Que se metan sus 2.000 millones donde les quepan

Guillem Bota
18.02.2019
5 min

¿Para qué coño queremos los catalanes 2.000 millones? Los que se quejan de que con el no a los presupuestos de ERC y PDeCAT y su consiguiente convocatoria de elecciones, se frena esa inversión y sus correspondientes iniciativas relativas a vivienda, pensiones, legislación laboral, dependencia, etc, son, como se sabe, malos catalanes. Lo son porque, tal como se lleva tiempo repitiendo desde la Generalitat -les juro que no me lo invento-, tales cuestiones no tienen importancia alguna, lo que de verdad importa es la República, así, con mayúsculas, que ya está bien de preocuparse por minucias, dejen de mirar el dedo cuando todo el gobierno les está señalando la República, allá en la luna.

Pero son malos catalanes, sobre todo, porque les falta sentido de la estrategia. Es cierto que Cataluña dejará de recibir unos 2.000 millones de euros, pero se trataba de un dinero pernicioso para el gran objetivo, 2.000 millones de monedas de plata, como si dijéramos. Se beneficiarían de ellos las personas en situación de dependencia, los parados, los ancianos, los enfermos, los pobres y gente de similar calaña, incluso personas que pertenecen a más de uno de esos subgéneros humanos. Gente, para qué vamos a andarnos con remilgos y eufemismos a estas alturas, que no hace más que entorpecer el advenimiento de la República catalana y el regreso a lomos de un rucio del mesías Puigdemont. Los enfermos y dependientes ni siquiera son capaces de sumarse a las fastuosas movilizaciones que organiza la autoridad competente, prefieren quedarse tan ricamente en su cama, pegados a su catéter, o en su silla de ruedas, excepto en los casos de heroicas cuidadoras de residencias geriátricas que los empujan hasta mitad de la carretera para cortar el tráfico por el bien del país; así ha sucedido alguna vez, pero cuidadoras entregadas de tal modo a la causa son tan excepcionales que no vale la pena dedicar recursos a ello, y con taponar la llegada de ingresos nos ahorramos una ley de la eutanasia, que tendría los mismos efectos pero obligaría a los diputados a trabajar. Por lo que respecta a ayudas a los parados y a la vivienda, no hace falta recordar que son en su gran mayoría gente insolidaria y egoísta que, en lugar de añadirse a toda iniciativa de las de lazo amarillo en la solapa que los requiera, prefierendedicar el tiempo abuscar trabajo o comida,o -pásmense- a intentar conseguir dinero para no ser desalojados del piso. Con tales mimbres no se construye un cesto, mucho menos una República.

Elsa Artadi, cabeza pensante del gobierno, tuvo que recordar vía tuit lo que debería tener presente todo catalán de bien: que no hay que anteponer el dinero a los derechos. Se refería Artadi a no anteponer el dinero que va a fines sociales, dinero totalmente inútil puesto que en su vida lo ha utilizado. Cierto es que Artadi debía estar de especial mal humor porque el incremento de las temperaturas le impide lucir su abrigo de 1.000 euros en las movilizaciones en las que grita que el pueblo catalán vive oprimido, pero no le falta razón: lo primero son sus derechos, mejor dicho, los derechos que ella crea que corresponden a quien correspondan, y sólo después, si se tercia, el dinero que va a los desfavorecidos, esa panda de mangantes con preocupaciones prosaicas -comer, abrigarse, vivir unos años más, como si eso importara a alguien- en lugar de las elevadas de nuestros próceres. El día que un parado o un inquilino de geriátrico público luzca abrigo de 1.000 euros, hablamos; hasta entones, que apechuguen. O mejor, que desaparezcan.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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