Un mirlo blanco en Waterloo

Guillem Bota
05.05.2019
6 min

Los timadores denominan mirlo blanco al incauto, podrido de dinero, que les puede suponer la realización del gran golpe que les sirva para retirarse, por lo menos eso contaban en una película en la que salía Ernesto Alterio, no me pregunten ahora el título. Pues bien, Puigdemont se ha convertido en el mirlo blanco por antonomasia. Timadores de todo el orbe se frotan las manos desde que está corriendo la voz de que este hombre, el que debía conducir Cataluña a la independencia, es más ingenuo que los pueblerinos que a mitad del siglo pasado iban a pasar el día a la capital y eran pasto del tocomocho, la estampita y lo que se terciara. Puigdemont es el cateto que llega en tren a Atocha, sólo que él ha elegido la capital de Europa en lugar de la de España, y trae en la cesta un manojo de sellos de la República y un sobre electoral con el dibujo de su careto, en lugar de una ristra de ajos y una gallina.

El último engaño de que ha sido objeto -último en el momento de escribir este artículo, probablemente los haya ya de más recientes- fue a resultas de su intento de viajar a Canadá para llevar a cabo uno de esos bolos a los que no asisten más que un par de catalanes que casualmente viven en Ontario y una decena de estudiantes de la universidad que organiza el acto, para sumar créditos. En lugar de rellenar el formulario que ofrece la web oficial del gobierno canadiense y pagar los siete dólares de rigor, realizó el trámite a través de una web privada, que le cobró casi 100 dólares y no cursó la petición. Resultado: Puigdemont se quedó en tierra y con cien dólares menos, si bien eso para quien vive de donaciones no supone problema alguno. Posteriormente culpó a no sé qué presiones del gobierno español y a no sé cuántos contubernios que en el mundo se tejen contra él --como si no tuvieran otras preocupaciones los 7.000 millones de terrícolas-- del fracaso de su viaje, o sea, de su no-viaje. La realidad es que nadie se preocupa por él a excepción los timadores, que hasta los más torpes de entre ellos le ven posibilidades.

Para más inri, la empresa que lo timó es catalana. No es casual que así sea, desgraciadamente los catalanes somos quienes más sabemos de las, ejem, capacidades intelectuales de nuestro guía espiritual, y por tanto sabemos que este mirlo es blanco como la nieve. Los gerundenses recuerdan cuando fue alcalde de su ciudad y se gastó una millonada en una colección de arte desconocida -que sigue sin mostrarse al público- o cuando permitió, contra toda normativa y exonerándole prácticamente de impuestos y contribuciones, la construcción de un restaurante futurista al borde del río, restaurante que quebró al año de su inauguración. Antes de la quiebra sus promotores le convencieron -se percataron rápido de que el hombre era un cateto en Atocha- de que combinara su labor de alcalde con la de viajante de comercio y se fuera a Barcelona a promocionar el establecimiento, que era privado. A saber de qué timos fue objecto este pueblerino en la gran ciudad.

Como decía al inicio, la voz está corriendo, y al chalet de Waterloo deben de estar llegando ofertas de todo tipo, desde comprar la Torre Eiffel para colocar en su cima una gran estelada, hasta invertir en un infalible método para ganar dinero -un sencillo sistema piramidal- y proveer de fondos al futuro Banco Central de la República Catalana. A todo accederá Puigdemont, con la alegría del que invierte con dineros ajenos y con la idiocia de quien así ha nacido. Probablemente el propio alquiler del chalé sea un timo más, el día menos pensado nos enteraremos de que quien le firmó el contrato no es ni siquiera el dueño del inmueble, y que la situación legal del inquilino es la de un triste okupa.

Ahora háganme el favor de imaginar a este mirlo blanco dirigiendo no ya los destinos de una república de nuevo cuño, ni siquiera de una comunidad autónoma, sino simplemente los de una escalera de vecinos. Y pónganse a temblar.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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