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Por qué Puigdemont no me denunció

José Serralvo
04.09.2019
10 min

Si alguna vez hubo un momento propicio para denunciar a un escritor, o a un poeta, o a un humorista, o a un rapero, o a una twittera, o a las cofrades de la procesión más irreverente de Sevilla, o a un actor, o incluso a un pobre titiritero (!), en definitiva, si hubo una época de la historia de nuestro país en la que coartar la libertad de expresión resultaba fácil y rentable, esa época es sin duda la actual. Pese a vivir en monarquías absolutistas y en pleno apogeo de la Santísima Inquisición --alabadas sean, de paso, y por si las moscas, sus muchas proezas--, Góngora y Quevedo gozaron de mayores dispensas que mis contemporáneos para retozar en los meandros de la sátira. ¿Alguien se imagina a Quevedo pagando 70.000 maravedís de oro por insinuar que la nariz de Góngora "érase una pirámide de Egipto"? Al menos con Franco las reglas del juego estaban bien claritas para todos.

La libertad de expresión es mucho más que un Derecho Humano. Se trata de la piedra angular de las democracias liberales, esos regímenes en los que el homo sapiens alcanzó las mayores cotas de bienestar de su milenaria historia. Fue la libertad de expresión la que permitió que Hume, Diderot y Hobbes criticasen los excesos de la Iglesia y flirteasen públicamente con el ateísmo sin miedo a morir en la hoguera. De no ser por pensadores como ellos, hoy no viviríamos en sociedades laicas, donde los ciudadanos pueden creer en el Dios que más les guste, o no creer en ninguno --algo que en ciertos países continúa siendo un crimen. Del mismo modo, la libertad de expresión permitió, entre otras muchas proezas, que Darwin publicase El origen de las especies (pese al acoso a que se vio sometido), abriendo el camino no sólo a la teoría de la biología evolutiva, sino a todo el progreso científico subsiguiente, que echó por fin a volar zafado de las cortapisas del oscurantismo cristiano. De no haber sido por Darwin, Stephen Hawking jamás habría desentrañado la naturaleza de los agujeros negros, ni Richard Dawkins nos habría legado sus maravillosos ensayos sobre el quehacer de los genes egoístas.

Tampoco habríamos disfrutado de las ocurrencias de Sheldon Cooper a lo largo de una docena de temporadas de The Big Bang Theory. La libertad de expresión permitió, asimismo, la liberación sexual y la lucha contra ese heteropatriarcado del que con tanta razón nos quejamos. Oscar Wilde se vio obligado a descafeinar el primer manuscrito de El Retrato de Dorian Gray por miedo a que se intuyese su homosexualidad, una orientación prohibida por las leyes victorianas de turno. En De profundis, escrito ya desde prisión, Wilde esbozó un desgarrador retrato sobre cómo los derechos fundamentales del individuo se hallan íntimamente interconectados. Decir, hacer, ser. Tardamos aún varias décadas en aprender la lección.

Sin escritores como Thomas Mann o Ginsberg o William Burroughs, o sin mártires como el propio Wilde, las parejas del mismo sexo tendrían que seguir escondiéndose. Seguramente tampoco habría leyes de divorcio (ni feminismo) sin la Madame Bovary de Flaubert o si D.H. Lawrence no se hubiese atrevido a legarnos El amante de Lady Chatterley. Sin libertad de expresión no tendríamos a Nabokov, y desde luego tampoco a Céline, cuyo Viaje al fin de la noche se burló de todas las banderas habidas y por haber, desdeñó el concepto de patria y ensalzó la cobardía y la deserción en pleno período de entreguerras. Y sin Céline jamás habríamos disfrutado, a su vez, de revistas satíricas como El Jueves o Charlie Hebdo, ni escuchado con emoción cómo Vargas Llosa recogía un Premio Nobel de Literatura a la par que cargaba con lucidez contra ciertos atropellos de la religión o el nacionalismo. Las expresiones culturales se retroalimentan. Retroceder en un ámbito, inclusive en el de los titiriteros, abre a la puerta a repliegues de libertad en muchos otros.

Por eso resulta inaudito que (hace no tanto tiempo) el autor de un poema satírico fuese condenado a pagar una fortuna a una política española presuntamente progresista, e igual de inaudito, por no decir bochornoso,  que un cargo público alabase la decisión judicial y afirmase que quien escribió aquel poema "nunca más se atreverá a hacerlo". Supongo que si Salman Rushdie hubiese sido ejecutado por escribir Los versos satánicos, como lo exigía la fatwa emitida contra él, algún ayatolá exaltado se habría encargado de proferir declaraciones idénticas: "Nunca más se atreverá hacerlo". Algo similar le habría ocurrido a Orwell --quien también tuvo que vérselas con la censura-- si Stalin hubiese podido exigir una compensación de 70.000 rublos tras sentirse injuriado por la benéfica sátira de Rebelión en la granja. El pensador británico jamás habría escrito 1984. Nuestro mundo sería hoy más oscuro.

Como apuntó James Salter, "satirizar es algo lícito". Esa es también desde hace décadas la postura del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Algunos jueces en nuestro país se alejan a pasos forzados de una de sus principales obligaciones bajo el derecho internacional. La libertad de expresión no protege sólo aquello que nos parece políticamente correcto o deseable, como el laicismo, la solidaridad, la lucha contra el machismo o la no discriminación. Al contrario, el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos ampara la difusión de "informaciones e ideas de toda índole", con independencia de que satisfagan o no a la mayoría de la población, o de que se adhieran a los postulados de una ética teleológica.

La única forma de que el intercambio de ideas siga constituyendo un motor de progreso es permitiendo que éstas circulen libremente. Imponer cortapisas a la expresión no lleva únicamente a la censura, sino también a un fenómeno mucho peor: la autocensura. Por lo demás, la mayoría de personas que se escandalizan ante ciertos actos o declaraciones, sean o no de mal gusto, descienden a menudo de esos mismos catones que durante años lastraron el avance de la civilización. Es legítimo preguntarse si, en caso de que hubiesen tenido la oportunidad, los miembros de la Asociación de Abogados Cristianos que denunciaron la muy sevillana Procesión del Coño Insumiso no habrían interpuesto sendas acciones legales contra las herejías de Diderot, Hume, Hobbes, Darwin, Céline o Nabokov, por no reiterar más que media docena de personalidades de entre la caterva de científicos, intelectuales y artistas que han construido el mundo libre en el que vivimos. Muchos otros dieron sus vidas en pos de ese mismo sueño y ya ni siquiera recordamos sus nombres. Lo mínimo que podemos hacer por todos ellos es no permitir que la corrección política y la mojigatería minen nuestro derecho a expresarnos libremente. Imponer multas o penas de prisión a quienes dicen aquello que no nos gusta oír no nos hará más libres. Antes bien, creará las condiciones para que nuestras frágiles democracias, hoy en busca de sentido, se desmoronen en la triste inercia del pensamiento homogeneizado.

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¿Quién es... José Serralvo?
José Serralvo

Escritor. Autor de Independencia en la granja.