El clan de los mentirosos

Gregorio Morán
25.11.2017
6 min

Yo fui de los pocos que se casaron por lo civil durante la ya lejana dictadura franquista. Para lograrlo entonces era menester visitar al párroco de la iglesia más cercana, y apostatar. No se trataba de algo baladí, porque salvo un puñado de sacerdotes no montaraces ni nacional católicos, la inmensa mayoría consideraba la apostasía un acto de rebeldía que llevaría como consecuencias las más horrendas penas infernales, cosa que tuvo a bien explicarme aquel clérigo airado que en un principio se negó y sólo tras muchos dimes y diretes aceptó concederme el inexistente estatuto de no creyente, lo que allá por el año 1969 ó 70 resultaba una anomalía.

La actitud del cura estaba fundamentada, es un decir, en que no existían los ateos sino que había una minoría de religión atea. Resultaron baldíos los esfuerzos por hacerle comprender que, desde mi respeto por todas las religiones, yo no tenía ninguna. Fue imposible que me entendiera. Para él todo el mundo tenía una religión, incluso los no creyentes. Aceptó, al fin y de muy mala gana, extenderme el acta de abjuración sólo cuando le amenacé con ir acompañado de un abogado que sirviera de testigo ante su negativa.

Yo debía tener poco más de veinte años y ahora he vuelto a revivir aquella desazón de entonces. No pertenezco ni a la parroquia de catalanistas ni a la de españolistas y tampoco puedo abjurar de nada porque jamás he pertenecido a religiones parecidas. Pero debo añadir algo más que me ha sobrevenido con la edad, y es que, igual que entonces me parecían las religiones merecedoras de un respeto, ahora siento hacia estas nuevas, sobrevenidas socialmente, un desprecio teñido de aversión.

Me cuesta trabajo hacerme a la idea de que haya gente capaz de creerse las mentiras de unos profetas cobardes y ruines, auténticos capitanes arañas que después de haber despojado a una sociedad que se jactaba, quizá con exceso, de su capacidad para vivir y dejar vivir, y la han dejado abierta en canal, metáfora muy plástica que me gusta repetir, porque cuando a los animales, incluidos los humanos, se nos exhibe de ese modo quedan al descubierto sus entrañas, esas partes donde los antiguos buscaban y al parecer encontraban nuestras miserias más hondas.

Con tal de no pasar ni una noche en la cárcel y de garantizar sus patrimonios, han sido capaces los supuestos gobernantes de esa Generalitat de delincuentes a renegar de su fe y de sus fervores. Nunca una sociedad, que salvo egregias minorías no se distinguió por sus cuotas de heroísmo, ha caído tan bajo

Que un supuesto presidente de la Generalitat elegido por cooptación y sin el voto ciudadano, justamente destituido por saltarse la ley no para hacer una revolución, que sería motivo de fuste, sino para garantizar la permanencia de una casta dirigente tan corrupta como catalanista, tenga el tupé de preguntarse retóricamente si Rajoy y el Estado respetarán las elecciones del próximo 21 de diciembre, estamos ante una desvergüenza. Bastaría decir que él no tuvo los redaños suficientes para convocar las elecciones, cosa que hubo de hacer el adversario. Esto descalifica a una persona por su indecencia, pero a un político lo eleva un grado en el desprecio que se merece: por cobarde, improvisador y cínico.

¿Alguien sería capaz de aceptar a un tipo así dirigiendo no ya un Estado en ciernes sino una asociación de vecinos? ¿Hay creyentes de la religión Puigdemont? Sí, los hay y suficientes como para cuestionar al género humano, al derecho igualitario de las urnas y sobre todo a esa falacia para flojos de espíritu que se da en llamar catalanismo.

Con tal de no pasar ni una noche en la cárcel y de garantizar sus patrimonios, han sido capaces los supuestos gobernantes de esa Generalitat de delincuentes a renegar de su fe y de sus fervores. Nunca una sociedad, que salvo egregias minorías no se distinguió por sus cuotas de heroísmo, ha caído tan bajo. Nunca se han hipotecado las creencias por un personal despreciable, que falto de recursos improvisa motivos con los que tapar su frivolidad, apelando a hipotéticos muertos que evitaron con su cobardía y su deshonra. No hay más daños ni heridos ni víctimas que aquellas que ellos provocaron.

¿De dónde salieron estos profetas de la inanidad y la deshonra? Esta será una respuesta que no figura en el haber del Estado, ni siquiera en el de Rajoy. Hubo un tiempo en que los califiqué de payasos y hasta algunos se dieron por aludidos, cuando en pura lógica hubieran debido reaccionar los Payasos Sin Fronteras, indignados porque se les asimilara con personal tan despreciable.

Nunca gente tan simple provocó desperfectos tan complejos.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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