El ruego de los Luelmo y mi propósito de Año Nuevo

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Según una nota de la agencia EFE, los padres de Laura Luelmo, la maestra asesinada por un criminal reincidente llamado Montoya en un pueblo de Huelva, han pedido a los medios de comunicación que cese el espectáculo. “Apelamos a su sentimiento y a su compasión. ¡Déjenlo ya!”, dicen en un comunicado público.

Complaciente, la agencia EFE recoge esa petición... y la difunde, y cientos de medios de comunicación la replican, y de paso recapitulan las circunstancias del atroz caso, con todo lujo de detalles: la familia está destrozada, el psicólogo recomienda que patatín y patatán, lo que piensan los vecinos, un reportaje sobre los perros policía “que cazan asesinos”, etcétera.

De manera que al difundir el deseo de los Luelmo, lo frustran. Una de las tres formas de ser un ignorante es “saber lo que no hay que saber” (creo que lo decía Pascal). Una vez puesta en marcha, la maquinaria de la información es imparable. Y el hecho de que yo esté escribiendo estas líneas y usted las esté leyendo lo confirma. Vamos a ver si de esta desgracia podemos aprender algo, sacar algo positivo, una idea iluminadora, o no.

Los padres de la víctima quieren y reclaman algo que es virtualmente imposible en la sociedad digital en la que vivimos: que se les deje en paz. En la sociedad de la información total eso está al alcance de muy pocos privilegiados. Entre los cuales no están los Luelmo. A ellos les gustaría seguir en privado el duelo y despedirse mentalmente de la desdichada Laura sin que suene el timbre de la puerta y a la vez el timbre del teléfono y sean paparazzi a la caza de algún dato escondido, de algún secreto, de algún detallito; detallitos que aunque objetivamente carezcan de valor sí que pueden aportar un poquito más de morbo y dar satisfacción a la curiosidad del respetable, que es insaciable. ¿No tendrán una foto de cuando Laura era pequeña? ¿Alguna carta que les escribió? ¿Podemos ver su dormitorio de cuando vivía con ustedes? ¿Cómo era ella? Muy buena chica, ¿verdad?

No sólo las familias que han tenido la mala suerte de perder a uno de sus miembros en tan horrendas circunstancias y de asistir al espectáculo de su propia desdicha en todos los medios de comunicación, repetidamente, una y otra vez, hasta el hastío, son víctimas de esta Sociedad de la Información Total. En mayor o menor medida todos somos víctimas de una dinámica digital que por su propia potencia y ubicuidad se convierte en obsesiva, neurótica y reductiva.

Una célebre máxima de La Rochefoucauld dice que hay “tres clases de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse.”

En el mundo analógico, en el mundo de ayer, el periodismo solía cumplir la función de organizar jerárquicamente el mundo una o dos veces al día, daba forma a lo importante y lo secundario cuando se leía el periódico, se escuchaba la radio o se veía, a las nueve de la noche, el telediario. En el mundo digital esa ordenación de lo importante se refresca y repite a cada instante en mil soportes de comunicación y el mismo tema se transmite en las pantallas domésticas de televisión y del ordenador, y se repite y redobla en las redes sociales, en el metro, en el taxi, en el bar, en el puesto de trabajo, en la misma calle. Se actualiza permanentemente en el teléfono móvil que llevamos con nosotros como una prótesis imprescindible, que consultamos de forma compulsiva en cuanto nos quedamos solos un segundo. No, ya no estamos nunca solos, sino conectados permanentemente al crimen de Bernardo Montoya.

Los medios no informan ya de la realidad, como hacían antes, sino que la definen y reiteran machaconamente, en un circuito cerrado obsesivo y terriblemente reductivo, hasta modularla, hasta conformarla. Si deciden --por poner otro ejemplo reciente-- que la muerte de una perra es noticia, nosotros estaremos a vueltas con la perra mañana, tarde y noche, cuatro tuits reunirán a una masa beligerante en la plaza Sant Jordi y un asunto en principio y objetivamente tan menor puede resultar decisivo para que la alcaldesa conserve o pierda el cargo. Por cierto que esa naturaleza neurótica y reiterativa de la información y el debate digital explica también la dificultad, si no la imposibilidad de la tarea de “desinflamación” del nacionalismo catalán que pretende el Gobierno socialista...

Consciente de que, paradójicamente, el Estado de Información Total reduce el mundo a cuatro temas y neurotiza al ciudadano, mi buen propósito para el año que hoy empieza es éste: reducir drásticamente mi atención a las noticias del día a dos medios de comunicación españoles (uno de ellos, naturalmente, es Crónica Global; el otro no lo digo, para que mis amigos que trabajan en otros medios sigan creyendo, los muy ingenuos, que les leo). Estoy convencido de que haciendo este pequeño esfuerzo de abstención, que reforzaré con la adquisición de unos auriculares dotados del sistema de noise cancelling (cancelación del ruido), aún estoy a tiempo de salvarme de la neurosis. Y créame, lector: si yo puedo, cualquiera puede.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.