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Revolucionarios de la hora del aperitivo

Guillem Bota
15.10.2018
5 min

El pasado viernes, para demostrar que a ellos el 12 de octubre ni les va ni les viene, unos cuantos ayuntamientos catalanes decidieron trabajar. Es un decir, claro, y de ahí la cursiva, porque los trabajadores municipales tenían todo el derecho al día libre, así que ni usted ni yo podíamos ir a las dependencias de la casa consistorial a realizar gestión alguna. Quienes sí fueron a trabajar, --de nuevo una cursiva muy pertinente-- fueron los alcaldes y concejales de partidos independentistas, ya que su puesto depende de continuar engañando a los votantes y hacerles creer que el pulso al estado continúa. Por supuesto, para ellos no era suficiente acudir a su despacho en el ayuntamiento, era necesario dejar constancia de ello, que en Cataluña las revoluciones sólo tienen sentido si nos sacan una foto. Así pues, todos esos ayuntamientos transgresores llamaron al fotógrafo de plantilla --éste sí que tuvo que trabajar, el pobre-- para que inmortalizara el heroico gesto contra España y su fiesta nacional, consistente en darle al enter del ordenador. ¡Quién dijo miedo!

Imposible no ver alguna de las fotos que circularon. En la del ayuntamiento de Gerona, la capital de mi provincia, se observaba a la alcaldesa --colocada a dedo por Puigdemont antes de su fuga, primero a la presidencia de la Generalitat y más tarde a Bruselas-- y un grupo de concejales alrededor de una mesa de juntas. Ni un solo papel a la vista. Ni una tablet, no digamos un ordenador. Una simple mesa brillante --por lo menos trabajó la señora de la limpieza-- con una decena de tipos y tipas a su alrededor. Ni el menor indicio de estar en una reunión de trabajo, más bien daban la impresión de estar esperando unas cañas y una ración de calamares. En la imagen, la alcaldesa se estaba dirigiendo a los presentes, parecía talmente que en estos términos: "Ahora poneos serios, que aquí el amigo nos va a sacar una foto para que podamos distribuirla a la prensa afín, y después ya nos podemos ir a casa. No, mejor antes nos tomamos un aperitivo en una de las terracitas de la plaza". Ni siquiera para salir en la foto simulando que trabajan, se molestan en simular que trabajan. Por tan idiotas nos toman. Y encima, con razón.

Comprendo que es mala suerte que el 12 de octubre caiga en viernes, puesto que en Cataluña las revoluciones se llevan a cabo cuando no perjudiquen vacaciones, puentes y similares, ya que, quién más, quién menos, tiene un apartamento que amortizar en la Costa Brava o en el Pirineo. Y el que no, tiene reservado un vuelo a Praga con Ryanair. De ahí que tengan su mérito esos intrépidos alcaldes y concejales que no pudieron marchar de largo fin de semana hasta después de desafiar al estado tomándose un foto en el ayuntamiento. Por lo menos en Gerona, y me consta que también en los demás ayuntamientos heroicos, la alcaldesa tuvo la buena idea de programar la foto de buena mañana, de manera que los perjuicios para que los revolucionarios se fueran tres días de parranda, fueron mínimos. Que una cosa es prestarnos a hacer la foto, digo la revolución, y la otra dejarnos sisar un puente. Revolucionarios sí, pero no tontos. Claro está que nunca llueve a gusto de todos, y no faltaría el típico soplagaitas que nunca está satisfecho.

-Otro año, a ver si nos convocan para la puñetera foto a las once, que para un día que podemos dormir, ya son ganas hacernos madrugar.

Lo más jodido es que efectivamente demostraron que el 12 de octubre era para ellos sólo un día más. Entraron un ratito al ayuntamiento, hablaron de sus cosas, y acto seguido se fueron a tomar el aperitivo y a cuidar de sus quehaceres personales. O sea, lo de cada día.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.