Quim Torra se llama René

Guillem Bota
23.09.2019
5 min

Cuando las series se veían en el televisor y no por Internet, no me perdía yo un solo episodio de Allo, allo, una comedia desopilante, ambientada en un pueblecito de Francia durante la ocupación alemana. El protagonista era René, dueño del café del pueblo, un tipo cobarde como una rata que, muy a su pesar y sin quererlo, colaboraba con la resistencia, por cierto formada únicamente por mujeres. René intentaba quedar bien con todo el mundo, alemanes, franceses y mediopensionistas, a lo único a que aspiraba era a que le dejaran tranquilo --bueno, eso y cepillarse a la camarera sin que se enterara su esposa-- y aun así siempre se encontraba inmerso en todos los saraos, no siendo el menor el de tener permanentemente alojado en la habitación superior a un paracaidista inglés. Si René hubiera existido realmente, probablemente hoy tendría alguna estatua dedicada, como heroico miembro de la resistencia. Muy a su pesar, de nuevo.

La primera vez que vi a Quim Torra, supe que me recordaba a alguien, pero no atinaba a recordar a quien. Era a René. Con su sobrepeso, sus pocas luces, sus mejillas sonrosadas y su aire permanentemente servil, son casi dos gotas de agua, sólo que uno bebe ratafía y el otro pastís, eso es el famoso fet diferencial. Incluso creo que a Torra le sentaría bien un mandil como el de René, en sus comparecencias públicas, le daría un aire más acorde a sus capacidades. Más allá de las semejanzas físicas --o quizás a causa de ellas, ya que los, ejem, poco dotados intelectualmente, tienden a adoptar el carácter de aquellos a quienes se parecen--, Torra i René tienen una personalidad similar. No quiero insinuar con ello que el presidente de la Generalitat acose sexualmente a sus secretarias, deseo pensar que las semejanzas no llegan a tales extremos. Me refiero a que uno y otro son cobardes, que los dos se ven envueltos en guerras que no quieren librar, y que ambos hacen lo posible por disimularlo a golpe de mucha retórica y mucho hecho vacuo. Y lo sorprendente es que consiguen engañar a algunos, seguramente Torra a unos cuantos más que René. Aunque cabe señalar en favor de éste, que no tiene su servicio radios, televisiones y periódicos.

Igual que René malmete de los alemanes cuando éstos no están presentes y se muestra sumiso hasta el hartazgo cuando los tiene delante, Torra llama periódicamente a la lucha y a la revolución, pero su bravura llega hasta una línea bien delimitada: a reclamar un aplazamiento de su juicio y a colgar una pancartita en el palacio de la Generalitat. Ni un paso más. Y siendo sinceros, tampoco hay que pedirle mucho más, el hombre no hace más que seguir la senda de quienes le precedieron. No hay más que recordar la hazaña de su predecesor en el cargo, que el 1 de octubre se dirigía a votar a su colegio electoral pero en cuanto le avisaron que ahí andaba la policía porra en mano, ordenó al chófer dar media vuelta. Si deseaba una imagen impactante, ahí la tenía: no tenía más que poner su cabeza entre una porra policial y una urna. La fotografía de un presidente catalán con la cabeza ensangrentada hubiera dado la vuelta al mundo, pero entre la tan buscada imagen y el canguelo, Puigdemont se decantó por éste último.

La resistencia catalana es como la de Allo, allo, llena de gestos simbólicos y palabras altisonantes, pero nada más. Una hilarante comedia para los que disfrutamos con ese tipo de humor. Los líderes independentistas hablarán un día de la república catalana que jamás atisbaron, del mismo modo que --para no abandonar la francofilia de este artículo-- el historiador y escritor Jules Michelet se refería a su mujer, guapa y mucho más joven que él: "Aquella joven encantadora a la que penetré poco, es cierto, pero a la que deseé mucho".

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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