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Puigdemont, el piloto de Kobe

Guillem Bota
22.06.2020
5 min

Parece ser que el piloto del helicóptero en el que iba Kobe Bryant cuando perdió la vida era de la escuela de Puigdemont: el hombre se desorientó y se lanzó contra el suelo pensando que se estaba elevando. A Puigdemont no le hace falta que haya niebla para actuar de la misma forma: pensando que estaba ascendiendo a los cielos, se pegó un batacazo del que todavía no se ha recuperado. Ni él, ni los que con él viajaban. Y va a por otro.

De vez en cuando, aparece en los papeles algún berrido que llega de Waterloo. Se escucha muy débilmente, amortiguado no tanto por la distancia como por la insignificancia del que berrea. Lo último ha sido lo de reactivar la Crida, un ente extraño que según parece creó hace tiempo, un híbrido entre partido político, asociación cultural y club de intercambio de parejas. Crida, en catalán, es la primera persona del presente de indicativo de verbo gritar, lo cual casa con las ganas de Puigdemont de que alguien le preste un poco de atención, que a este paso, ya hasta su familia tendrá dificultades para recordar quien es ese señor tan raro que llama algunas noches a casa. Tal vez desde una cabina, para asemejarse más al Domenico Modugno de "Llora el teléfono".

- Escucha, ¿mamá está ahí?

- Oye, ¿tú le has hecho algo a mi mamá? Ella me hace siempre señas y me dice muy bajito: "Dile que no estoy".

Llamadas telefónicas aparte, uno ya no sabe si la tal Crida tiene algo que ver con Convergencia, con el PDeCAT, con Junts pel Sí, con Junts per Catalunya, con el Consell per la República o con el Club Súper 3. Hace tiempo que me he perdido, y a fe que he intentado desentrañar el misterio. ¿De verdad piensa este hombre que los catalanes no tienen otra cosa mejor que hacer que seguir con detenimiento sus ocurrencias para así poder comprender de qué habla? Con saber que cada nuevo invento es un intento más de recolectar fondos que nadie sabe en qué van a utilizarse pero todo el mundo lo sospecha, nos basta y nos sobra. Sería más sencillo que abriera una cuenta en la que los catalanes pudieran ingresar dinero directamente, sin intermediarios. O que su amigo Sanchis dedicara a su subsistencia la próxima Marató de TV3. Quedaría más feo que inventar cada cierto tiempo una nueva fórmula, pero sería mucho más honrado.

Igual a Waterloo no llegan las noticias de esta parte de Europa. Igual el hombre está tan alejado de la realidad que ignora que aquí, aparte de no recordarle, la mayoría de la gente tienes otras preocupaciones, esencialmente las de no enfermar y no perder el trabajo. Y que quienes se dedican a la política --que esos, la segunda de dichas preocupaciones la desconocen--, se darían con un canto en los dientes si consiguieran un indulto para los presos y unos buenos resultados en las próximas elecciones autonómicas --sí, autonómicas-- que están al caer. Y se acabó. Los delirios que un día tuvieron, se han evaporado.

Lo único que se sabe de la Crida es que ha tenido que abandonar los locales que ocupaba en Barcelona, lo cual ya es mucho más de lo que se sabe de su impulsor. Cualquier día termina igual y, si sus tejemanejes para seguir recaudando parné van perdiendo fuelle, debe abandonar el casoplón que le sufragamos. Ver un rótulo de "Se alquila" en la flamante Casa de la República sería un punto final bastante triste, incluso para gente tan acostumbrada a finales tristes como los independentistas catalanes, aunque una gran metáfora de todo este tiempo. Mientras eso no llegue, que llegará, Puigdemont sigue pilotando el helicóptero, cada vez a mayor velocidad, porque está seguro que allá arriba está la independencia. O sea, directo al suelo, al gran batacazo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.