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El 'puta' se fue a por tabaco

Guillem Bota
10.09.2018
5 min

Según los datos que se van conociendo, Carles Puigdemont huyó el 30 de octubre no sólo con cobardía, sino también a traición. Un cobarde traidor es un cobarde cum laude, no está al alcance de cualquiera. Puigdemont engañó a todos los miembros de su gobierno --en especial a su aliado Junqueras-- instándoles a seguir en sus puestos cuando él ya tenía, como quien dice, un coche esperándole en la puerta que no pararía hasta dejarle en Bélgica, sin detenerse ni para hacer pis. Para no querer ser español, el entonces presidente y ahora prófugo se marcó todo un homenaje a la tan hispánica costumbre de largarse con disimulo, dejando atrás parienta, prole e hipoteca.

--Oriol, salgo un momento a por tabaco, que me he quedado sin. Vuelvo enseguida, tú aguarda aquí, que hay que ser fuertes para defender la república.

--Tranquilo Carles, aquí te espero. Oye: ¿y esas maletas?

--Errr... cosas del protocolo, un presidente siempre debe llevar mudas consigo, incluso para ir al estanco.

Tal muestra de deslealtad, cuando no directamente de burla, no va a restarle ni votos ni simpatías al fugado expresidente. Todo lo contrario. En Cataluña, la figura del que engaña a un primo --y para primo, Junqueras-- cuenta con reconocimiento general, mientras que el pobre primo es objeto de rechifla. Si todavía hay quien defiende a Jordi Pujol por haber engañado a todo un país haciendo bandera de la honradez mientras él evadía millones, más simpatías recogerá Puigdemont, que ha conseguido que entren en la cárcel sus entonces compañeros mientras él visita a todo tren la vieja Europa.

No en vano, en catalán existe la expresión "és un puta", que supone uno de los mayores elogios que se pueden recibir por estos pagos. Un puta es el que se aprovecha de otros para su propio beneficio, alcanzar simplemente un objetivo no es nada, eso está al alcance de muchos, lo que cuenta es conseguirlo a costa de alguien. Un puta es un pícaro, pero a lo bestia. La frase "és un puta" debe pronunciarse siempre con media sonrisa en los labios y un leve vaivén de cabeza, como expresando sin palabras que sí, que vaya jeta calza el tío, pero ya me gustaría a mi. Puigdemont es un puta, casi podríamos decir que EL puta.

Debería reconocerse el 30 de octubre como la nueva Diada Nacional de Catalunya. El 11 de septiembre representa ya sólo a una parte de los catalanes, y si de lo que se trata --según reclaman los entendidos-- es de conseguir la reconciliación, nada como nombrar el 30 de octubre "Diada Nacional de ir un momento a por tabaco". Largarse sin mirar atrás y dejando que otros se coman el marrón es aspiración de todos los catalanes, sin distinción de credo ni ideología --no hay más que repasar la historia de este lugar--, con lo que el consenso está asegurado. Ya que no otros méritos, a Puigdemont se le deberá reconocer el de institucionalizar el "ahí os quedáis", hecho con tal disimulo que nadie sospeche nada. Sus razones tenía, claro. Si hubieran huido todos, probablemente la policía se lo habría olido. Mejor que se sacrifiquen los demás y así me salvo yo, puta que es uno.

Después de su jugarreta, y no sé si con ánimo de disculpa o de recochineo, Puigdemont ha declarado en más de una ocasión que era necesario que unos se quedaran y otros escaparan, para así luchar desde el exterior por Cataluña. Naturalmente, no se le pasó ni por un momento por la cabeza que el que se quedara fuera él, puta que es uno. Cuentan que Junqueras, el primo, sigue comentando de vez en cuando a sus compañeros de celda que es un poco extraño que Carles tarde tanto en encontrar un estanco abierto.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.