Y Puigdemont no les recibió

Guillem Bota
02.09.2019
5 min

Las familias que regresaron ofendiditas de Waterloo porque el prófugo Puigdemont no quiso recibirlas deberían entender que la principal regla de las divinidades es no aparecer cada vez que los fieles las reclaman. En ese caso, dejan de ser divinidades y pasan a ser espectáculos de feria, y como Puigdemont es consciente de que ya se adentra demasiado a menudo en esta última categoría, intenta corregirlo haciéndose el sueco, tal y como enseñan en primer curso de Apariciones Mesiánicas. ¿Acaso la virgen de Fátima no tuvo en vilo unas cuantas veces a los pastorcillos, que si ahora aparezco, que si ahora no aparezco, provocando así la mofa de los incrédulos vecinos y familiares de los inocentes niños? No fue baladí, la Virgen sabía muy bien lo que se traía entre manos. Una de las normas de todo espectáculo es el efecto sorpresa, cuanto más se mantiene al público en la incertidumbre, mejor es el efecto final.

Puigdemont, que a pesar de ser una atracción de feria de categoría inmediatamente inferior a la mujer barbuda, se tiene a sí mismo por una divinidad, conoce bien las normas del buen líder espiritual. Por ello, muy a su pesar, dejó a las pobres familias con las ganas de verle y de rendirle la pleitesía que merece. No es que el expresidente sea tan mala persona de dejar con a miel en la boca a los ilusos que lo visitan después de pegarse miles de quilómetros entre pecho y espalda, y menos en estos momentos en los que decae su número. Simplemente se vio obligado a actuar así para dar imagen de personaje importante: ya que no lo es por acción, intenta serlo por omisión. Y también para que gracias a esos trucos de buhonero del far west se reúna más público en su próxima aparición, que bien podría acontecer encima de un árbol, a poco que el tipo continúe siguiendo el ejemplo de Fátima.

De todas formas, como sucede con los demás gurús de medio pelo que en el mundo son, existen una serie de estratagemas para hacerlos aparecer. Apunten bien los próximos fieles que tengan pensado ir en peregrinación a la Meca del procesismo, y les aseguro que no regresarán sin haber visto de cerca a Puigdemont, apellido que en sánscrito significa "aquel que os traerá la República a pesar de no saber cómo". Tomen nota, tomen.

Es fundamental no presentarse con las manos vacías. Muchos fieles creen que es suficiente con plantarse en Waterloo y preguntar por el prófugo, para que éste abandone las comodidades de su guarida-mansión y salga a saludar. ¡Por favor! No estamos tratando con el vecino del tercero a quien vamos a pedir un pellizco de sal, sino con alguien que se cree ungido por el destino. Puigdemont no levanta sus reales del sofá por menos de un jamón pata negra o --en ocasiones es difícil entrar fragmentos de cerdo por la frontera, no así el cerdo entero si anda a dos patas-- su importe en metálico. Si empezara a correrse la voz de que Puigdemont recibe a cualquiera que se presenta en Waterloo con las manos en los bolsillos, a ver de qué iba a vivir el hombre, que sí, que es muy bonito que vengan a darle ánimos a uno, pero mejor es que además le den manduca de la buena, que la vida en Bélgica está cara y las donaciones del Consell de la República no arrancan. A partir de ahí, del jamón digo, a más categoría de los presentes, mayores prerrogativas tendrá el visitante: comer con Él, tomarse un selfie juntos, compartir intimidades, llevarse a casa una pequeña urna con tierra del jardín de la República o escuchar de la propia voz del elegido, una canción de Lluis Llach. Acompañándose o no a la guitarra, dependerá ya de la tasación del regalo. Por dinero, lo que sea. Visa, sí.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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