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Cuescos en la mesa de negociación

Guillem Bota
02.12.2019
5 min

Hay que vivir en Cataluña para entender esas cosas que hasta ahora uno sólo veía en las películas de los hermanos Marx. Casi al mismo tiempo que Quim Torra, el presidente en el alambre, abogaba por dinamitar los posibles acuerdos entre ERC y PSOE para formar gobierno en España, altos cargos de su partido reclamaban que el mismo Torra tomara parte en las negociaciones. Yo me guardaría muy mucho de sentarlo a mi mesa de negociación (y de lo que sea) desde el día que amenazó a todo un Tribunal Superior de Justicia con guerra bacteriológica en forma de flatulencias, después de haberse zampado un plato de butifarra con judías durante la asistencia a una feria de pueblo, única actividad que se le conoce al hombre. Pero si además advierte de su intención de dinamitar cualquier indicio de acuerdo, hay doble motivo para cerrarle la puerta en las narices. Y digo doble motivo siendo consciente de la posibilidad de reunirlos a ambos en uno, es decir, de que su intención sea precisamente impedir cualquier acuerdo a base de cuescos. No es para tomarse a broma tal amenaza. A poco que uno repare en el rostro del presidente catalán, se da cuenta de que en estas lides debe de ser un tipo peligroso de veras.

Además de querer participar en una negociación que desea que fracase, que viene a ser como querer participar en la noche de bodas de la novia que te dejó por otro, a ver si hay suerte y la cosa termina en gatillazo para la nueva pareja, el ínclito inquilino del Palau de la Generalitat aboga por polarizar más la sociedad catalana e insta a los ciudadanos a asumir "más altos niveles de sacrificio", como si fuera poca cosa el sacrificio de escucharle pronunciar necedades día sí, día también, ampliadas y repetidas por TV3. Igualito, igualito, que Churchill prometiendo a los ingleses sangre, sudor y lágrimas, sólo que éste consiguió con su discurso reforzar la autoestima de todo un país, y Torra consigue que los catalanes sintamos vergüenza de serlo, a la vista de quien fue elegido presidente. Debería saber Torra que es preciso reservar el heroísmo para cuando haga falta, porque si no, resulta inútil y contraproducente, amén de ridículo. Lo que sucede con la tropa que desgobierna Cataluña, ya sea de cuerpo presente, ya sea desde Waterloo, es que tienen una concepción bastante peculiar del heroísmo, basada en que el suyo sea siempre de boquilla y el de los demás, de verdad.

Lo de "polarizar más la sociedad" sí que tendría mérito. Tengo para mí que es tarea imposible, y no porque los catalanes sean impermeables a polarizaciones, sino por todo lo contrario: la polarización en Cataluña ha llegado su límite. O casi, porque no falta más que fluya la sangre en enfrentamientos, así que cabe suponer que eso es a lo que aspira el presidente de, dicen, todos los catalanes. Por supuesto que, como en el caso del heroísmo, deberá ser siempre sangre de los otros, y entiéndase por "otros" la de cualquier bando, mientras no sea la suya propia. Toda revolución necesita mártires, lo sabe bien el señor Torra, pero el único martirio que él está dispuesto a sufrir estoicamente --y en ello está-- es el de la inhabilitación, cosa que significa retirarse a casita con el sueldo que le corresponderá como expresidente, sueldo que ni usted no yo, querido lector, alcanzaremos ni a oler en diez años. No está mal como sacrificio, pero será necesario alguien que pierda un poco más. La vida, por ejemplo, para que el ya expresidente Torra, desde dentro de sus pantuflas y sentado en un sillón de orejas en el recibidor de su casa, pueda largar una filípica ensalzando el heroísmo de los catalanes, el suyo el primero, y la maldad del estado español.

No se sorprendan de nada de lo que pueda decir o hacer Quim Torra, hagan el favor. Al fin y al cabo, como dijo alguien un día, cada cual tiene justamente el cerebro que necesita.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.