hacedor de mentiras durante la dictadura y sobre el que han llovido un buen puñado de elogios a la hora fatal de las necrológicas. Hay plumillas de tronío especialmente dedicados a blanquear verdugos con una impavidez que te deja pasmado. Ejercen de príncipes de la manipulación.

Para ellos la distorsión de la historia forma parte de su currículo y así han llegado a donde están. Los hay aquí y allá, y gracias a su nada meritoria labor han convertido la libertad de expresión en picuda. En su casa no es redonda, no rebota en parte alguna, ni les afecta su propio cinismo, para eso se cubren del traje de amianto de ocultar lo evidente y seguir dando lecciones. Se jactan de no ofender a nadie, pero sus olvidos son auténticos insultos.

Una sociedad no puede consentir impunemente que un individuo haga ripios clamando por la vuelta del terror. Sería una frivolidad, pero de ahí a condenarle a penas de prisión hay un trecho. El derecho a pedir que te vuelen la cabeza no está en los códigos por más que se use en los correos electrónicos y se dé carpetazo al asunto. Los anónimos son tanto más letales cuanto más miserables sean quienes los envían. Apelar a que resucite ETA o los GRAPO no sólo es un acto de cobardía política sino un gesto de descerebrado en busca de la cotizada fama de marginal sin causa.

Nada de eso tiene que ver con la libertad de expresión sino con la época que nos ha tocado vivir. Un artista real o supuesto está en su derecho de llamar la atención, sea con retratos o con monigotes. Pertenece al mercado del arte y ya sabemos que la mercantilización es un principio que rige en todas las manifestaciones artísticas. Cosa muy diferente es la censura. Que el libro Fariña del periodista Nacho Carretero haya sido frenado en su venta libre por el prurito de un colaborador del narcotráfico sí que nos sitúa en el desamparo frente a la delincuencia. La gente olvida, porque nadie se lo recuerda, que la primera ley que puso cortapisas muy graves a la denuncia de los delincuentes se hizo en tiempo del breve gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo y tenía como finalidad no irritar a los militares y civiles golpistas del 23 de febrero del 81.

Con encender la televisión y contemplar los telediarios se podría hacer una radiografía de la penosa situación de la libertad de expresión

Ahí empezó todo. Había que atenuar la ira de los delincuentes --unos golpistas-- y con el devenir de los tiempos y los abogados tan bien pagados como conocedores de la trama, pasó a la delincuencia económica o a la extorsión pura y simplemente. El honor del ilegal se convirtió en principio que limitaba la denuncia escrita. Los diarios convirtieron a los golfos en propietarios de unas siglas. No delinquía una persona sino unas mayúsculas con puntos. Un fenómeno semejante no sucede, que yo sepa, en ninguna parte del mundo donde se llenen la boca sobre la libertad de expresión. El asunto alcanzó en Cataluña su lado de complicidad aberrante, y hasta una consejera dedicada a la justicia se inventó lo de la pena de telediario, o lo que es lo mismo: ni nombres ni rostros. Eran imputados y no condenados y por tanto no podíamos desde los medios de comunicación referirnos a ellos salvo cuando hubiera sentencia firme. O lo que es lo mismo, entre la detención y la información precisa podían trascurrir un mínimo de tres años. El olvido en forma de honor del delincuente.

Había excepciones, porque la libertad de expresión era picuda, y eso permitía que tratándose de adversarios políticos se consintiera el exceso de citarlos con nombre y apellidos. Pero no todos, sólo los enemigos. Con encender la televisión y contemplar los telediarios se podría hacer una radiografía de la penosa situación de la libertad de expresión. No conozco excepciones.

En una vieja polémica hoy olvidada, Rosa Luxemburgo recordaba con indignación a Lenin que cuando hablamos de libertad de expresión siempre nos referimos a la opinión de quienes no piensan como nosotros y que tal principio, denunciado por esa misma Rosa a quien Lenin consideraba un águila, había sido despreciado en aquellos terribles años de la que se denominó la gran revolución de octubre. Ella moriría poco después asesinada por la derecha alemana y la colaboración socialdemócrata. Así se escribe la historia.

Artículos anteriores
¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información