Estreno al final del buenismo

07.10.2017
Gregorio Morán
6 min

Cuando te echan de una empresa tras haber trabajado durante treinta años en ella te nace por dentro una sensación de orfandad. Pasas a la situación de huérfano en la búsqueda de un padre que te recoja en su casa y que te haga sentir menos solo. Ya habrá ocasión de tratar sobre eso, porque las heridas de la escritura necesitan tiempo; no basta con tratamientos paliativos. Conviene dejarlas secar hasta que las postillas se van cayendo y uno recupera el equilibrio sin necesidad de rascarse la herida. De momento quede el asunto aquí a falta de mayores explicaciones. Tengo el dudoso honor de ser la primera víctima colateral de la radicalización en que se ha sumido la sociedad catalana, en los medios de comunicación y fuera de ellos.

Viví durante años el largo proceso de construcción del “buenismo”, o lo que es lo mismo, los veintitrés años del monopolio de Jordi Pujol​ y su Sagrada Familia, algo único en la historia de España desde la muerte de Franco. Un conjunto familiar mucho más amplio que lo consanguíneo y donde pululaban todo tipo de individuos a los que daba de comer, y muy bien por cierto, tanto que la gastronomía catalana vivió su momento de gloria perifrástica. ¡Somos los mejores, no sólo de España y su meseta, sino en todo el  planeta rico y establecido!

Entonces a aquello no lo llamaban “buenismo” sino “el oasis”. En verdad que había mucho camello y mucha agua donde abrevar. De eso se ocupaba la Generalitat y sus infinitos pozos ocultos. Todo el que pasara el examen de buen catalán, respetuoso y benevolente con el pujolismo dominante tenía garantizado un pan debajo del brazo, en general acompañado de jamón y con tomates para untar y aceite de oliva virgen, tan virgen que era lo único virginal en aquel mundo de estafadores del erario público, monopolizadores de la verdad según le petase a la autoridad indiscutible de nuestro principal coreano del norte, el indiscutido e indiscutible Jordi Pujol, español del año tras la compra del galardón y catalán de todos los días, sin el cual no se movía una hoja que no cobraran los comisionistas de la Sagrada Familia.

Sagrada Familia era el lema con el que se denominaban y eran conocidos por la siempre discreta banca andorrana. Pero el oasis empezó a cuartearse conforme se descubrían las cuentas, los comisionistas del 3%, el saqueo del emblemático Palau, otrora símbolo de las bondades de una sociedad respetuosa con la trampa siempre que se repartiera bien y a gusto con sus beneficiarios. El Palau fue el ascensor de clases sociales aspirantes a compartir con las grandes familias, que habían robado antes, los beneficios del “buenismo”.

Cuando hay botín, los repartos se hacen entre caballeros. Cuando se acaban los fondos por exceso de celo en la estafa, los buenos se vuelven hienas comedoras de lo que queda, los despojos

Quien aceptara las reglas del juego podía participar en los banquetes, y todos contentos en su bondad natural. Cuando hay botín, los repartos se hacen entre caballeros. Cuando se acaban los fondos por exceso de celo en la estafa, los buenos se vuelven hienas comedoras de lo que queda, los despojos. La destrucción, consensuada por los protagonistas de la izquierda en Cataluña, se inició como por ensalmo el día que los presuntos radicales que cantaban la Internacional al final de sus mítines aceptaron bautizarse como Iniciativa per Catalunya, un título que no hubiera disgustado ni a Cambó ni a su criado, hermanados en la causa.

Era el buenismo. El mismo que transformaba una manifestación contra los atentados sangrientos de los islamistas radicales en una campaña contra la islamofobia​, con absoluto desdén hacia los turistas asesinados. Si se trataba de cultivar la cantera del buenismo había que dar pruebas de dónde estaba el peligro principal, que no era otro que los empleados que hacían las butifarras, por más que odiaran la manipulación de esa carne detestada por ellos y que constituye la base nutricia de la sociedad catalana: el cerdo.

Pero no serían los trabajadores magrebíes quienes iban a dinamitar el buenismo que les daba de comer y otras regalías consentidas para que no se mezclaran con los latinos, los grandes perdedores secretos. La explosión la comenzaron los herederos del pujolismo, ansiosos por quitarse de encima la justicia española, aún no suficientemente abducida por la hegemonía catalanista. Era el único flanco que habían dejado fuera de control una vez que construyeron los dos pilares sobre los que se asentó el nacionalismo buenista y corrupto: la enseñanza depurada por la inmersión lingüística obligatoria y los medios de comunicación subvencionados con largueza. O eras buenista, o no eras nada. Un no integrado, un marginal. Pero todo se vino abajo cuando los buenistas enseñaron su voraz dentadura.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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m.a. 07/10/2017 - 00:20h
¡Bravo! ¡Demasiado tiempo sin acceder a sus intempestivas con las que no siempre estaba de acuerdo, pero que siempre me resultaban imprescindibles, sobre todo por el descarnado realismo de muchas de sus sabatinas. Y¡Ánimo! que más que nunca se le necesita por estos lares.
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