Remilgos liberales ¿para qué?

Miquel Escudero
12.05.2022
6 min

Los diferentes modos de ser fascista y bolchevique comparten el mismo carácter intrusivo. Esto es, el afán de arrogarse una autoridad infalible y de imponerse sobre los demás con absoluto desprecio. Algunos han encontrado gusto por calificar esta actitud de iliberal, cuando es abierta y beligerantemente antiliberal. Se etiqueta cada día de neoliberal, ya no de neofascista ni de neocomunista, nunca de neosocialista. Con la marca de neoliberal se denomina algo muy antiguo y presente: la avaricia desmedida y la búsqueda sistemática de pelotazos económicos, no importa dejar en cueros a la clase media trabajadora. Una praxis perversa y antisocial. ¿Por qué ese interés de identificar lo liberal con las aves de rapiña?

El término liberal conviene a quien está dispuesto a entenderse con quien no piensa igual que él, y no acepta nunca que el fin justifique los medios; lema que orienta tanto a los que se denominan de izquierda, como a los de derecha. Se dirá que son rara avis, más aún si agregamos la componente que dio el filósofo Julián Marías: liberal es el que no está seguro de lo que no puede estarlo. Ortega y Gasset, ajeno al PSOE, vio el liberalismo como socialista cuando se rebela contra algo injusto y busca la emancipación, por moral y sensatez. El autor de La rebelión de las masas consideraba la existencia de múltiples socialismos, “uno de ellos para cada época y para cada hombre”.

Lo que sí hay es un anticomunismo antiliberal y un antifascismo antiliberal. El primero imperó durante decenios en nuestro país y el segundo imperó durante decenios en otros lugares, y unos y otros dejaron huellas que no son para comentar ahora. En el siglo XX, el antifascismo funcionó básicamente como vínculo con la URSS y los comunistas españoles convirtieron la Guerra Civil en el centro de sus referencias (todavía hoy se quiere seguir con lo mismo, un continuo regresismo).

Lisa A. Kirscheubaum ha escrito una minuciosa monografía: El comunismo internacional y la guerra civil española (Alianza). Como forma de agitar el mundo, el comunismo tenía su centro en la URSS, la madre patria del proletariado. No tardó mucho en constituirse en Moscú la Escuela Internacional Lenin, cuyo objetivo era formar verdaderos comunistas. Fue en 1926. Hubo estudiantes de 22 países y uno de los criterios de admisión era poder estudiar en una de estas siete lenguas: alemán, francés, inglés, español, chino, húngaro o ruso. Con los españoles, sin embargo, la Escuela se comunicaba en francés.

Se establecieron normas de comportamiento rígidas y austeras. Los integrantes de esos Intercambios transnacionales se conocían con nombre falso y nadie debía saber que estaban allí. No se aceptaba diferencia entre lo político y lo personal. Se imponía el reflejo de miedos compartidos. La obsesión por espías y traidores llevaba al interés de la caza febril de los enemigos ocultos, a efectuar purgas y eliminar elementos indignos, en suma, a aceptar un estado de terror. Tampoco había lugar a modestias excesivas o a remilgos liberales. La lealtad al partido encima siempre de cualquier relación personal. No se aceptaba la duda o la autocrítica ante la decretada verdad revolucionaria. Por supuesto, el rechazo automático del “método mecánico y típicamente burgués de comparar cifras”, por ejemplo, en lo referente al nivel de vida. Se impuso así una tradición que “no solo abarcaba denuncias, purgas y terror, sino también los rituales, símbolos, héroes y relatos”. Los comunistas tenían que ser tíos duros y pétreos, vivir con la convicción de estar en el bando del progreso, hasta el punto de considerar cualquier fracaso como ‘obra de saboteadores’, las culpas eran de las ratas y traidores trotskistas. Sin más, el propio Stalin decía encabezar la causa de “toda la humanidad avanzada y progresista” (sic).

La Escuela Lenin tenía una sección norteamericana que distinguía a los miembros estadounidenses (2.287) de los negros (74), de los latinos (110). Y en la primera categoría se distinguía a su vez los nacidos en el país (1.252) de los nacidos en el extranjero (1.035). Huelgan comentarios. En la primavera de 1938, la Escuela dejó de funcionar. Valga decir que, meses después, los Brigadistas volvieron a casa y 200.000 personas los despidieron con entusiasmo en Barcelona. Pasionaria los calificó de “cruzados de la libertad”: “Podéis marcharos orgullosos. Sois la historia, sois la leyenda”. Sin embargo, el general Karol Swierczenski, llamado Walter en las Brigadas Internacionales, deploraba que muchos “revolucionarios antifascistas” creyesen que, solo por serlo, podían discutir con su comandante, “hablándole de tú con las manos en los bolsillos y un cigarrillo en la boca”.

Con la guerra fría prosiguió el triunfo de la sospecha sobre la solidaridad en “una causa que prometía solidaridad a la vez que practicaba el terror”. El comunismo no se permitía tener remilgos liberales.

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¿Quién es... Miquel Escudero?
Miquel Escudero pila

Profesor de Matemática Aplicada de la Universidad Politécnica de Cataluña. Colaborador de 'Revista de Occidente', 'Cultura/s', 'Artes&Letras' y 'El Correo Español-El Pueblo Vasco'.