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¡Qué bien podríamos habernos conllevado! Elogio del 'peix al cove'

Jordi Carrillo
06.02.2016
10 min

"Es evidente que para la identidad nacional de Cataluña, para el sentido de la institución de la Generalitat o para la fuerza del país, el traspaso del Instituto de Investigación y Tecnología Agraria no es un hecho decisivo, pero sin duda ha significado una aportación importante para el autogobierno catalán y la capacidad de hacer país. La política del 'peix al cove' trataba de llenar de contenido, en la medida que circunstancias favorables lo permitían, el proyecto de país que queríamos. Se necesitan muchos institutos para completar este proyecto de país".

Tras abandonar la política del 'peix al cove', la política catalana quedó apresada en la exaltación de conceptos abstractos y etéreos, la creación de grandes expectativas y la promesa de cumplirlas en breve tiempo

Así describía el presidente Pujol en el tercer volumen de sus memorias la política que vino en llamarse del 'peix al cove', un tanto despectivamente por los partidarios del todo o nada (los mismos que hoy proclaman que tienen prisa y creen que con una votación el Parlamento se consiguen independencias). Este modo de ampliar la autonomía catalana se abandonó, más o menos, a partir de la redacción y negociación del Estatuto de 2006. Desde entonces la política catalana quedó apresada en aquello que el profesor Víctor Lapuente denomina la retórica del chamán en su libro 'El retorno de los chamanes' (libro que inspira este artículo, por la vía de tomar prestados algunos conceptos, pues no hay apenas menciones a Cataluña).

Una retórica, la del chamán, caracterizada por la exaltación de conceptos abstractos y etéreos, la creación de grandes expectativas, la promesa de cumplirlas en breve tiempo (tal vez pocas frases como esta del presidente Mas lo condensen mejor: "Las urnas del 27-S llevan a la prosperidad económica, a la justicia social, a la solidaridad, a la igualdad de oportunidades, a la esperanza, al proyecto, a la dignidad y a la libertad"), por la división de la sociedad entre víctimas y enemigos (inventados, se entiende: el "pueblo de Cataluña" contra el Estado español, hábilmente disociado de los españoles, o contra los "poderes fácticos de Madrid"), por la confusión entre medios y fines (la independencia como único método de captura de competencias y financiación).

Como casi siempre que el debate se desarrolla bajo esta retórica, el resultado suele ser la división y el bloqueo. Efectivamente: división porque la política 'en mayúsculas' suele movilizar fuerzas opuestas, y bloqueo porque esas fuerzas, aun cuando inferiores, son suficientes para detener tales pretensiones. Se lo dijo el señor Iceta al señor Mas en el debate de investidura: "Usted ha gobernado cinco años, en los cuales no se han producido los adelantos significativos que se nos prometieron: ningún nuevo proyecto, ninguna nueva gran inversión, ninguna nueva competencia". Lo querían todo y se quedaron con nada. En este punto procede una atinadísima frase del profesor Lapuente: "Una política que intenta indagar en la raíz misma de los problemas (un ejercicio fútil), culpabilizando a supuestos responsables (un ejercicio corrosivo) y generando altas expectativas en la población sobre la capacidad de acción de Gobierno (un ejercicio contraproducente), atrapa a las sociedades en un círculo vicioso".

Al chamán sus grandes planes se le suelen ir de las manos, el señor Mas ha metido el país en una pendiente tal que a lo peor lo que venga hará que se le eche de menos

Siendo devastadores estancamiento y cisma, como todo en la vida es susceptible de empeorar, más aterrador será lo que siga, pues el incumplimiento de las grandes promesas genera el caldo de cultivo idóneo para la aparición del siguiente chamán prometiendo una nueva pócima mágica. Siga o resucite tras un tiempo tapado, se apee o lo apeen de inmediato, porque al chamán sus grandes planes se le suelen ir de las manos, el señor Mas ha metido el país en una pendiente tal que a lo peor lo que venga hará que se le eche de menos.

