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Cuando Pujol se sintió invulnerable

Roberto Giménez
6 min

Soy un ingenuo sin cura. Si lo seré que hasta hace dos días creía las palabras del ex Molt Honorable de que había hecho el bonzo de salir a la plaza y convertirse en una falla en la noche de la cremà cuando se autoinculpó de haber recibido la herencia de su padre Florenci, hecha en los años del estraperlo, para salvar de la quema a sus hijos. Era el sacrificio del páter en el altar de su sacrosanta familia.

Ahora no creo que exista esa herencia porque su hermano no tenía ni puta idea. En ese momento pensé, en mi inocencia, que las relaciones fraternales estaban rotas.

Creía la palabra de Pujol pese a conocer los tejemanejes de Banca Catalana. Legalmente fue absuelto por el TSJC tras la acusación de la fiscalía en tiempos de Felipe González, que le permitió en 1984 una mayoría absoluta, que fue el caldo de cultivo de la corrupción en el oasis catalán del 3 ó 4% en que vivió sumida la Cosa Nostra durante los 23 años de su égida.

Pese a saber, a través de una empleada del despacho de su abogado Piqué, que la sentencia absolutoria no salió del tribunal sino presuntamente del despacho de su abogado. Pero como no tengo constancia documental no puedo contar el detalle que me contó una testigo presencial y he puesto el "presuntamente".

La sentencia absolutoria de Pujol por el caso Banca Catalana no salió del tribunal sino presuntamente del despacho de su abogado, Joan Piqué Vidal

En la política y en el periodismo existen casualidades, y hasta aquí puedo contar... No tengo duda de que Pujol conocía las artimañas de su abogado, que acabó con los huesos en la cárcel treinta años después. Quien burla a la justicia una sola vez prueba el néctar salvaje de creer que está por encima del bien y del mal. A la larga, es su perdición.

En su día no quise contarlo porque no tenía la red de protección de una prueba documental, pero sí conté una trapisonda de su mujer con pelos y señales en el 2000 que me demostró lo fulera que era la primera dama de Cataluña, vitoreada por los suyos al grito de "això és una dona" cuando salió una noche a la balconada de la plaza de Sant Jaume.

La historia sucedió en las municipales de 1999: al volver de un mitin celebrado en Vallromanes, Marta pasó por el Hospital General de Granollers para ofrecer al gerente un contrato de floristería y ajardinamiento del hospital recién construido por la conselleria.

El Hospital estaba desnudo de decoración y nada mejor que una ornamentación floral natural para dar vida a un centro de la red pública. Ella era consejera de Hidroplant SL, la empresa que llevaba el mantenimiento del Camp Nou. En el oasis catalán de 1999, no había despertado ningún escándalo. Era normal. Omertá napolitana.

Ahora que el foco de la sospecha apunta no a sus hijos sino a los padres veo claro que el espíritu de la familia Pujol estaba corrompido

Marta Ferrusola, tras leer el reportaje, quiso saber quién era ese Roberto Giménez que tenía la desfachatez de explicar los asuntos profesionales de su empresa. Me lo contó un confidente convergente porque un periodista tiene la obligación de tener oídos en el mismo infierno. Claro que en 2000 la coligación de CiU no estaba en el averno, ni se había suicidado.

Pero desde ese día supe que Marta Ferrusola no era trigo limpio. Por eso todas las ramas familiares brotaron torcidas, porque la savia que las alimentaba no era como parecía.

Vuelvo al principio: al pecado de mi ingenuidad. Para un periodista es un pecado capital mucho más grave que para un civil. Es como un cura pedófilo. Grave para todos, pero un escándalo para un hombre con sotana.

Pensé que Pujol Soley vivía en la jaula dorada de su amor a Cataluña, y que no estaba en la rebotica de su cocina, sino que era Marta la cocinera...

Por eso ahora que el foco de la sospecha apunta no a sus hijos sino a los padres veo claro que el espíritu de esta familia estaba corrompido.

PD: Como no soy su biógrafo, ignoro cuándo empezó su podredumbre aunque sospecho que su perdición nació cuando se sintió invulnerable tras el affaire Banca Catalana.

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¿Quién es... Roberto Giménez Gracia?
Roberto Giménez

Durante treinta años ha sido director del Vallés, era el segundo semanario más antiguo de Cataluña, y fue director de Honor de El Vallès del siglo XXI. Ha escrito diez volúmenes de la serie 'Casi treinta años y un día' -en Sant Jordi de 2017 se publicó el último: 'Mis Enemigos Íntimos'-. Son las memorias del director del semanario comarcal más leído en Cataluña, que desapareció seis meses después de que lo dejara. Cada Sant Jordi publica una edición de 100 ejemplares que se agotan el mismo día. ¿Por qué no hace más? "Son para mis amigos", responde. Retirado antes de tiempo, con 55 años, por culpa de una bala traidora en la médula... También se le puede seguir en Facebook -cada día laborable publica 'La libreta azul'- y en Twitter. No es el capitán Araña. Sus amigos dicen que es honesto y leal, pero eso se lo dicen porque son sus amigos. Para entrar en su cofradía exige Derecho de Admisión. Vale quien sirve, pero no sirve cualquiera.