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Quédense en casa hasta que aprendan a votar

Guillem Bota
21.12.2020
5 min

Puesto que en Madrid han optado por confinamientos perimetrales manteniendo abiertos los negocios de restauración, en Cataluña vamos a cerrar bares y restaurantes (aunque sea disimuladamente, por el método de dejarles trabajar nada más que en dos franjitas horarias) pero a permitir que los catalanes --los auténticos-- se desplacen por el territorio como si no hubiera un mañana, y aún más allá de su territorio, Andorra incluida. Que se enteren en Madrid de que aquí no somos españoles, de hecho, somos tan poco españoles que nos hemos propuesto hacer siempre lo contrario que en la capital de España. La cosa viene de lejos: que en Madrid no tienen mar, nosotros nos ponemos el Mediterráneo; que allí tienen el Museo del Prado, nosotros rechazamos el Hermitage. ¿Que en Madrid sube la renta per cápita? Pues en Cataluña baja. Y así, todo.

Hasta llegar a las medidas antipandemia. Permitir a los catalanes desplazarse a la segunda residencia parecía poco, ya que aunque son bastantes los que la poseen (y la poseen casi todos entre la clase política, que es lo más interesante, puesto que no iban a legislar en su contra), son también muchos los que, aun pudiendo permitírselo, prefieren ir cambiando de lugar de vacaciones y no ligarse de por vida a un sólo lugar. Para éstos se ha incluido en la normativa que puedan desplazarse también aquellos que tengan contratado un hotel en cualquier punto de Cataluña. De esta forma, todos los catalanes con posibles, tengan o no segunda residencia, podrán disfrutar de unas fantásticas vacaciones de invierno, sea en la costa, sea en el interior, sea en la montaña, sin preocuparse de si van propagando el virus allá donde pisan, que eso es lo de menos.

¿Quiénes deberán por tanto quedarse en casa, sin posibilidad siquiera de llevar a cabo una excursión más allá de los límites de su comarca? Los vecinos de Ciudad Meridiana, por ejemplo. O los del Carmelo y el Raval. Y la mayoría de los de Santa Coloma de Gramanet. Yo mismo, aunque viva en Sant Andreu. O sea, los de menos posibles. Tampoco es que importe mucho, en estos sitios no suelen votar lo que debe de votar un auténtico catalán y por tanto su desgracia se la han buscado ellos. Como no en todas partes tienen los políticos el cuajo del ayuntamiento de Girona, que --según publicó este mismo periódico digital-- castiga sin luces navideñas al barrio de Vila-Roja por no ser lo suficientemente independentista, se opta por encerrarles en su comarca, a ver si aprenden. Dicho así queda feo, claro, por lo tanto la operación se lleva a cabo permitiendo a los catalanes de verdad que se vayan de hotel o al chalecito, ellos que pueden. La burguesía, de vacaciones, y los trabajadores, en casa, y además literalmente en casa, porque ni siquiera podrán ir a tomarse unas cañas al bar de la esquina, mandado cerrar por la autoridad competente.

Se les han dado a los trabajadores y a los hijos de los inmigrantes muchas oportunidades de apuntarse por las buenas al tren de la república catalana, y no las han aprovechado. Pues tendrá que ser por las malas. A ver si ahora, ayudados por la pandemia, se dan cuenta de que en Cataluña solamente gozan de derechos quienes el govern quiera que gocen de derechos, es decir, quienes votan lo que el govern dice que hay que votar. Pueden considerar lo de estas Navidades como un aviso. Ellos eligen: o compran un billete para el tren de la república catalana, o no van a salir de su calle más que para ir a trabajar. Y eso, sólo hasta que las políticas del govern obliguen a cerrar la empresa donde se ganan la vida.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.