Hay que verlo para creerlo

Gregorio Morán
19.05.2018
6 min

Después de muchos años gobernados en Cataluña por la derecha nacionalista, en ocasiones con la aportación de la izquierda sumisa, henos ahora metidos de hoz y coz con un presidente de la Generalitat de extrema derecha, racista y xenófobo.

La componente religiosa aparece como signo de exclusividad del supremacismo. No es banal que la mesa de conversaciones entre el presidente huido de la justicia, y de sus responsabilidades, con este fantasma salido de las cloacas de la subvención pública, Quim Torra, intelectual doméstico y cuyo único empleo social fue, como en una broma macabra, vendedor de seguros de una compañía suiza, esa mesita, digo, esté presidida por la imagen de la Virgen, La Moreneta, el símbolo de Montserrat y del catalanismo más apegado a las tradiciones conservadoras.

Hemos entrado, pues, en el terreno del nacional catolicismo catalanista, y si alguien se ofende por sus bellaquerías racistas y xenófobas, “lo sienten”. Es decir, los ciudadanos de segunda no podemos pedirle más a nuestro pastor de almas y pueblos. Habría que empezar con la consideración de que su lenguaje es anterior a la introducción de la ciudadanía. Su mundo perdido de la libertad --imagino que espiritual y sólo para cruzados de la fe-- terminó con el Antiguo Régimen de 1714. A Quim Torra debe la ciudadanía de Barcelona la paralización del Mercado del Born, esencia de un pasado de señores y vasallos, donde instaló una inmensa sábana como enseña del más rancio catalanismo (gracias a tan magna iniciativa patriótica, el incompetente y también cristiano viejo Federico Trillo, ministro del Ejército a la sazón, emuló la gesta instalando otra bandera-sábana junto a la madrileña plaza de Colón). ¿Por qué los payasos políticos no acabarán de admitir que su lugar, digno y exento de consecuencias, es el circo mediático?

Racismo, xenofobia y La Moreneta. Con eso se construyó el carlismo dominante en tantas zonas de España, la provincia de Girona sin ir más lejos, semillero actual del nacional-catolicismo catalán que amenaza nuestra ciudadanía. Lo único que cambiaba eran las vírgenes. A cada uno la suya. No es extraño que para estos ultramontanos el reverendo Jaime Balmes, que trató infructuosamente de introducir cierta civilización en aquel mundo de violentos de alma y cuerpo, sea considerado el ejemplo periodístico más reseñable de la prosa española del siglo XIX. Un desprecio, por ignorancia provinciana y eclesial, hacia Mariano José de Larra, liberal y creador de la prosa que volvería a introducir el castellano en la gran literatura de la que llevaba ausente casi un par de siglos.

Cataluña tiene un presidente de la Generalitat que no puede, o debe, usar varias dependencias del Palau de la plaza Sant Jaume porque pertenecen al Ausente. Pero la colección de genialidades chuscas no queda sólo ahí. La izquierda radical de la CUP apoya esta su última oportunidad de influir en el Parlamento, y avala con su gesto aupar a un reaccionario meapilas y xenófobo. En su candor de criaturitas a la búsqueda de su día de gloria antes de integrarse en los negocios paternos, creen que un régimen puede cambiarse con una declaración, un corte de autopistas y una intimidación a los adversarios. La república es una cosa seria que no admite líderes de chichinabo pagados con dinero público. No se derrota a un Estado con un piquete adolescente, igual que no se crea una Generalitat fuerte con empleados y funámbulos.

La broma de un diario digital que publicó un artículo utilizando las mismas expresiones que Quim Torra, el presidente-marioneta, usó respecto a los no catalanes, pero refiriéndolo a ellos mismos, provocó una cascada de indignación en el macizo de la raza catalana --¡ya ven, ahora hay que habituarse al lenguaje de posguerra!--. Hasta que se dieron cuenta del sarcasmo y retiraron sus letanías victimistas de las redes sociales. Este es un país que tiene un gran sentido del humor, siempre y cuando se refiera a los otros.

El triunfo, no electoral sino de compadreo y miedo ante la oportunidad de gobernar y distribuir el presupuesto, no es lo más grave. Ni siquiera que el poder efímero de un neofascista desvergonzado, con señora profesora en el colegio más racista de Cataluña, el Thau, creado por el difunto Joan Triadú, un fanático de los dos legados incuestionables de la catalanidad, lengua e Iglesia. Tampoco eso.

Lo inquietante es que el ambiente de violencia​ está subiendo de grados. E igual que sucede cuando alguien se dedica a provocar, sin otro ánimo que exacerbar al adversario, ocurre siempre que en ese momento aparecen puñados de voluntarios para comprobar si la gasolina desparramada son Aromas de Montserrat o líquido incendiario. Se masca la violencia. Hay quien sueña con ella.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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