Suceda lo que suceda, con certeza se tardará años, tal vez décadas (como sugirió Rafel Jorba), en salir de ese círculo vicioso y así retomar un debate sosegado sobre financiación, competencias e infraestructuras, mediante el cual se discutan los asuntos pendientes uno a uno, y uno después del otro. Lo más doloroso es que, mientras la situación política impide resolverlos, esos asuntos están identificados y quien mejor los conoce es el mismo señor Mas, quien los enumeró en su discurso de investidura, como muestra el siguiente extracto:

"¿El Estado se ha comprometido a invertir en infraestructuras básicas de acuerdo con el peso demográfico y el potencial económico de Cataluña en algún momento? ¿Podemos decidir desde este Parlamento una legislación de horarios comerciales para garantizar un comercio urbano, cohesionador, equilibrado y moderno? ¿Podemos decidir qué bonificación tendrán los contratos de los discapacitados que trabajan en un centro especial? ¿Podemos regular los cortes de suministro energético para evitar que personas vulnerables pasen frío en invierno? ¿Podemos intervenir en la regulación energética para conseguir que el coste de la energía no perjudique nuestro tejido productivo? ¿Podemos autorizar nuevos medicamentos necesarios para garantizar una mejor salud a nuestros conciudadanos? ¿Podemos gestionar nuestros puertos y aeropuertos? ¿Y nuestras vías de alta capacidad? ¿Y el sistema de cercanías? ¿Podemos gestionar y recaudar los impuestos que pagan las empresas y los ciudadanos de Cataluña? ¿Y las pensiones? ¿Y las prestaciones de paro? ¿Podemos modificar el IVA cultural? ¿Podemos hacer leyes de mecenazgo? ¿Y de la propiedad intelectual? ¿Podemos gestionar la parte que nos corresponde del agua de la cuenca hidrográfica del Ebro y por lo tanto los regadíos de una buena parte del sistema agrario catalán?".

Cuando llegue el día de la negociación, asunto a asunto y uno después del otro, será preciso que los partidos nacionales, en la medida de lo posible, huyan de retóricas chamanistas

Cuando llegue el día de la negociación, asunto a asunto y uno después del otro, será preciso que los partidos nacionales, en la medida de lo posible, huyan de retóricas chamanistas. Será el momento de la política pequeña, de llevar la disputa al terreno de la mejora de la gestión pública, con un ojo puesto en experiencias exitosas de otros Estados compuestos, y siempre con algunas líneas maestras a mantener, como por ejemplo: apartarse de la política de contentamiento; cuestionar el axioma de que cualquier competencia será mejor gestionada/regulada por la Generalitat (medicamentos), pues lo contrario llevaría a largo plazo al desmantelamiento del Estado central; remitir a un uso alternativo de competencias autonómicas o locales disponibles para conseguir el fin perseguido desde la Generalitat (mecenazgo, vulnerabilidad energética); subrayar qué gana el conjunto de España con tal o cual infraestructura en territorio catalán (corredor del Mediterráneo), para prevenir que en otras partes de España esas inversiones se exploten como agravios; evitar la impresión de que en el fondo todo se reduce a una cuestión de poder y no entrar en un mercadeo entre bambalinas a cambio de tal o cual presupuesto o investidura.

Al contrario, se deberá explicar, en el curso de esas negociaciones, cuando se trate de regulaciones, si es positivo o negativo para el conjunto de España y Cataluña (incluidas las empresas catalanas que operan en toda España) que tal o cual regulación esté fragmentada (horarios comerciales, propiedad intelectual). Cuando se trate de un servicio público, como cuestión previa, si bastará con que esté financiado públicamente para garantizar acceso libre e igual o bien si la titularidad pública de la gestión, o algún tipo de fórmula mixta, es la mejor estrategia (cheque escolar/aeropuertos). En el segundo caso, por qué mejorará el servicio si lo gestiona la Generalitat en lugar de la Administración central (Cercanías). Igualmente, en interés de todos, no se debería traspasar ninguna competencia sin garantizar el correspondiente incremento de los ingresos autonómicos.

En el contexto presente parece impensable que el debate político transcurra de este modo, pero no hace tanto otra generación de políticos, la que aún se acordaba de la España de vencedores y vencidos, fue capaz, si no de ello, de al menos algo parecido. Por desgracia aquella generación dio paso a la actual, esta que con tanto ahínco se batió por la memoria histórica y que en realidad menos recuerda y conoce, esta que sólo dejará, otra vez, tierra quemada. Tal vez la próxima hornada, la que recoja las cenizas de la actual sea capaz de retomar, mejorado, el modo de dialogar sobre autogobierno que se abandonó allá por 2003. Nos podríamos haber "conllevado" muy bien. Y ojalá podamos.

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¿Quién es... Jordi Carrillo?
Jordi Carrillo

Tarraconense, licenciado en Administración y Dirección de Empresas y en Derecho por la Universidad Rovira Virgili. Reside en Alemania.