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Rajoy, Zidane y una juez tarotista

Fernando Sánchez Alonso
6 min

Rajoy volvió a hacerlo. Un gesto más que perdurará en las hemerotecas y engrosará la España del disparate. Nostálgico de la época imperial en que jugaba a manifestarse detrás de una pantalla de plasma, como un dios oculto en una remota nube de píxeles teológicos, Rajoy volvió a esconderse. Pero esta vez no lo hizo de los demás, sino de sí mismo.

Agustín de Hipona alentaba a recluirse en el interior para protegerse de los males del mundo, solo que el interior de Rajoy estaba en un restaurante de la calle Alcalá. Allí permaneció durante ocho horas haciendo ejercicios espirituales con el sashimi y un chuletón de ternera gallega, mientras Cospedal y otros gerifaltes de la cosa animaban a su jefe con la boca entorpecida no de piedras, como Demóstenes, sino de maracuyá con fresas. Y lo confortaban por un hecho luctuosísimo: la dimisión de Zidane.

En aquel reservado, se respiraba un aire filosófico, de mucho empaque. Cospedal se había disfrazado con la túnica estoica de Séneca y le susurraba maternales palabras de consolación a Rajoy, una pobre Marcia a la que se le acababa de morir el padre, o sea, Zizou. Haciendo acopio de todo su estupor para negar los hechos, algo en lo que él es un crack, Rajoy farfullaba, entre eructos de chuletón y titulares del Marca: "No se puede dimitir, hombre, no se puede. ¡Eso es inmoral!".

Cerca de allí, en el Congreso de los Diputados, Pablo Iglesias le asestaba un sermón de wéstern al bolso de Soraya, que ejercía de presidente de Gobierno en el escaño de Rajoy. Pues bien, cuando los ejercicios espirituales se agotaron en el restaurante y Zidane subía a los cielos del madridismo con la última Champions a cuestas y la carta de dimisión en el bolsillo, Soraya le wasapeó al jefe: "Mariano, se han ido las fieras. El circo, por hoy, ha terminado".

Fue entonces cuando lo vimos salir del Arahy, el interior gastronómico de Rajoy. Con una manita alelada y cortés, el líder del PP saludó a las cámaras y les ofreció una sonrisa crepuscular que pasará a la historia. Rajoy ya no era el jefe del país, sino un boxeador sonado incapaz de orientarse en la realidad.

Se admiraba Lichtenberg de que hubiera gente capaz de creer en lo que quería. Pero es cierto. No creemos lo que vemos, sino que vemos lo que creemos. Rajoy es un ejemplo o, mejor aún, un enxiemplum medieval digno del conde Lucanor. Rajoy se va a ir de la Moncloa convencido de que ha redimido a España. De que la ha sacado del albañal económico en que la postró Zapatero. De que son aislados los casos de corrupción de su partido. De que él encarna la prosperidad. Lo piensa de verdad. Como Pangloss, Rajoy está persuadido de que, solo si manda el PP, los españoles viviremos en el mejor de los mundos posibles. Ese optimismo patológico explica que no haya podido entender la moción de censura de Sánchez. Una moción necesaria y ética. Pero también una moción en la que Sánchez ha reproducido el mismo comportamiento que condena: el ansia de atornillarse en el poder a cualquier precio.

Ya es el nuevo presidente. Ha ganado con 180 votos. Ha tumbado a Rajoy. Y ahora, ¿qué? ¿Seguirá el líder socialista negándose a convocar elecciones inmediatas? Si persiste en la negativa, va a meternos en un jardín poco o nada bucólico, con la inestabilidad presidiéndolo como un peligrosísimo árbol de la ciencia. Es verdad que Sánchez no luce en la solapa el lazo amarillo de pitiminí de los independentistas. Y no lo luce porque lo lleva alrededor del cuello. Es el nudo corredizo que le han echado los secesionistas catalanes a cambio de apoyarle en la moción de censura. Y Sánchez está dispuesto a "tender puentes", que ojalá no separen más que unan. Aparte de respetar los presupuestos, ¿le exigirá algo más el PNV? ¿Y Podemos?

Malos tiempos se nos avecinan. Malos. Lo mismo toca pedirle orientación cósmica a María Jesús García, la juez de Lugo que echa las cartas por cuatro perras, que seguimos en crisis. Aunque miedo da. Entre gatos negros y expedientes penitenciarios, esta mujer es capaz es de ponernos bajo las narices el duodécimo arcano: el del ahorcado.

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¿Quién es... Fernando Sánchez Alonso?
Fernando Sánchez Alonso

Tras licenciarse en Filología Hispánica por la UCM y realizar los cursos de doctorado, obtuvo el diploma de Suficiencia Investigadora y, por méritos académicos, una beca I+D de cuatro años del Ministerio de Cultura para realizar su tesis doctoral. Fue profesor de español para extranjeros en dicha Universidad, así como profesor sustituto en el área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Posteriormente, enseñó Narratología y Retórica en la Escuela Universitaria TAI y en diversos centros de enseñanza media.

Como periodista, ha obtenido el Premio Nacional Tiflos en la modalidad de prensa escrita por un reportaje sobre la primera sordociega en conseguir un título universitario en nuestro país. Escribe y publica con regularidad artículos literarios en prensa, así como reportajes completos (texto y fotos) en diversos dominicales tanto nacionales como extranjeros.

Como escritor, ha obtenido, entre otros, el Premio Internacional Gabriel Miró de Narrativa Breve y es autor de La memoria que ellos me dejaron, un peculiar volumen, a medio camino entre el ensayo y la narrativa, sobre los cincuenta poetas más influyentes del siglo XX. Asimismo, ha traducido para la editorial Pre-Textos las novelas del narrador italiano Cesare Pavese 'La luna y las hogueras' y 'El bello verano'. Colaborador asiduo de diversas revistas literarias, una muestra de sus publicaciones puede verse aquí.

Como fotógrafo, se ha especializado en fotografía documental y de retratos. Es autor del libro fotográfico 'La Alpujarra invisible', con poemas de Rafael Guillén, un volumen editado por la Diputación de Granada.