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Mucho ruso en Rusia

Guillem Bota
25.11.2019
5 min

No sé si anda más desesperado Putin o Puigdemont. Porque agarrarse al clavo ardiendo de Rusia para que alguien reconozca la independencia de Cataluña, es muy típico del orate que dirige desde Waterloo la Generalitat. Pero muy mal de apoyos demostrarían estar los rusos para intentar que una simple comunidad autónoma española les reconozca la anexión de Crimea. A este paso, Putin se va a conformar con que un barrio de Majadahonda le diga que vale, que de acuerdo, que Crimea es suya si se aviene a pagar una nueva iluminación en las calles. O sea, que veo muy posible que el enviado de Puigdemont mendigue a Rusia unas palabras de apoyo, qué va a hacer el hombre si no hay quien le diga ahí te pudras. Pero me extrañaría mucho que Rusia se aviniera a ello a cambio de un reconocimiento totalmente insignificante.

Claro, uno veía el viernes por TV3 al pomposamente llamado en su cuenta de twitter Catalan Foreign Minister, Alfred Bosch, que no pasa de ser un conseller de un gobierno autónomo, igual que debe tener los suyos Revilla allá en Cantabria, de viaje a los Estados Unidos y se entiende que Cataluña mendigue ya no apoyos, sino por lo menos un perro que le ladre. El pobre Catalan Foreign Minister, estaba en Washington realizando declaraciones en medio de un parque, porque no hay congresista que le reciba, a tres medios de comunicación, los tres catalanes y públicos. No se interesó por el Catalan Foreign Minister ni siquiera el periódico de alguna high school cercana.

Allá, en medio del césped y con pose solemne, con pinta de ser uno de esos lunáticos que de vez en cuando berrean junto al Capitolio, Bosch aseguró a los tres periodistas que sin duda habían viajado con él a América a cuenta del erario público, que había notado en aquel país "una gran sensibilidad hacia el problema catalán".

Imagino que con eso quiso decir que se daba por satisfecho con que no le hubieran corrido a pedradas nada más poner el pie en la Isla de Ellis, o donde quiera que lleguen ahora los inmigrantes, que eso es lo que parecía el Catalan Foreign Minister. Más aún: eso es lo que era.

Si a eso se añaden los antecedentes de Puigdemont en Waterloo, donde ha conseguido reunirse sólo con algún cargo de tercer nivel de algún partido peligrosamente escorado hacia la extrema derecha, a nadie debería sorprender que ahora Cataluña le haga ojitos a Putin. No es que Putin sea un ejemplo de demócrata, pero comparado con Matteo Salvini, que es de los pocos líderes europeos que antaño mostró alguna simpatía con el procés, el Zar 2.0 podría pasar por socialdemócrata sueco. Además, las relaciones de Cataluña con Rusia han sido siempre fluidas, no hay más que recordar que el asesino de León Trotski era catalán, y lo bien que el gran Eugenio contaba el chiste de la ensaladilla rusa y los polvorones de la estepa. "Musho ruso en Rusia", escucharía de jovencito Puigdemont en un casete de Eugenio, y desde entonces supo que ahí estaba el futuro de la republiquita catalana.

Otra cosa es que a Putin le importe un pimiento si Cataluña reconoce una Crimea rusa o una Crimea colombiana, para empezar sería necesario que supiera qué carajo es Cataluña. Deberían recordar los dirigentes catalanes que buscan en Rusia un aliado, que ya lo intentaron los comunistas en los años 20, los cuales llegaron a entrevistarse con el propio Lenin en Moscú, solicitándole fondos y ayuda para hacer la revolución. Lenin los escuchó pacientemente, y al final les preguntó si contaban con el apoyo del ejército.

--¿El ejército? No, nosotros contamos solo con el pueblo-- le respondieron.

Con lo que el dirigente comunista sonrió, se levantó y se marchó. Naturalmente, no soltó ni un rublo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.