Agotados por la incompetencia

24.02.2018
Gregorio Morán
6 min

La realidad electoral demuestra que la corrupción afecta muy poco a los animosos votantes. Quizá se deba a que es lo único repartido entre los partidos dominantes, al menos hasta ahora, lo que consiente una cierta esperanza en los partidos más nuevos que consigan evitar estas prácticas que nos regaló la transición como un alimento tan común como letal. El reproche del Partido Popular a Ciudadanos porque no les cuadran las cuentas respecto a 14.000 euros, o que Podemos recibe dineros de países en quiebra como Venezuela, es algo equivalente al ladrón que escapa al ser descubierto mientras grita "¡al ladrón, al ladrón!".

La idea comprobada con reiteración de que hay que proponérselo para ser más incompetente que el PP en todas las añagazas que le depara la realidad, parece un lema del partido. Cada vez que escucho al ministro Zoido, al teatral Méndez de Vigo --estilo Muñoz Seca y La venganza de Don Mendo--, o al temible Montoro en su papel de Nosferatu, o a la relamida Cospedal que ha de hacer esfuerzos hasta para expresarse en un lenguaje llano, no digamos la desvergüenza reiterada de esa sombrilla que responde por Fátima Báñez, en estos casos, que no son todos, siempre me pregunto de qué baúl sacará el presidente Rajoy a sus ministros. Es posible que se tome a sí mismo como la medida de todas las cosas y entonces suceda lo previsible, que parezca un hombre de Estado ante la indigencia mental de sus colaboradores. No es que se les pida gollerías sino sencillamente sentido común y evitar el ridículo.

Tanto el PP como Mariano Rajoy están agotados; ya no dan más de sí. No sólo han entrado en la decadencia sino que uno tiene la impresión de que la mayoría de sus cargos viven en excelsa beatitud consigo mismos. Quizá se trate de fidelidad, la más alta cualidad para los inseguros, porque en política, como en casi todo, lo importante es la inteligencia, cuestión harto descuidada por la arrolladora mediocridad de un tipo que llegó a presidente por casualidad y que no bajará de su escalafón así nos cueste a los ciudadanos un cabreo continuado.

Nuestros talentos mediáticos locales consideran a Rajoy como el mayor fabricante de independentistas. Lo contrario de lo que sucede. Sin el festejo chabacano de la independencia, Rajoy lo tendría muy difícil para mantener un gobierno agotado

Recuerdo que el pleno de nuestros talentos mediáticos locales, ahora en trance de recomponerse sin perder un ápice de su sentido del oportunismo, consideraban a Mariano Rajoy como el mayor fabricante de independentistas en Cataluña. Exactamente lo contrario de lo que sucede. Sin el festejo chabacano de la independencia más breve de la historia del mundo --siete segundos que algunos convirtieron en siete minutos-- Mariano Rajoy lo tendría muy difícil para mantener un gobierno agotado y un partido corrupto hasta las cachas.

El argumento más usado por el arco político, incluida la izquierda institucional del PSOE, dentro y fuera del Parlamento aunque con sordina, se reduce a señalar que en un momento como éste, con el reto independentista, nadie en su sano juicio sería capaz de cambiar de caballo. O siguiendo la consigna de San Ignacio de Loyola, "en época de aflicción, no hacer mudanza". Es decir, que una parte muy importante de la ciudadanía ha de sufrir el doble castigo de Rajoy y del independentismo porque ambos, sin llevarse bien, se necesitan.

Siempre el conservadurismo político ha mantenido la ausencia de alternativa como una forma de apoyar a quienes nos castigan. Entre los innumerables refranes que detesto hay uno que cada vez que lo escucho logra irritarme: "Es preferible malo conocido a bueno por conocer". De haberlo seguido en su sentido estricto, aún la gente estaría bajando de los árboles a donde algunos pretenden adjudicarnos nuestra residencia definitiva.

Pero es que el asunto se agrava porque en el caso de Mariano Rajoy hay elementos que dificultan romper con la doble condena. Unos porque mientras haya el conflicto en Cataluña tendrán una oportunidad de ser algo; otros porque provocan inquietud en un electorado que de tan conservador parece la Bolsa de Valores, y eso cuando la mayoría está inequívocamente arruinada y sin esperanzas de que Rajoy haga el más mínimo gesto, porque él es parte interesada en que el negocio siga. En su caso va muy bien y sin mucha necesidad de inversión; el que lo trabaje, que se quede con la parte que le corresponde. Una asociación de malhechores convertida en partido. Habrá gente honrada, pero apenas se nota.

Mariano Rajoy y su partido están sobre la mesa de las autopsias pero, como los demás hacen como si estuviera vivo, le ocurre en cierta medida lo que a Puigdemont: hacer de la realidad una ficción macabra.

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¿Quién es... Gregorio Morán?
Gregorio Morán

Gregorio Morán Suárez (Oviedo, 1947) publicó durante casi treinta años --y hasta julio pasado-- sus populares 'Sabatinas Intempestivas' en 'La Vanguardia'. Es autor de diferentes libros sobre la dictadura y la transición a la democracia en España. Entre ellos, 'Adolfo Suárez: historia de una ambición' (1979), que constituyó una de las primeras biografías sobre el que fuera presidente del Gobierno español y uno de los artífices del tránsito a la democracia y la Constitución de 1978. Treinta años después regresó con una actualización del mismo personaje en 'Adolfo Suárez: ambición y destino' (2009). Formó parte activa de los movimientos contrarios al franquismo y militó en el Partido Comunista de España (PCE), donde después de años en el exilio parisino abandonó la pertenencia a finales de 1976, poco antes de su legalización definitiva. En su recorrido por los medios de comunicación, también ha sido articulista de 'Mundo Obrero', 'Cambio 16' y 'Diario 16', entre otros.

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