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Gente indigna que se indigna

Ramón de España
5 min

La desfachatez de los paniaguados del régimen nacionalista catalán no conoce límites. Nos estábamos recuperando de los chanchullos telefónicos de Pilar Rahola para impedir que le arrebataran lucrativos minutos de intoxicación audiovisual en TV3 --donde, según ella, Vicent Sanchis, vendido a ERC, le estaba haciendo luz de gas-- cuando nos enteramos de las conversaciones de Tatxo Benet, el consigliere de Jaume Roures, también conocido como Don Mediaprone, con David Madi para puentearse al traidor Sanchis, que se resistía a darle 800.000 euros de dinero público por una serie de documentales sobre el prusés con la muy verosímil excusa de que en TV3 andaban tiesos de pasta. Benet, convencido de que el destino natural del dinero público es ser privatizado y acabar en sus bolsillos y los de su jefe, es de los que no aceptan un no por respuesta: de ahí sus llamadas al conseguidor Madi para lograr endilgarle sus malditos documentales a Sanchis se pusiera éste como se pusiera.

Tras la irritante indignación de Rahola, llega, pues, la cínica indignación de Benet (“Habló de putas la Tacones”, como se dice en estos casos), quien se atreve a comparar a quienes han difundido sus charlas con ánimo de lucro con una especie de Stasi local, como unos soplones despreciables que no le dejan a un buen hombre ganarse la vida honradamente. ¿Se puede tener la cara más dura? Lo dudo. Pero lo más grave del caso es que Benet parece convencido de lo que dice, de la misma manera que su jefe sigue considerándose un trotskista que ha prosperado en la vida. Ambos pretenden presentarse como la solución a un problema cuando son el problema. Y eso les deja en una posición más indigna que la de los capitalistas con puro y chistera de los dibujos de Grosz, con los que, por lo menos, sabías a qué atenerte.

El capitalismo tradicional tiene muchas cosas discutibles, pero, por lo menos, no engaña a nadie. Por el contrario, el capitalismo de Don Mediaprone y su consigliere es de una hipocresía ofensiva. Uno quería creer que eran conscientes del tocomocho que practican constantemente y que incluye hasta sobornos en Estados Unidos como atajo hacia el enriquecimiento, partiendo de la creencia de que nadie puede ser tan tonto: los tontos no suelen hacerse millonarios. Pero me temo que Benet y Roures se creen sus propias mentiras y que el uno se considera un mecenas de las artes por coleccionar basurillas de Santiago Sierra y demás cantamañanas anti sistema --y, lo que es peor, amenazar a la ciudad de Barcelona con ceder sus adquisiciones para que las puedan disfrutar todos los devotos del arte comprometido--, mientras el otro está convencido de trabajar por una sociedad mejor y más justa. De ser así, se demostraría que la idiotez conceptual no está reñida con la capacidad de amasar una fortuna.

Que la disfruten, pero, por favor, que nos ahorren sus arrebatos de indignación y dejen de presentarse como víctimas de las cloacas del estado, de la inexistente Stasi catalana o de las fuerzas del mal en general. Que abandonen su capitalismo santurrón y recurran a la chistera y al puro. Siempre ha habido empresarios que florecen a la sombra de un régimen político, pero nunca habían tenido el descaro de presentarse como ciudadanos dignos y honestos. Si te pillan intentando hacerte por la patilla con 800.000 euros de dinero público, ten la decencia de adoptar un perfil bajo, pedir disculpas a la sociedad que te ha permitido medrar y, lo cortés no quita lo valiente, ponerte a planificar tu próximo golpe de manera discreta y, a ser posible, sin dejar huellas.

 

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.