Esto va para largo

07.04.2018
Gregorio Morán
7 min

Que estamos confrontados con una realidad que se resiste a dejarse nombrar es una evidencia que comienza en la vida cotidiana, sigue en los medios de comunicación de masas y termina en la política. Hay quien lo llama corrección política, cuando lo único a lo que se reduce es a miedo; tener miedo o no tenerlo. Casi todos los medios han dispuesto de un vídeo emitido en horario de privilegio en el que un descerebrado norteamericano, convencido de que la tierra es plana y no redonda, quiso demostrarlo montándose en un cohete de fabricación propia. Casi se mata él por el golpe y nosotros de la risa, pero seguro que sacó unos cuantos millones de dólares aunque quedara por demostrar su tesis de que si la tierra fuera redonda el agua no podría detenerse como si se tratara de una fuente. Lo políticamente correcto ha obligado a emitir esta patochada. Ganó la imagen, aunque perdiera el sentido.

Nosotros estamos afrontando una discusión similar por su modernez y simplicidad a la de si la tierra es redonda o plana, debate que creíamos caducado desde hace muchos siglos. Que te forren a hostias, que te pinten de amarillo, que corten los árboles de tu jardín, que no te dejen expresarte aquellos que consideran que la calle es suya, como ya hiciera Manuel Fraga en 1975, ¿son pacíficos o no? Para ayudarnos en la reflexión se ha despertado de su largo sueño Rafael Ribó, el hombre que fue capaz de convertir a un partido con larga tradición de izquierda antifascista en Iniciativa per Catalunya, una idea tan brillante como apropiada para el catalanismo más reaccionario, el que representó su padre a las órdenes de Francesc Cambó y que con mayor soberbia ostenta la extrema derecha germana, por buen nombre, Iniciativa por Alemania.

Cortar las vías públicas, paralizar a la policía, conspirar para cambiar un régimen o un sistema son fórmulas diversas de ejercer la violencia

Según Ribó, actual Síndic de Greuges, o defensor del pueblo en otras tierras, la rebelión de Puigdemont y sus iguales no supuso ni una bofetada por parte de los conjurados. Añado yo que no se tiene constancia de que el general Franco diera un solo tortazo en aquellos días de julio de 1936; de esas cosas se ocupaban otros. Incluso Tejero, en el inolvidable 23 de febrero de 1981, se limitó a disparar cinco tiros al techo del Congreso de Diputados y a conminar de palabra a los reunidos. Y puestos así, el propio Milans del Bosch sacó a pasear sus blindados por Valencia. Por cierto que esas fueron algunas de las argucias de las defensas en el juicio militar al que fueron sometidos.

Los golpes, las rebeliones, pueden perfectamente funcionar sin hacer necesaria ni una bofetada. Se basan en la sorpresa, en la presión de masas, y en la inacción del adversario. Si actúa, es él quien se opone al "pacífico" levantamiento. El argumento es más viejo que el manualillo de Curzio Malaparte sobre los golpes de Estado. Cortar las vías públicas, paralizar a la policía, conspirar para cambiar un régimen o un sistema son fórmulas diversas de ejercer la violencia, y eso no hay catedrático de derecho que no cobre sus emolumentos que se atreviera a negarlo si de ello dependiera el cobro del próximo mes.

No puede quedar impune ni la rebelión contra la mayoría, ni la irresponsabilidad política que se cobra en las instituciones

Aquí estamos viviendo, y de longa data, un conflicto en el que se mezclan las conspiraciones y las incompetencias. De no ser así no se entendería la situación a la que hemos llegado. Una comunidad autónoma que votó en 1978 con el más alto porcentaje de toda España en defensa de la Constitución, convertida ahora en una sociedad dividida por la xenofobia, con media población amenazada por la otra media, con ofensas cotidianas que convierten la convivencia en algo imposible. Vivimos en una sociedad con altas posibilidades de explosión masiva, con gestos que recuerdan al viejo carlismo o al nuevo fascismo, y odios que nos remiten a pasadas guerras cainitas.

No hay quien dé más. Hay una parte de la ciudadanía que quiere el enfrentamiento, que lo busca, que incita a él, que incluso hace esfuerzos violentos por que las heridas no se cierren. Hay demasiados mercenarios de la pluma, de la lengua, de las tradiciones adulteradas, de la historia manipulada, como para empezar a pensar que esto va para largo, para muy largo, y que aquellos que soñaban con un muerto que les diera una supuesta legitimidad pacifista que hicieron dinamitar el mismo día, la misma semana que empezó la rebelión, ahora se preparan para intentarlo de nuevo. No puede quedar impune ni la rebelión contra la mayoría, ni la irresponsabilidad política que se cobra en las instituciones. Esto empezó mal, siguió muy mal y no veo en el horizonte que pueda terminar ni medianamente bien. Durará varias generaciones. Como si fuera una guerra carlista posmoderna.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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